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martes, 4 de febrero de 2020

La Conferencia de Yalta y el reparto del mundo: Segunda Guerra Mundial - dio comienzo el 4 de febrero de 1945

El 11 de febrero de 1945 finalizó la Segunda Conferencia realizada por EEUU, la URSS y Gran Bretaña. ¿Cómo se terminó de delinear el nuevo mundo?


Tres conferencias se sucedieron entre los Aliados sellando el destino de la guerra: las de Teherán, Yalta y Potsdam.

La Conferencia de Teherán se realizó entre noviembre y diciembre de 1943, entre Churchill (Gran Bretaña), Roosevelt (EEUU) y Stalin (URSS); Yalta (Crimea, Rusia) en febrero de 1945, con Truman suplantando al fallecido Roosevelt, ya casi terminada la guerra; y Potsdam (Alemania) se realizó entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945.

La Unión Soviética ya había derrotado al nazismo en Stalingrado en febrero de 1943. EE.UU. aún no había entrado en la guerra (el desembarco en Sicilia en julio de 1943 fue solo eso, un desembarco, con la excusa de no desviar la lucha contra Hitler en Francia), salvo en la zona del Pacífico. Recién haría su “entrada triunfal” el “Día D”, el 6 de junio de 1944.

Los acuerdos no estaban contemplados al inicio de la guerra en los planes políticos de EEUU. Su objetivo más importante en la guerra (además de subordinar al resto de los imperialismo y quitarles sus colonias) era destruir la URSS y salir absolutamente triunfante. La mayoría de las potencias de occidente habían demostraron simpatía por las ideas de Hitler de “destruir al bolchevismo”.

En realidad, los acuerdos reflejaban la relación de fuerzas resultante en el terreno militar, económico y político-estatal de las potencias mundiales y también de la lucha de clases. La URSS, a su manera, aunque muy burocratizada, representaba el ascenso revolucionario producido a partir de 1943 en todo el mundo, particularmente en países centrales como Francia, Italia y que de extenderse podía llegar a terminar con la burocracia soviética e incluso incentivar la lucha de clases en EE.UU. (como se empezaba a avizorar).

Grecia es un buen ejemplo de cómo en estas conferencias entre los Aliados y la URSS se repartieron el mundo. En la Conferencia de Teherán se acordó que Grecia le pertenecía a Gran Bretaña. El Partido Comunista griego organizaba 1.500.000 hombres y mujeres (con su brazo político y armado) en diciembre de 1944, que se habían unido para resistir la invasión alemana e italiana así como al rey Jorge II exiliado en Gran bretaña.

Al día siguiente del acuerdo de Yalta se produce el Pacto de Varkiza por el que el regente (el arzobispo Damaskinos, ya que aún no se permitía al rey Jorge II volver al país) y el gobierno monárquico acuerdan celebrar elecciones bajo la supervisión de los Aliados. El Partido Comunista, obedeciendo órdenes de Stalin entrega sus armas y crea ilusiones en las masas hacia este Pacto.

Una manifestación contra la entrega de armas es reprimida a fuego por el general inglés Scobie, con decenas de muertos y heridos. Durante la larga lucha de los combates en Atenas, Stalin mostró su adhesión al Pacto ocultando los hechos. El plebiscito de 1946 permitió la formación de un nuevo gobierno de centroderecha y la restauración de la monarquía impuesta por Gran Bretaña

Del 4 al 11 de febrero de 1945 Roosevelt, Churchill y Stalin se reúnen en Yalta y avanzan en sus planes de repartición del mundo. Alemania -a pesar de que no había firmado su rendición ni los Aliados habían entrado en Berlín- fue repartida en cuatro zonas ocupadas. Se establecieron posibles indemnizaciones que podían salir de la riqueza nacional (maquinaria, barcos, participaciones en empresas alemanas, etc.), el suministro de bienes por un período a determinar, o el uso de mano de obra alemana.


Monumento a Yalta inaugurado en Crimea para el 70 aniversario

Con relación a Italia -donde el fascismo había sido vencido por la resistencia de las masas pero con la ayuda del PCI (Partido Comunista Italiano) asumió el gobierno semifascista de Badoglio-, los Aliados retrasaron su llegada a Roma para permitir que los nazis bombardearan el norte de Italia donde se concentraba la resistencia especialmente obrera. El PC consiguió que los partisanos acataran las instrucciones de los anglo-americanos.

Con un gobierno de unidad nacional avalado por los acuerdos de Yalta impusieron una administración que terminó con el poder dual existente. Una política similar fue seguida en Francia donde el ascenso de las masas fue traicionado por el PCF. En Yalta fue discutida una política general de transiciones a la democracia y de transformación de las colonias en semicolonias (política que favorecía a EEUU sobre Inglaterra y Francia). Roosevelt impulsó la fundación de la ONU (Naciones Unidas) para reemplazar a la extinta y desprestigiada Sociedad de las Naciones. Esto fue aprobado y se realizó el 24 de octubre de 1945.

En Yugoslavia, donde también se había desarrollado una fuertísima resistencia al nazismo dirigida por el comunista Tito. Stalin, durante largo tiempo, dio su apoyo a los chetniks que luchaban por la restauración de la monarquía y no solo combatían a los alemanes sino también mataban comunistas. En Yalta quedó pendiente la repartición que se harían de ella entre Gran Bretaña y la URSS (en una próxima conferencia Churchill dirá 50 y 50, pero el movimiento campesino liderado por Tito hizo que se terminara expropiando a la monarquía y burguesía yugoslava).

Polonia fue directamente cedida a la URSS que, aunque se comprometió y mantuvo por algunos meses un gobierno provisional de unidad nacional que llamaría a elecciones terminaría incluyéndola como parte de su un glacis defensivo durante la “Guerra Fría”.

La URSS se comprometió a ayudar en la guerra contra Japón. Pero primero garantizaría su entrada en Berlín quedando hacia el mundo como el gran ganador sobre el nazismo, el “enemigo número uno” de la guerra (según los que sostenían que la guerra era entre las “democracias” y el fascismo y no una guerra imperialista).

La Conferencia de Potsdam terminó de sellar el reparto mundial. Asistieron Truman por EEUU, Churchill (acompañado por Clement Atllee del Partido Laborista) y Stalin. La URSS recién declarará la guerra a Japón el 9 de agosto de 1945, luego de que EEUU entre el 6 y el 8, lanzara sus bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en un Japón ya destruido. El principal objetivo, además de demostrar su superioridad militar frente al mundo, era establecer una relación de fuerzas con la URSS.

Como dicen Emilio Albamonte y Matías Maiello "...los acuerdos de posguerra tendrán consecuencias hacia ambos lados. No sólo servirán al imperialismo para contener la revolución sino que, a su vez, brindarán una mayor fortaleza a la propia burocracia soviética para sostenerse en el poder y, más en general, darán a las diferentes burocracias (políticas, sindicales, "sociales") el impulso para desarrollarse a una escala nunca antes vista". (Estrategia socialista y arte militar, p. 361)

La fortaleza de la burcoracia soviética le permitirá construir un glacis en Europa del Este como línea de defensa de la URSS, a la vez que coartaba en países como Yugoslavia o China donde se habían desarrollado procesos revolucionarios. No era parte de la extensión de la revolución socialista internacional ya que seguían sosteniendo la posibilidad de "construir el socialismo en un solo país". Este período se denominaría Guerra Fría al que seguiría la "coexistencia pacífica".

Siempre con los pactos de transfondo que comenzarían a ser cuestionados objetivamente por los trabajadores y el movimiento estudiantil, luego del boom de la posguerra surgió en 1968 el Mayo Francés, la primavera de Praga, Tlateloco, el inicio del Cordobazo. Pero las direcciones reformistas actuaron para que en los 80 esta etapa fuera derrotada impidiendo que una nueva Revolución de Octubre pusiera nuevamente a los trabajadores en el poder rompiendo este equilibrio durante el cual los imperialistas esperaban el desgaste de los Estados Obreros burocráticos.

A falta de revoluciones triunfantes la URSS y el conjunto del estalinismo terminaron restaurando el capitalismo, la peor de las hipótesis que preveía Trotsky quien también afirmaba que esta situación traería nuevas crisis, guerras, miseria y opresión para la humanidad. No se equivocó.

Fuente del texto: laizquierdadiario 

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La caída de Berlín: el verdadero fin de la Segunda Guerra Mundial

El 7 de mayo de 1945 con la entrada del Ejército Rojo en Berlín, no solo finalizó la “guerra europea”. Fue el verdadero fin de la Segunda Guerra Mundial


¿Qué se peleaba en la Segunda Guerra?

Más allá de la fecha de finalización, lo importante es la causa, el desarrollo, el resultado y las consecuencias de esta guerra. Trotsky ya escribió un documento acerca de las causas, los verdaderos contendientes y la necesidad de que la clase trabajadora que iba a ser usada como carne de cañón detuviera esta nueva guerra mundial con la revolución obrera en 1934 en La guerra y la IV Internacional. En su primera tesis afirma:

“Las razones que provocaron la última guerra imperialista, inherentes al capitalismo moderno, alcanzaron ahora una tensión infinitamente mayor que a mediados de 1914. El único factor que frena al imperialismo es el temor a las consecuencias de una nueva guerra. Pero la eficacia de este freno es limitada. El peso de las contradicciones internas empuja a un país tras otro por la vía del fascismo, el que a su vez no podrá mantenerse en el poder sin preparar explosiones internacionales. Todos los gobiernos temen la guerra, pero ninguno tiene libertad para elegir. Sin una revolución proletaria es inevitable una nueva guerra mundial”.

Trotsky no era un “pronosticador”. Era una advertencia, cinco años antes, para definir la actuación de las fuerzas revolucionarias. La revolución española y el proceso revolucionario francés fueron una oportunidad donde Trotsky utilizó toda su experiencia para pelear por su triunfo. Pero la derrota de estos procesos (gracias a la política de los Partidos Socialista y Comunista), llevaron inevitablemente a la guerra.

Para los trotskistas, en este mundo de crisis, guerras y revoluciones, no todas las guerras eran iguales en un mundo dividido en clases sociales y diferentes Estados nacionales. Durante la Segunda Guerra el enfrentamiento fundamental fue entre Estados imperialistas (más allá de si estaban gobernados por regímenes democráticos o fascistas, todos defendían sus colonias, semicolonias y conquistas de nuevos territorios). Por eso, Trotsky y los trotskistas de la época no apoyaban ninguno de los dos bandos imperialistas: los Aliados o el Eje.

Luchaban por una posición independiente de los trabajadores y el pueblo pobre. Luchaban contra sus propias burguesías imperialistas. Defendían a las colonias y semicolonias que luchaban por su independencia (aunque su imperialismo opresor fuese “democrático” o “fascista”) y defendían a URSS como Estados obrero contra los ataques imperialistas que lo tenían como objetivo de guerra, aunque estuviese degenerado por la burocracia estalinista.

Por el contrario, las direcciones de los Partidos socialdemócratas (II Internacional) y los Partidos Comunistas (III Internacional estalinizada) defendían a sus burguesías aceptando que era una lucha de regímenes, llegando a levantar huelgas porque boicoteaban a una democracia (como hizo el PC en Argentina con la huelga de la carne de 1943).

¿Quiénes ganaron la guerra?

En 1943 se empezó a producir lo que tanto temían la burguesía como la burocracia estalinista. La guerra estaba engendrando procesos revolucionarios en las masas de Francia, Italia, Grecia y amenazaba con extenderse. Ni los campos de concentración ni la ocupación de casi toda Europa habían sido razones suficientes para la intervención de EEUU. Pero las masas en Europa y Asia no esperaron a los Aliados imperialistas y se enfrentaron a la opresión fascista, infligiéndole grandes derrotas en Yugoslavia, Italia, Grecia, Indochina y Francia. E

EUU que aún no había intervenido en la guerra europea (el escenario central) esperando que se desgastaran tanto alemanes como rusos y los imperialismos europeos en general, cambia su política e interviene en julio de 1944. Mussolini había caído en 1943. Alemania comenzaba a demostrar su crisis para dominar un continente como el europeo. Japón iba de derrota en derrota. La URSS luego de derrotar a los nazis en su territorio, se extendía a los Estados vecinos y comenzaba su camino hacia Berlín.

Ahora los objetivos de guerra habían cambiado: frenar el avance revolucionario, que las potencias del Eje fueran derrotadas (aunque no aniquiladas) y que EEUU apareciera como vencedor y la nueva potencia hegemónica a nivel mundial. A partir de allí, comenzó la carrera de quién llegaba primero a Berlín, para aparecer frente al mundo como el vencedor de los nazis (EEUU y GB también querían mostrar su superioridad frente a la URSS, aunque en los papeles ya habían aceptado su fortalecimiento).

Los comandantes soviéticos, después de quedarse detrás del río Vístula mientras los nazis derrotaban el Alzamiento de Varsovia, avanzaron finalmente sobre la capital polaca en enero de 1945. Las divisiones norteamericanas que avanzaron lentamente desde el sur de Italia, dejaron que los nazis bombardearan el norte ya que había “focos revolucionarios” para luego bombardearlos ellos bajo el mando del general Eisenhower en su camino hacia Alemania. Los rusos ya entraban al territorio alemán. Un mes después, el 25 de marzo, los norteamericanos controlaban la orilla izquierda del Rin, mientras el 19 de abril, los ingleses tomaron el Elba.


El 30 de abril, Hitler, reconociendo su derrota, se suicidó, al igual que muchos de sus altos cargos y seguidores incondicionales. La Batalla de Berlín entre los nazis y el Ejército Rojo había comenzado el 20 de abril y terminó con la rendición alemana 2 de mayo de 1945. Luego llegaron las tropas norteamericanos y distintas negociaciones terminaron con la rendición del 9 que abarcaba a toda Europa. Por eso algunos lo llaman “el fin de la guerra europea”.

Desde 1943 con la Conferencia de Teherán y luego las Conferencia de Yalta (febrero de 1945) y Potsdam (julio-agosto de 1945), EEUU, Gran Bretaña y la URSS (a la que debían reconocer su nueva relación de fuerzas) establecieron las zonas de influencia de los futuros vencedores.

Según la interpretación de EEUU, Japón todavía no se había rendido y por eso la guerra continuaba en el Pacífico. Para ellos el verdadero fin fue luego de la rendición japonesa en agosto de 1945 frente a EEUU. Sin embargo, ya desde enero de 1945 los japoneses estaban negociando los términos de su rendición.

El Ejército Rojo triunfó a pesar de Stalin, ya que para revertir las derrotas que los nazis le infligieron durante dos años, tuvo también que superar la terrible decapitación de sus más experimentados jefes militares ordenada por el mismo Stalin en los “Juicios de Moscú”. La muerte de más de 20 millones de personas en la URSS (14 % de la población contra el 1% en Gran Bretaña y el 0,2 % en EEUU), fue el costo que pagó el pueblo ruso que, a pesar del odio al régimen estalinista, no vaciló en defender las conquistas de Octubre de las garras del imperialismo alemán.

Europa del Este fue el precio que pagó Estados Unidos a cambio de reestablecer el capitalismo, bajo su hegemonía, en el resto del mundo gracias al compromiso de Moscú de “encausar” la revolución europea en ciernes para reconstruir los regímenes capitalistas.

Los bombardeos perpetrados por Estados Unidos y Gran Bretaña a las barriadas obreras de Italia, los bombardeos a poblaciones civiles alemanas como las de Berlín y la masacre de Dresde, la matanza que Francia realizó de miles de argelinos que festejaban la derrota de los nazis como si eso los liberara de su opresión, los bombardeos de Tokio y numerosas ciudades japonesas con el “remate” de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki (cuya verdadera razón era una advertencia sobre su poderío militar frente a todos los imperialismos y frente a la URSS en particular), hicieron el resto.

Es decir, la derrota de los nazis fue a manos de la URSS. Pero los ganadores de la guerra fueron en primer lugar EEUU y en segundo, la URSS. Ambos utilizaron este prestigio para disimular sus políticas contrarrevolucionarias en el mundo en nombre de la “democracia” o el “socialismo real”.

¿Quiénes perdieron?

La mayor pérdida de esta guerra la sufrió la población mundial. Judíos pobres, comunistas sinceros, gitanos, homosexuales, trotskistas, gente común, y todos los que fueron usados como "carne de cañón". Esos fueron los grandes perdedores. La mayoría de los entre 50 y 70 millones de muertos en la guerra, sin contar heridos, etc. Los que comenzaban a ser conscientes de que estaban combatiendo en una guerra que no era suya, ya sea en el frente o en la retaguardia, en la clandestinidad o en un campo de concentración.

Que fascistas y aliados se mezclaban, coordinaban, no se enfrentaban hasta el final en las colonias o en las mismas metrópolis como Francia. Que ellos eran sus verdaderas víctimas. El enemigo pasó a ser el pueblo y posibles nuevas revoluciones, pero esta vez en el centro de Europa. Y comenzaron a rebelarse. Por eso hicieron todo lo posible para desangrar al pueblo soviético.

La mayoría de los muertos pertenecieron a la URSS. Como mínimo 20 millones. A pesar del desastre de Stalin y sus acólitos para dirigir la guerra, la población de la Unión Soviética entregó todo por defender las conquistas que aún quedaban de la revolución de Octubre. Eran conscientes que si ganaba Hitler era el fin de la URSS.

EEUU siempre mantuvo su objetivo de conquistar la URSS para el capitalismo. Tardó muchos años en lograrlo, a pesar de la dirección burocrática, incluso en los Estados Obreros "deformados" surgidos de la relación de fuerzas que marcó el final de la Segunda Guerra. Finalmente, con la ayuda de la burocracia estalinista (como hoy en Cuba) y sin necesidad de una intervención militar imperialista directa, el capitalismo logró recuperar estos ex Estados Obreros para su mercado mundial.

La clase obrera mundial tiene como tarea volver a derrocar a estos agentes del capitalismo y recuperar estos pueblos para luchar por socialismo en el camino de la revolución socialista mundial.

Lectura recomendada: León Trotsky, Ediciones IPS, Obras Escogidas 8, La Segunda Guerra Mundial y la revolución.

Fuente del texto: laizquierdadiario 

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A quién favoreció la "Reunificación Alemana"

Tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania fue ocupada militarmente por los ejércitos aliados, dividiéndose el territorio en cuatro zonas autónomas de ocupación (EEUU, Francia, Gran Bretaña y la URSS), bajo el mando unificado de un Concejo Aliado de Control.



La división de Alemania

La división fue acordada primero en la Conferencia de Yalta (4 al 11 de febrero de 1945, antes del final de la guerra), donde participaron Stalin (URSS), Churchill (GB) y Roosevelt (EEUU), y luego reafirmada en la Conferencia de Potsdam (Alemania, agosto de 1945), donde estuvieron Stalin, Churchill y Truman (en reemplazo del fallecido Roosevelt). Allí decidieron cómo administrarían Alemania, que se había rendido incondicionalmente nueve semanas antes, el 8 de mayo. Los objetivos de la conferencia también incluían el establecimiento de un “nuevo orden”.

Conferencia de Yalta: De izquierda a derecha Churchill, Roosevelt y Stalin. 

Los aliados en la Conferencia de Potsdam. De izquierda a derecha: Churchill, Truman y Stalin 


División de Alemania en 1945 La URSS avanzó sobre los países que formarían el “glacis” (Polonia, Checoslovaquia, Bulgaria, Rumania, Hungría) como un cordón protector de la URSS en 1948. Ante este avance, en 1949 las zonas de ocupación occidentales se unieron en un nuevo Estado denominado República Federal Alemana (RFA). Como escudo “defensivo” militar, Europa Occidental y EEUU frente a la URSS (en lo que se llamó “Guerra Fría”) crearon el 4 de abril de 1949 la OTAN (Organización del Atlántico Norte). La URSS constituyó ese mismo año la República Democrática Alemana (RDA) en su zona de ocupación, creando un nuevo Estado obrero burocrático.


Las división de Alemania entre 1949 y 1990. Durante 1948-61, a través del Plan Marshall, EEUU “ayudó” a la reconstrucción de Alemania occidental, fortaleciendo sus lazos económicos y creando una Europa subordinada a sus intereses.

En 1953 una rebelión obrera en la RDA (Este) contra los salarios sujetos al aumento de la productividad, terminó reclamando la renuncia de la burocracia y su reemplazo por un “Gobierno provisional metalúrgico revolucionario”. La burocracia alemana solicitó ayuda a la URSS que con 300.000 soldados y tanques impusieron el Estado de sitio en Berlín, matando centenares de obreros.

Obreros alemanes se enfrentan a tanques soviéticos, 1953. 

La burocracia de la URSS impuso a los países del “glacis” el Pacto de Varsovia en 1955, como escudo contra la OTAN pero también para controlar y poder invadir con el argumento de su “defensa” los Estados obreros burocratizados (como Polonia o Checoslovaquia).

La línea de demarcación del Pacto de Varsovia, 1955. 

Creación y caída del Muro de Berlín

En 1961 la RDA construye el Muro de Berlín con acuerdo de la RFA y las potencias de Occidente, que no querían que los alemanes orientales afluyeran a la RDA en busca de “progreso”. El muro se extendía a lo largo de 45 kilómetros que dividían la ciudad de Berlín en dos y 115 kilómetros que separaban al enclave Berlín Oeste de la ciudad de Berlín, capital de la RDA. Es decir, constituía la frontera estatal de la RDA con Berlín Oeste.

El muro de Berlín en 1986 

El 9 de noviembre de 1989, producto de la crisis en toda Europa del Este, la decadencia de la burocracia de la RDA y de las masas movilizadas de un lado y otro de la frontera, caía el Muro de Berlín, esa división que los separaba artificialmente desde la posguerra.

La lucha de las masas por la reunificación, expresaba un genuino anhelo democrático que el imperialismo y el estalinismo intentaban manipular a su favor como parte de sus cálculos geopolíticos.

La reunificación

El 31 de agosto de 1990 se firmó el Tratado de Unificación que hizo que las cuatro potencias (Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética) renunciasen a sus derechos en los dos países, dando lugar a la reunificación del país.

Ésta, lejos de una unión igualitaria, era más bien la anexión de una región pobre, reincorporándola al sistema capitalista bajo el dominio del imperialismo alemán. Utilizaron las ilusiones de la población que lejos de prosperar, recibió una gran inflación y desocupación.

En diciembre de 1990, en la primera elección conjunta, ganó Helmut Kohl de la Unión Democrática Alemana (CDU) como canciller, diciendo: “la unidad alemana sólo puede hacerse bajo techo europeo" y refiriéndose a la reunificación y la política de integración capitalista de Europa declaraba: “la unificación alemana y la integración europea son ‘una sola y misma cosa’… ” (El País, viernes 27 de abril de 1990).

Los trabajadores de Occidente venían de sufrir varias derrotas que les permitió a los países imperialistas (sobre todo a GB y EEUU) imponer lo que se llamó el “neoliberalismo”. En el Este, después de la derrota de los astilleros polacos en 1981, no se dieron otros levantamientos importantes hasta 1989. La burocracia sacó la lección de Polonia y Gorbachov en la URSS, aplicó un intento de reformas capitalistas de forma pacífica y acompañadas por una pseudo-democracia, intento en el que fracasó.

La situación creada por la caída del Muro, abrió un debate en la izquierda. La mayoría de los partidos comunistas se refugiaron en la socialdemocracia. Entre los trotskistas, se levantaron tres posiciones. Unos se negaron a la demanda de la reunificación del país anhelada por las masas, porque el imperialismo alemán la utilizaba para restaurar el capitalismo en el Este y planteaban que lo principal era defender la República Democrática Alemana como Estado obrero.

Otros, plantearon simplemente la consigna de “reunificación ya”, sosteniendo que más allá que esta unificación se hiciera bajo dirección imperialista, la suma de las dos clases obreras transformaría al proletariado alemán en el más fuerte de Europa y por lo tanto la idea socialista sería más fácil de implantar.

El pueblo alemán se levantaba en el Este y el Oeste poniendo en el centro la lucha por la reunificación, esto no se podía desconocer. Era necesario un punto de partida realista que, considerara esta demanda democrática y propusiera una posición independiente, de clase. Contra la reunificación restauradora imperialista, pero también contra el régimen opresor y restauracionista del estalinismo y por una reunificación obrera y socialista de Alemania.

Fuente del texto: laizquierdadiario 

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Un secreto bien guardado

Es muy poco conocido el rol que jugó el imperialismo inglés durante la Segunda Guerra Mundial en Grecia. Gran Bretaña, parte del bloque Aliado (el de las supuestas “democracias” que luchaban contra el fascismo) demostró en Grecia, que en esta guerra, por encima de la democracia estaban la defensa de los intereses imperialistas.


Grecia fue invadida por los alemanes en 1941 y también por italianos y búlgaros (todos parte del Eje junto a Alemania y Japón) y gobernada por un gobierno títere de los nazis. Desde 1943 la población comenzó un proceso de resistencia a la invasión, con partisanos armados y una importante influencia del Partido Comunista. También formaban parte de esta resistencia, aunque en un número mucho menor, los trotskistas griegos.

Gran Bretaña, su antiguo imperio dominante, había apoyado a la dictadura feroz de Metaxas desde 1936 y le dio albergue al rey Jorge II, abogando por su reinstalación. Churchill, primer ministro de Gran Bretaña, veía en la resistencia “el peligro bolchevique” que podía avanzar sobre una Europa quebrada y hundida en la miseria por la guerra. En Italia, también se estaba desarrollando un proceso revolucionario que llevó a la caída de Mussolini y al cambio al bando Aliado (por lo que Italia se retiró de Grecia, ampliando la dominación alemana). Este “peligro” lo llevó a Churchill a intervenir personalmente en Grecia.

Hace 70 años, el 3 de diciembre de 1944, luego del comienzo de la retirada alemana, miles de manifestantes griegos salieron en Atenas al grito de ¡Viva Churchill, viva Roosevelt, viva Stalin! Pero las potencias ya se habían repartido el mundo y Grecia debía volver a pertenecer a Gran Bretaña. Los que se movilizaron fueron recibidos por los balazos del ejército inglés y su gobierno aliado, que disparaba desde lo alto del Parlamento y desde locales que habían pertenecido a colaboracionistas alemanes. Murieron 28 manifestantes.

La Plaza Syntagma era un gran charco de sangre. Así, los ingleses impusieron la vuelta del rey y su gobierno títere. Para que no se produzca un “vacío” en el poder entre la retirada alemana y la imposición inglesa, estos últimos permitieron que los nazis mantuvieran parte de su ocupación hasta 1945.

La URSS estalinista, cumpliendo con el pacto ya firmado en la Conferencia de 1944, y luego refrendado en las de Yalta y Potsdam, llamó al Partido Comunista griego a apoyar a los ingleses, permitir la derrota de las ciudades controladas por los partisanos y a que hiciera el “trabajo sucio” de matar tanto a los comunistas como los trotskistas que se resistían a esta entrega. Sin embargo, no pudieron evitar una guerra civil que duró hasta 1949, con la derrota total de la resistencia.

Este hecho, casi desconocido, es uno de los más claros en los que se demostró que la Segunda Guerra no era una guerra de regímenes democráticos contra fascistas. Y por eso tratan de ocultarlo. Esta posición sigue siendo defendida por las potencias imperialistas hasta la actualidad y por la mayoría de los historiadores que defienden sus intereses (incluso por historiadores ex comunistas como el fallecido Eric Hobsbawm), para ocultar que el fondo de la carnicería a la que mandaban a enfrentarse a los pueblos, era para redefinir el orden imperialista.

Libro recomendado: La Segunda Guerra Mundial y la revolución

Fuente del texto: laizquierdadiario ¡Gracias por leerme!

Operación Barbarroja: la invasión nazi a la URSS

El 22 de junio de 1941 el relámpago nazi golpeó con todas sus fuerzas las puertas de la burocratizada tierra de los soviets. ¿Qué salvó a la Unión Soviética y al mundo de un triunfo fascista?


El imperialismo, un titánico matadero industrial

No fue el "mal", ni un hombre maléfico, ni las buenas intenciones de unas naciones "democráticas" y libertadoras contra otras fascistas y opresoras. Fue la propia naturaleza de las potencias imperiales, y sus capitalistas, que llevó al mundo a su más extraordinaria carnicería en pos de una distribución de los negocios y mercados mundiales, la lucha anárquica por asegurarse mayores ganancias, la que empujó a las grandes potencias a saldar un reparto inconcluso tras la primer gran guerra.

Y así como en la anterior, fueron sus ideólogos los que le aseguraron a los trabajadores del mundo que sería la última: la guerra que acabaría con las guerras "sólo" exigía al obrero su sangre para defender los "intereses de su nación", enfrentándolo en la arena de batalla con su par extranjero. Pero lejos de ser una contienda (sólo) entre naciones, la Segunda Guerra Mundial fue una verdadera guerra de clases, y a la hora de aplastar a las grandes huelgas, levantamientos y resistencias obreras, ni los fascistas, ni los "democráticos" ni los estalinistas ahorraron plomo y esfuerzos. Pero eso quedará para una futura nota. Veamos que pasaba en la URSS.

La URSS maniatada desde adentro

Corría el año 1941. El cambio de década amaneció ensangrentado. Las cruentas purgas de Stalin y la burocracia gobernante de la URSS se llevaron a los viejos dirigentes de la revolución de octubre de 1917 (incluyendo asesinatos fuera de la URSS como al mismo Trotsky en México un año antes), a los jóvenes, los mejores hijos de la revolución, críticos y opositores de todos los niveles. También a los generales y veteranos del Ejército Rojo de Lenin y Trotsky.

De esta forma el estalinismo intenta cortar los hilos de continuidad de la tradición revolucionaria en su afán de reducir las enormes tensiones y riesgo a una revuelta social dentro de la URSS capaz de voltear a su casta de burócratas y reinstaurar la democracia obrera. La ejecución de Tujachevsky, cerebro del ejército es acompañada por las cabezas del 90% de los altos mandos, curtidos durante la dura guerra civil y las contiendas contra 14 ejércitos invasores, sustituidos por arribistas e incompetentes, serviles al aparato burocrático.

Ya en 1939 quedó demostrada la terrible incapacidad militar del Ejército Rojo en la llamada Guerra de Invierno, en donde la URSS invade Finlandia logrando finalmente algunos objetivos pero con un saldo de alrededor de 48.000 bajas en una operación desastrosa, y perdiendo el apoyo del pueblo finés por su política burocrática y despótica.

Hitler y la apertura del Frente Oriental

Con posterioridad Hitler declararía: "cuando comencé la Operación Barbarroja, abrí la puerta de un cuarto oscuro, sin visibilididad". Los nazis, como los británicos o los norteamericanos calculaban que le llevaría a la poderosa Wehrmatch (las FFAA de la Alemania nazi) entre 3 y 8 semanas doblegar y conquistar la URSS. Esta subestimación del enemigo se debe en parte a la falta de información precisa del Estado Mayor nazi acerca de la capacidad de rearme soviética así como una profunda ignorancia sobre la moral de un pueblo que, aunque degradada y corroída por su burocratización, consideraba a la URSS como SU república y se negaba a ser una colonia alemana.


La Operación Barbarroja sufrió algunos contratiempos. La avanzada de la Luftwaffe (fuerza área alemana) sobre las islas británicas no logró derrotar al Reino Unido, y además, con una lógica aventurerista, Mussolinni, el "duce" de la Italia fascista aliado de Alemania, arriesgó posiciones en el norte de África y Grecia que obligaron a Hitler a intervenir y destinar fuerzas en estos frentes.

Hitler temía la posibilidad de combatir en un frente oriental y otro occidental simultáneos, y para evitar esto en parte necesitaba un tratado de paz con los ingleses. Además era plenamente consciente del inconmensurable potencial industrial y militar norteamericano (que se armaba y preparaba para entrar en combate), y sin la conquista de Rusia y sus recursos no sería lo suficientemente fuerte como para poder vencer al poder del "nuevo mundo". El destino del mundo se jugaba en territorio soviético.

55555 El 22 de junio de 1941 tres grupos de ejércitos alemanes (norte hacia Leningrado, centro hacia Moscú y sur hacia Stalingrado) iniciaron su blietzkrieg (guerra relámpago, consistente básicamente en el avance veloz sobre el territorio y las tropas enemigas encabezada por el cuerpo de blindados) sobre la URSS. El tridente nazi avanzaba con decisión.

La guerra relámpago y "el Jefe" cabeza de avestruz

La invasión tomó por sorpresa a Stalin. El brillante espía soviético en Japón Richard Sorge ya había advertido al "Jefe" sobre la inminencia del ataque. Detrás de las líneas enemigas, el director de la Orquesta Roja (red de espionaje soviética) en territorio nazi, Leopold Trepper también había anticipado el ataque. El burócrata georgiano se negó a creer en esta información y confió en que Hitler no rompería aún el pacto de no-agresión entre la URSS y Alemania.

Intentó evitar con todo tipo de maniobras políticas/diplomáticas involucrarse en la guerra, incluso maniatando a las secciones del partido comunista de distintas naciones, cuando no traicionando abiertamente procesos revolucionarios como el de España. Su meta: lograr el visto bueno de las potencias y evitar involucrarse en el conflicto. Su temor: que la guerra produjera un levantamiento de masas que arriesgara su posición como casta gobernante; incluso una revolución triunfante en otro país podría desencadenar el malestar insoportable y provocar el estallido.

Hitler olió su miedo y la desmoralización del Ejército Rojo decapitado y arremetió. Las tropas germanas avanzaron despedazando a los rojos que se retiraban desordenadamente. Durante diez días Stalin desapareció. Luego lanzó un mensaje radiofónico instando a la población a realizar la "brillante" táctica de "tierra arrasada" (que consiste en quemar y destruir todo, emigrar para no dejarle nada a los invasores), y mudar parte de la industria pesada a los Urales.

Así, con miles de bajas, tanques destruidos, casi medio millón de prisioneros, la fuerza aérea diezmada (el grueso de los aviones soviéticos fueron destruidos en tierra), los alemanes dieron por derrotado al Ejército Rojo a casi un mes de iniciado el ataque. Pero el "cuarto oscuro" al que entró el führer depararía muchas sorpresas.

La tenaz y heroica resistencia obrera: ¡No Pasarán!

No fue la vastedad del territorio soviético, ni la cruenta helada lo que derrotó a los nazis en la URSS, si bien fueron factores que operaron en su contra. El esfuerzo colectivo del pueblo soviético, ya sea en batalla donde murieron más de 3.000.000 de combatientes (de los 20.000.000 que cayeron a lo largo de la Segunda Guerra), o en las fábricas que produjeron el "milagro" de reconstruir los aviones, blindados y municiones dejando literalmente la vida en las líneas de producción en muchos casos, fue el factor decisivo.

A la disciplinada y experimentada Wehrmatch y sus generales se le plantó un pueblo decidido a detenerlos hasta las últimas consecuencias. Se formaron milicias obreras en las ciudades donde los escombros de los bombardeos oficiaban de fortalezas peleando metro a metro con escaso armamento pero con una moral inquebrantable. En los bosques y zonas difíciles las guerrillas de partisanos atormentaban permanentemente a los regimientos alemanes. La ciudad de Leningrado por ejemplo sufrió un sitio de casi tres años, muriendo más de 1.000.000 de habitantes de hambre y frío.

Los llamados aliados, apostando al desgaste mutuo entre Alemania y la URSS aportaron una modesta ayuda de provisiones y en menor medida equipos y municiones jugándose a dilatar lo más posible los enfrentamientos y maximizar las pérdidas de ambos bandos.

La resistencia en ciudades como Sebastopol y Rostov, empezaron a mostrar que no está vencido quien pelea, para pasar luego a las victorias en Moscú y Stalingrado. Después de esta última la iniciativa pasaría al bando soviético hasta la batalla de Kursk, donde tras su derrota, a las tropas del führer sólo les queda retroceder desgastando al Ejército Rojo en un interminable camino hacia Berlín.

El final es algo conocido. Las tropas soviéticas llegan a Berlín antes que los Aliados, y ante la inminente caída Hitler se suicida. La Gran guerra llega a su fin, no sin nuevas matanzas, como la de Dresde en el avance aliado hacia la capital alemana, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, o la "pacificación" en Grecia e Italia de los obreros sublevados, pero eso también quedará para un nuevo artículo.

Fuente del texto: laizquierdadiario 

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viernes, 31 de enero de 2020

Territorio Gulag: los campos del horror


Stalin envió a casi 20 millones de personas a trabajar y morir en los campos del Gulag. Con motivo del centenario de la Revolución rusa, visitamos la región de Magadán, donde se levantaron más de un centenar de estos campos del horror.

Esta es la historia de una carretera. La llaman ‘la carretera de los huesos’ o ‘el cementerio más grande del mundo. La construyeron los presos del Gulag, y nadie sabe cuántos muertos yacen bajo ella. Es la única arteria que llega hasta este remoto rincón del mundo. Arranca en la ciudad de Magadán, en el extremo más oriental de Rusia, allí donde Asia casi linda con América. En su punto final, 2000 kilómetros al oeste, se encuentra Yakutsk, la metrópoli más fría del planeta.

Casi todo lo que rodea a esta carretera recuerda a los crímenes de Stalin: las poblaciones que se alzan a sus orillas fueron en su día uno de los muchos campos de trabajo que formaban el sistema del Gulag. Hasta la muerte del dictador, en 1953, se levantaron más de un centenar de estos campos en esta región.

A los lados de esta carretera que une Magadán con la ciudad siberiana de Yakutsk, se crearon centenares de campos de prisioneros

La idea de Stalin era deshacerse de la gente enviándola a esta región hostil, a la tierra del invierno eterno. Hasta entonces, aquí nunca había vivido nadie. La condena a trabajos forzados en tierras del norte ya se practicaba en tiempo de los zares, pero Stalin fue más allá; construyó su propio estado esclavista, con campos repartidos por toda la Unión Soviética. Las autoridades soviéticas enviaron aquí a 900.000 personas, atrapadas en una «espesa nube de inconsciencia, de dolor, de esa oscuridad del no ser», como escribió uno de los prisioneros. Entre los primeros esclavos que llegaron había obreros, ingenieros, médicos, músicos…

Aquí todo recuerda a los crímenes de Stalin y, al mismo tiempo, apenas nada queda de aquello. No hay memoriales ni cementerios ni museo digno de tal nombre. Los antiguos campos están en ruinas, aplastados por el invierno. La madera de los barracones se usó para alimentar las estufas.

Uno de los campos de trabajo

«Las victorias son más importantes que los capítulos más oscuros de la historia», dijo Vladimir Putin en 2007, y con aquellas palabras todo el país inició el camino de la desmemoria. Stalin ahora es solo el vencedor de la Segunda Guerra Mundial.

La mitad de los rusos cree que hizo más bien que mal, aunque provocara más de dos millones de muertes entre su propio pueblo. Arsenii Roginski, presidente de Memorial, una asociación rusa de defensa de los derechos humanos, dice que «es como si todas esas personas hubiesen muerto víctimas de una catástrofe natural o una epidemia». Como si no hubieran sido víctimas del Estado

Superviviente

La historia de la carretera de Kolymá habla de los horrores del pasado, del olvido en una tierra olvidada. Stefanija Dubovnik, de 87 años, vive aquí, en Magadán. La nieve caía hace 70 años, el día en el que llegó a la región. Stefanija nunca había visto una tierra tan dura. Venía del oeste de Ucrania, no había cumplido los 18 años y no hablaba ruso. Un tribunal la había condenado por «actividades antisoviéticas». La pena fue de diez años de internamiento.

Stefania Dubovnik llegó al Gulag con 17 años. La enviaron aquí desde Ucrania, condenada por actividades antisoviéticas. Durante su condena se quedó embarazada y le quitaron a su hijo. Trabajaba 16 horas diarias en las minas de oro.

«Todavía me sorprende haber sobrevivido», dice. Aún sueña con los cuerpos cadavéricos de los trabajadores, con sus estómagos hinchados por el hambre, con la muerte pegada a la espalda después de turnos de 16 horas en las minas de oro. Dochodjaga, así se llamaba en los campos a esas personas que habían llegado al límite de sus fuerzas. Por las mañanas, ya eran cadáveres que alguien se encargaba de subir en camiones.

«El Gulag era el infierno», sentencia. Tras la muerte de Stalin, Stefanija fue puesta en libertad. ¿Qué podía hacer? ¿Adónde ir? Como la mayoría de los reclusos, optó por quedarse en Magadán.

«Parece el fin del mundo», escribió Yevgenia Ginzburg, profesora judía de Literatura y prisionera del Gulag. Pasó diez años en los campos, rodeada de «desechos humanos andantes». «La sensación de estar en el confín del mundo, apartada de la civilización humana, no nos abandona ni por un instante», escribió.

Esta tierra sigue así, agreste y fría. En el mismo punto en el que arranca la carretera comienza una naturaleza salvaje. A la gente le aterroriza circular por aquí. En invierno, una tormenta de nieve puede hacer que la calzada desaparezca de repente; si el coche se queda tirado, los móviles no funcionan, no hay cobertura. Tampoco ambulancias.

Un tema tabú

Iván Panikarov, fontanero de profesión, es uno de los principales expertos en los campos de trabajo de Kolymá. El Gulag llegó a su vida de forma casi casual. En los años ochenta, cuando trabajaba en las minas de oro, conoció a un antiguo prisionero. Lo llamaba tío Petia. Por aquellos tiempos, el Gulag todavía era un tema tabú; mucha gente seguía viendo a los antiguos presos como traidores al pueblo. El tío Petia también guardaba silencio, por lo menos cuando estaba sobrio. Por eso, Panikarov empezó a beber con él. Y escribía todo lo que le contaba.

Al llegar la perestroika, de repente todo el mundo empezó a interesarse por el pasado, por aquel tiempo del que el Estado había prohibido hablar. Iván Panikarov ya tenía para entonces miles de informes. Durante bastante tiempo recibió ayuda económica de fundaciones extranjeras. Pero cuando la ley lo obligó a registrarse como «agente extranjero» por recibir dinero del exterior, renunció a esos ingresos. No quiere problemas. Y tampoco que lo llamen agente de nadie. Iván Panikarov ama a su país. «De lo que se trata aquí es de la verdad», dice.

Al otro lado de esta alambrada nació Olga Nikishova. Allí se encontraba el campo de mujeres de Elgen. Su madre era una prisionera. Su delito. llegar tarde a su puesto en una fábrica en los Urales. «Mi madre nunca quiso hablar de aquella época. Se avergonzaba. Adoró a Stalin hasta el último día».

Panikarov conoce todos los antiguos campos de Kolymá. Uno de ellos es el campo de mujeres de Elgen. A visitarlo nos acompaña Olga Nikishova, de 64 años. Olga nació en ese campo. Nunca había vuelto a pisar el lugar. Es un sitio feo y desértico. En tiempos de la Unión Soviética, en Elgen había una explotación agrícola estatal. Ahora no crece nada, solo hierba. Mariia, la madre de Olga, penó aquí durante seis años. Su delito: llegar tarde a su puesto en una fábrica de los Urales.

«Sabotaje», sentenció el juez. «Mi madre solo empezó a hablar de su cautiverio cuando yo ya era adulta -dice Olga-. Se avergonzaba de aquello». Y añade. «Mi madre adoró a Stalin hasta el último día».

ván Panikarov, el experto en el Gulag, tampoco se considera un enemigo de Stalin. Cree que es culpable de reprimir a su pueblo, pero no lo considera un asesino. Dice que muchas de sus políticas fueron sabias. «Abrió estas tierras a la colonización -dice Panikarov-. Y enseñó a la gente a no retirarse jamás. Construyó cosas». Panikarov añade que no puede decir lo mismo de estos tiempos que corren. Hace 30 años, en esta región había centros culturales, incentivos económicos, pluses en las nóminas, invernaderos estatales. Y quitanieves que despejaban la carretera.

Huesos humanos

Ahora, lo único que sigue en funcionamiento son las minas de oro. Se alzan en medio de un paisaje lunar, con sus montañas de residuos. Allí trabajaron los esclavos de Stalin, por eso no es raro que los empleados de la mina Krivbass encuentren casquillos de bala. Y huesos humanos. Sergéi Basavluzkii, el dueño de la mina, entierra estos restos como es debido. Honra a las víctimas de Stalin. También a Stalin.

Para él, Stalin fue un gran gobernante, el mejor que ha tenido Rusia. Por eso, al dueño de la mina le gusta trabajar de acuerdo con los métodos antiguos: cree que no hay nada mejor que el miedo para que los empleados trabajen bien. Su mina es un modelo de orden y limpieza. Como si fuera un campo de trabajo moderno. Basavluzkii está orgulloso de sus métodos. En su mina están prohibidos el alcohol, el tabaco, la pereza. Un turno dura entre 12 y 16 horas. No hay días libres. La mayoría de los trabajadores lo acepta, entre otras cosas porque Basavluzkii se los trae desde las regiones más empobrecidas de Ucrania y retiene sus pasaportes en cuanto llegan. Si encuentra una colilla, castiga a todos los que estuvieran cerca. «También a los inocentes», dice. «Y escriba esto que le voy a decir: que Putin me mande aquí los 300.000 primeros delincuentes que reúna, que yo sabré qué hacer con ellos. ¡Sus gritos se van a oír en toda Rusia!», sugiere.

En Yakutsk, donde termina la carretera, levantaron hace unos años un busto de Stalin. Natalia Chajutina no lograba entenderlo. Conocía de primera mano el legado que Stalin dejó al país: sufrimiento y culpa. Ella conoció a Stalin en persona. Estuvo con él en su dacha, no lejos de Moscú. Y conoció bien a Nikolái Yezhov, jefe de la Policía secreta, también llamado el Enano Sangriento. Yezhov organizó por encargó de su jefe el Gran Terror de finales de los años treinta. Más de 680.000 personas perdieron la vida. Pero con Natalia jugaba al tenis. También le enseñó a montar en bicicleta. Yezhov era su padre adoptivo.

Cuando Natalia tenía seis años, la propia Policía secreta detuvo a su jefe. Yezhov pasó a ser enemigo del pueblo y murió en uno de los sótanos en los que acostumbraba a torturar a sus víctimas.

Natalia Chajutina fue la hija adoptiva de Nikolái Yezhov, jefe de la Policía secreta de Stalin y encargado de organizar las purgas de la etapa conocida como ‘el Gran Terror’. Al descubrir el horror que había causado su padre, se refugió en esta región. «Me arresté a mí misma y me deporté aquí», afirmó. 

Cuando Natalia descubrió las cosas que había hecho su padre, inició una huida que se prolongaría de por vida. Se mudaba constantemente de un sitio a otro. En cuanto la gente se enteraba de quién era, volvía a marcharse a otro lugar. Así acabó llegando al remoto oriente del país. Se instaló en una casa a orillas del río Kolymá, el lugar donde encontraron la muerte tantas de las víctimas de su padre.

«Me arresté a mí misma y me deporté aquí. Y nunca me concederé la libertad», dijo una vez. Fue en 2015. Estaba ya postrada en la cama y apenas podía salir de casa. Falleció el año pasado a orillas del Kolymá, no lejos de la carretera.

Fuente del texto: xlsemanal 

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Vladimir Putin: así es el hombre que quiso ser zar


Para explicar muchas de las claves de la mente de Putin, nada mejor que sumergirse en su infancia y en su relación con sus padres y con su abuelo.

El escritor y exdiplomático ruso Vladímir Fédorovski, que conoce personalmente al presidente ruso Vladímir Putin, traza un retrato psicológico que nos permite entrar en la cabeza del hombre que está poniendo en jaque al mundo.

Su popularidad está en lo más alto y el país entero parece haberse unido en bloque a su jefe. Pero ¿quién es Putin en realidad? ¿Cómo fue su infancia? ¿Cuáles fueron sus pesadillas, sus sufrimientos, sus luchas, sus métodos? Vladímir Fédorovski, antiguo diplomático y portavoz del Movimiento por las Reformas Democráticas al final de la URSS (1991), es hoy un escritor de éxito y autor de Putin, el itinerario secreto. Hablamos con él para que nos ayude a desentrañar la personalidad del nuevo zar.

Su infancia; en un miserable apartamento comunal de 20 metros cuadrados

“La primera clave psicológica la encontramos en su infancia”, -afirma Fédorovski. Putin es un puro producto del final del estalinismo. Nació en Leningrado el 7 de octubre de 1952 en el seno de una familia obrera. Él es el hijo pequeño. Sus dos hermanos, Víktor y Oleg, nacidos en los años treinta, murieron siendo muy niños. Su madre y su padre cuentan ya con 41 años cuando nace Putin. Vladímir: es, por tanto, el hijo tardío de unos padres que sobrevivieron al terrible asedio de Leningrado, una ciudad sometida al bloqueo de las tropas alemanas durante casi 900 días, y que se saldó con 1.800.000 muertos”.
“Se crió en una dura atmósfera de posguerra, en medio de una miseria total, en uno de los barrios más desfavorecidos de la ciudad”
“Es en esta dura atmósfera de posguerra, en una miseria total, en la que se cría el joven Putin, en un apartamento comunitario de 20 metros cuadrados, situado en uno de los barrios más desfavorecidos de la ciudad, y sometido a las leyes de la calle, en la que hay que pelear para sobrevivir. “La manera que tiene hoy de responder ojo por ojo en el ámbito internacional se remonta a esa infancia, marcada por un agudo sentimiento de heroísmo nacionalista combinado con la rabia del chico que quiere salir adelante”.

Su barrio: el hampa dictaba las normas de la calle

“En Putin hay una voluntad de poder heredada de un imperio desaparecido, la Unión Soviética, -continúa Fédorovski. Pero en lo que respecta a su personalidad, esa voluntad de poder procede más bien de la observación de la gente que tenía el mando en su barrio de infancia. El hampa era quien dictaba la ley, con jefes tan poderosos que los llaman en ruso los ‘ladrones de ley’. El premio Nobel de Literatura Joseph Brodsky (1940-1996) les dedicó uno de sus poemas: ‘Si naciste en el Imperio, instálate lejos de su capital, y cuando llegues a una provincia, guárdate de los que ejercen el poder. El problema es que en las provincias son los ladrones los que gobiernan… ¡pero aún prefiero los ladrones a los asesinos!'”.
“Cuando me entrevisté con Putin por primera primera vez, vi que copiaba mis gestos. Es una técnica de la KGB para empatizar con el interlocutor” 
“Todos los rusos conocen estos versos, que retratan nuestra sociedad. Los ‘ladrones de ley’ (los jefes de la mafia) están por encima de la masa, determinan todo, gestionan la ‘hucha’ común. Por lo tanto, no tienen necesidad de corromperse y llenarse los bolsillos. Eso es lo que pasa con Putin, al que algunos medios acusan de poseer cientos de propiedades bajo testaferros. ¿Para qué va a corromperse directamente y acumular bienes cuando él está por encima de los que se lucran? El poder es la fuente de la que mana la riqueza material. Y a Putin no le gusta el dinero, sino el poder. Guardando las distancias, por supuesto, no es difícil recordar en todo ello a esos ‘ladrones de ley'”.

Un joven marcado por la figura de su abuelo, un cocinero al servicio del Kremlin

 “Putin es un personaje complejo” -señala Fédorovski. “Su revancha social sobre sus orígenes obreros y campesinos la lleva a cabo convirtiéndose en el jefe supremo del país con una misión de grandeza histórica”. Y añade. “En este sentido es interesante escucharlo cuando evoca la figura de su abuelo paterno, Spiridon Putin, que fue cocinero en el Kremlin al servicio de Lenin y, más tarde, de Stalin, y al que admira profundamente… Esta convivencia con el establishment de la dictadura fue esencial en su imaginación infantil”.

Tiene varios perros, pero su favorito es Koni, un labrador de 15 años al que no duda en llevar incluso a las recepciones oficiales. Koni ha dado algún susto a Merkel

“Su padre era Vladímir Spiridonóvich Putin, un obrero en una fábrica de armamento que llegó a ser oficial del NKVD. Cuando lo movilizaron contra las fuerzas del ejército alemán, logró salvar su vida sumergiéndose en un pantano y respirando con la ayuda de una caña. Esta anécdota da muestra de la fortaleza mental de este hombre, que más tarde quedaría inválido en dos tercios de su cuerpo.
“Vladímir Putin conoce muy bien. Ucrania. Trabajó allí como campesino en su época de estudiante”
Con ese pasado obrero y de cercanía al poder absoluto, en el que planea el fantasma de la tragedia de Leningrado que su madre, María Ivánovna Pútina, padeció en carne propia; y con esa fascinación por el valor militar, vemos cómo en la era de Brézhnev va creciendo ese chiquillo apasionado por las películas de espías, que se refugia en los deportes de combate, el sambo -una mezcla de boxeo y lucha libre-, y más tarde el yudo- se convertirá en cinturón negro y formará parte del equipo ruso en los Juegos Olímpicos-, al tiempo que sueña con convertirse en una especie de James Bond soviético”.


Para Fédorovski, la práctica de esa violencia controlada con el yudo es clave para entender su fortaleza mental. “El yudo de alto nivel es una especie de ascesis gracias a la cual se absorbe la fuerza del adversario para desequilibrarlo. Es un poco lo que ha pasado con la crisis de Ucrania, un país que Putin conoce bien porque trabajó allí como campesino en su época de estudiante. A finales de 2013, Putin era perfectamente consciente de la corrupción del presidente prorruso Yanukóvich, pero subestimó su debilidad. Cuando este se vio obligado a huir, era imposible no reaccionar. De ahí la escalada militar en Crimea y el referéndum. Como buen ruso, Putin es también un apasionado del ajedrez…”

¿Qué queda en la personalidad de Putin de agente del KGB? 

Según Fédorovski, el KGB ha influido más en Putin como estructura mental que en sus comportamientos concretos. “Con 15 años, el joven Vladímir presenta su candidatura al KGB, pero es rechazado. Antes, le dicen, debe terminar sus estudios, algo que también le han pedido sus padres. Después de pensar en hacer una ingeniería, Putin se decide por el Derecho. Una vez obtenida su licenciatura en la Facultad de Leningrado, se enrola en los Servicios Especiales. Allí sigue una formación intensiva con la que aprende todas las técnicas de espionaje y de contraespionaje: información, cribado de datos, eliminación del adversario con las manos o veneno… Culmina estas enseñanzas en Moscú en la Academia Andropov -a la cual solo se accede si ya se cuenta con un cierto rango dentro de la organización-“.

“Una de las particularidades del KGB es la de enseñar a sus agentes a hablar lenguas extranjeras sin acento. Putin domina a la perfección el alemán, idioma que comenzó a estudiar en el colegio. Tiene una formación lingüística muy elevada. Además, todos los agentes, hombres o mujeres, deben ser capaces, según lo requiera cada misión, de sumergirse por completo en un universo extraño y seducir a quien sea, independientemente de su aspecto. Y también manejan esa técnica muy especial que permite crear un ambiente de intimidad entre el oficial y su potencial agente. Por medio del mimetismo se pone al interlocutor cómodo, convirtiéndose en su espejo e imitando su manera de expresarse, su mímica, su gestualidad. Cuando me entrevisté con Putin la primera vez, me di cuenta de que copiaba mis gestos. Varios años más tarde, un presidente francés me confesó que Putin había hecho lo mismo con él.

El día que conocí a Putin

“Conocí a Vladimir Putin en una cena a la que me había invitado Anatoli Sobchak, el primer alcalde democrático de San Petersburgo. La primera vez que lo vi, Sobchak me advirtió: ‘Ten cuidado, no te equivoques, no es un agente cualquiera del KGB. Lo he contratado como secretario para que limpie la antesala de mi despacho de todos los corruptos que se agolpan en ella’. Era la época de las maletas atiborradas de dólares, y Sobchak no quería que nadie le tendiera una trampa con algún asunto turbio… Así, entre 1989 y 1996, primero como consejero de asuntos internacionales, más tarde como miembro del gabinete, una eminencia gris, y finalmente como primer adjunto al alcalde, el oficial operativo superior del KGB en la sombra se encargó de aquella limpieza. Todo ello bajo una apariencia bastante anodina, incluso apagada, algo que me llama la atención hoy, con la perspectiva del tiempo”.

Su vida privada es un tabú para los medios rusos. Con Ludmila estuvo más de 30 años casado. Oficialmente la causa de la separación fue que el trabajo no le dejaba tiempo para la familia

“Pero es que una de las características de Putin es la de jugar siempre a dos barajas: al tiempo que desempeñaba labores de teniente coronel de los servicios especiales, se desenvolvía como un fino político. Siempre se las arregló para no redactar ningún informe sobre Sobchak, a pesar de que el KGB se lo reclamaba. A priori, le habían encomendado la misión de infiltrarse en el Ayuntamiento, pero él le dio la vuelta a la situación. Y nunca ha dejado de actuar de esa manera, lo que lo convierte en uno de los personajes más ambiguos que he conocido”.

El Putin supermacho alfa

“Putin es muy sensible a la belleza, empezando por la de San Petersburgo, el símbolo del esplendor artístico, histórico y fundacional de su visión de Rusia. Tampoco podemos negar el narcisismo de supermacho de Putin, como lo prueban sus conquistas femeninas y las transformaciones de su aspecto, y que él escenifica con sus carreras por la estepa, o a bordo de helicópteros, o como una especie de Rambo con el torso desnudo y musculado durante una partida de caza, hasta el punto de que se ha convertido hoy en un icono gay en Nueva York”.

“Pero lo más significativo de su imagen es, sobre todo, su habilidad para manipular a los medios. Mucha gente consideró, durante mucho tiempo, que fue un error aquella salida suya sobre los chechenos: ‘¡Iremos a buscarlos hasta dentro de los váteres!”. Sin embargo, sé de buena fuente que aquella declaración no fue una improvisación. Entonces era todavía un desconocido y el viejo Yeltsin, un vegetal hinchado por el alcohol: así que lanzó aquella frase como una especie de globo sonda, para terminar asestándole el golpe definitivo a Yeltsin e imponerse como el único político capaz de restablecer la paz en un país invadido por el crimen. Este pragmatismo, en el que no caben consideraciones emocionales, le viene de su formación. Y aunque utiliza esta técnica de los servicios especiales en la cabeza del Estado, solo es un medio, nunca un fin, y siempre al servicio de un destino y de una voluntad políticos fuera de toda norma”.

Fuente del texto: xlsemanal 

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Los niños esclavos del Gulag


En la ciudad de Karaganda, en Kazajistán, estuvo una de las mayores colonias penitenciarias soviéticas entre los años 30 y 1958. Muchos niños nacieron allí y padecieron su horror. Estos son los testimonios de los que sobrevivieron al Gulag, el relato de un infierno al que no escapaban ni los bebés.

A la edad de la inocencia, en la que la mayoría de los niños viven despreocupados, ellos soportaron el hambre, las enfermedades y la violencia. Ni sus padres ni sus madres estaban ahí cuando la muerte rondaba cerca de ellos. Unos nacieron en los campos, otros fueron enviados de pequeños porque sus padres fueron juzgados como “enemigos del pueblo” o elementos contrarrevolucionarios y otros nacieron de amores clandestinos en el gulag; cuando no fueron el resultado de una violación de una detenida cometida por un guardia en la oscuridad de un barracón.

Han pasado más de 50 años desde el final del estalinismo; sin embargo, sus ojos aún se empañan y el llanto los ahoga cuando evocan ese espantoso pasado. Por mucho que hayan rehecho su vida y formado una familia, por mucho que contemplen a sus nietos con amor, nada puede borrar esos horribles recuerdos. Ni siquiera su avanzada edad y los accesos de senilidad que sufren algunos de ellos, como si las privaciones, los golpes y el miedo se hubieran impreso para siempre en su memoria. Viven en Karaganda, una ciudad del noreste de Kazajistán.

Aquí, todo es gulag. Todo recuerda los zeks (prisioneros) enviados por Stalin a la estepa. En esta cuenca minera, que desborda de hulla y cobre, donde la Unión Soviética implantó sus mayores instalaciones siderúrgicas, estaba el conjunto penitenciario de Karlag, que agrupaba decenas de campos de concentración.

Todo lo que salió de esta tierra en aquella época se debió al trabajo de las víctimas de la tiranía. Los edificios estalinianos de la ciudad fueron construidos por prisioneros; al igual que las carreteras y los ferrocarriles. Los rostros negros que picaban el carbón en las profundas galerías y los obreros que sudaban en los altos hornos eran detenidos o deportados, así como también los campesinos de las granjas colectivas…

Prisioneros soviéticos gulag

Stalin y sus esbirros del NKVD, antepasado del KGB, utilizaron Kazajistán como un vertedero: un millón de detenidos fue enviado allí. En los años 30 fueron los intelectuales de Moscú o Leningrado sospechosos de actividades anticomunistas. Luego, en los 40, coreanos, polacos, alemanes del Volga, ucranianos, chechenos e ingusetios acusados de colaborar con el invasor nazi o el enemigo japonés. Todos fueron deportados en masa hacia esta tierra donde había espacio y se necesitaban manos para sostener el esfuerzo militar.

Stalin murió en 1953; el Karlag dejó de funcionar cinco años después. Sin embargo, muchos niños del gulag se quedaron en Karaganda, donde sus padres, un hermano, una hermana o un tío murieron de agotamiento o hambre. “No sabían adónde ir”, dice Ekaterina Kuznetsova, historiadora de este gulag. “Y los kazajos los acogieron bien”. Algunos han conseguido rehacer sus vidas, pero todos viven rodeados de fantasmas.

Pavlina Petkova: “Me violaron y me quitaron a mi hijo”

“Si no te quieres acostar conmigo, haré que te violen diez de mis hombres”. Pavlina Petkova, de 82 años, recuerda como si fuese ayer las amenazas del jefe del campo de Spask. Tenía ganas de vomitar. Terminó cediendo y se quedó embarazada. Aún no había cumplido los 20 años. Ucraniana, condenada a trabajos forzados por haber criticado a los dirigentes comunistas, dio a luz a su hijo Restislav en una fábrica de ladrillos.

Las escasas raciones mejoraban apenas cuando se criaba a un bebé: 200 gramos de pan, 400 de leche y 60 de carne al día. Para vestir a Restislav, hacía trueque: un par de guantes a cambio de tres días de pan. Pudo tener a su bebé nueve meses, luego se lo llevaron a una guardería. Lo recuperó al ser liberada en 1956. Su hijo es ahora militar.

Galina Rakhleieva: “Me llevaron a un orfanato para adoctrinarme”

En 1954, su madre, rusa de Kazajistán, fue condenada al gulag por un robo. Había robado para comer, dice Galina. Estaba embarazada de unos meses. Por lo tanto, Galina nació en el gulag de Dolinka y pasó sus primeros meses en el sovkhoz, campo de trabajo, donde estaba confinada su madre. Cuando cumplió un año, los responsables del NKVD local, antigua KGB, dijeron a su madre que había llegado el momento de enviarla a un orfanato.

Estas instituciones servían para lavar literalmente el cerebro de los niños con el objetivo de que se olvidaran de sus padres y se convirtieran en perfectos soviéticos. Finalmente, Galina pudo escapar a ese trágico destino gracias a sus abuelos, que consiguieron recuperarla y llevársela a su casa. La liberación de la madre de Galina coincidió con el cierre del gulag.

Le propusieron un trabajo en este mismo sitio, que se iba a convertir en un centro de hospedaje, y nos instalamos en uno de los barracones transformado en alojamiento para los que antes habían sido presos, cuenta. Galina se fue a vivir con su madre. Más tarde, pudimos comprar esta casa, que fue la del guardia, y aquí sigo viviendo.

Moutzolgov Makasharip: “Sobreviví con un puñado de trigo”

Su vida, como la de centenares de miles de chechenos e ingusetios, cambió el 23 de febrero de 1944. Los soldados irrumpieron en la granja familiar y les anunciaron que tenían tres horas para recoger sus cosas. Empezó un viaje de un mes, de pie en un vagón de ganado, con un cubo de gachas diario para todo el vagón. Recién llegados a Kazajistán, su tío murió de agotamiento y su hermana pequeña sucumbió al hambre.

Para alojar a su familia, sus padres construyeron una cabaña de adobe, una zemljanka: un agujero de un metro de profundidad culminado por unos muros de un metro de alto. “Ocultábamos trigo caído de las carretas bajo un montón de heno dice. Mi madre fabricaba un poco de harina moliéndolo con piedras”. Cuando descubrieron que sustraían grano, condenaron a su padre a cuatro años en un campo de disciplina. “No lo volvimos a ver”, cuenta Moutzolgov. “Pero nunca dejamos de robar trigo. De lo contrario, todos habríamos muerto de hambre”.

Ivan Karpinski: “Los tanques aplastaron a las mujeres”

De repente, la voz de Ivan Karpinski se corta. Sus ojos azules se inundan de lágrimas. Apenas consigue articular. “Y, y los carros les pasaron por encima”. Estas imágenes se remontan a 1954, pero siguen desfilando por su memoria. Tenía 22 años cuando el campo de disciplina de Kengir se sublevó y mantuvo en jaque a las autoridades durante 40 días.

Un hecho único en la historia del gulag, al que Alexander Soljenitsin dedicó un capítulo de Archipiélago gulag. Pero el precio que se pagó fue tan elevado como la bravura de los detenidos. Los carros del Ejército Rojo aplastaron a las mujeres que se interpusieron, antes de ametrallar a centenares de detenidos. Ivan encargado de montar guardia asistió, impotente, a la masacre. Las autoridades censaron 37 muertos, pero Ivan habla de 600.

Nacionalista ucraniano, Ivan ya había conseguido escapar a una matanza en 1946 con su madre. Pero a los 17 años le impusieron una pena de 25 por tenencia de literatura subversiva. A su liberación en 1957, regresó a su querida Ucrania, pero no fue bienvenido. Los responsables comunistas lo amenazaron con volver a detenerlo y regresó a Kazajistán.

Konstantin Tekinidi: “Nuestra nacionalidadera sospechosa”

La historia de su familia es la de un largo éxodo. Griego de Trebisonda, su madre tuvo que huir de los turcos en 1916. Conoció a su padre, otro refugiado griego, en Maikop, en el norte del Cáucaso. Konstantin nació en 1934. En 1938, su padre fue detenido, juzgado por una troika y ejecutado. Su madre se encontró sola con tres hijos.

Con la ofensiva alemana de 1941, las autoridades soviéticas decidieron limpiar el Cáucaso de todas las nacionalidades “sospechosas”; entre ellos, los griegos. Tras un viaje de varios meses, Konstantin Tekinidi, su madre y sus dos hermanas aterrizaron en Kazajistán en el otoño de 1942. Las autoridades los alojaron en un establo sin puerta, cuando la temperatura era de 15 C. Una de sus hermanas sucumbió a la tuberculosis. En 1945 huyeron hacia Karaganda para escapar al NKVD, ante el que debían fichar a diario.

Privado de escuela durante la guerra, ha recuperado el tiempo perdido. Mientras trabajaba en una mina, acudió a clases por la noche. Con 40 años, consiguió un doctorado en Ingeniería Hidráulica y se especializó en el tratamiento de aguas. En Karaganda ha fundado una asociación cultural griega en la que enseña la lengua de sus antepasados.

Emma Schwartzkop: “Mi hermano empezó a hincharse y murió”

Fue en 1940. Recuerda un barco y un tren. Aún ve a su madre llevándola de una mano y a su hermano pequeño de la otra. Después, su madre desapareció. Ella tenía seis años y su hermano, tres. Estuvieron vagando con el estómago atenazado por el hambre. Su hermano comía hierba. “Un día empezó a hincharse y murió”.

Emma fue recogida por una mujer y luego enviada al orfanato de Osakarovka, al norte de Karaganda. Solo conocía su nombre y apellido y se expresaba en alemán. “Me prohibieron hablarlo en el orfanato”. Había tan poco que comer que los niños deshacían las cacas de cabra con el fin de encontrar granos de trigo. Los malos tratos y los castigos llovían sobre estos retoños de enemigos del pueblo. “Eran malos con nosotros”, dice Emma.

Empezó a alimentarse con relativa normalidad en su adolescencia, cuando fue asignada a una fábrica de botas de fieltro. “La primera vez que vi semillas en las galletas, creí que eran cacas de mosca”.

Fuente del texto: xlsemanal 

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