Por
guerras púnicas se denomina la serie de tres guerras libradas entre
Roma y Cartago en el período que va desde el año 264 hasta el 146 a.C.
Para cuando se produjo el conflicto, este fue el mayor enfrentamiento
bélico que había tenido lugar hasta la fecha.
El término púnico deriva del latín
punicus o poenicus e identifica a los cartaginenses, en referencia a los
ancestros fenicios de estos. Por su parte, los cartagineses denominaron
los conflictos como guerras romanas.
Causas de las Guerras Púnicas
La principal causa de las guerras púnicas fue el conflicto de intereses
entre el Imperio Cartaginense y la por entonces República de Roma, en
plena expansión y camino de convertirse en el vasto imperio en que se
convirtió.
Inicialmente, los romanos estaban interesados en expandirse vía Sicilia,
parte de cuyo territorio estaba bajo control cartaginés que, al
iniciarse la primera guerra, era el poder dominante al oeste del
Mediterráneo con un gran dominio marítimo. Roma era una fuerza que
ascendía rápidamente en Italia, pero carecía del poder marítimo de
Cartago.
Sin embargo, al finalizar la tercera
guerra tras más de cien años de luchas y la consecuente pérdida de
cientos de miles de soldados por ambas partes, Roma logró conquistar el
imperio cartaginés, destruyó su ciudad capital y se convirtió en la
civilización más poderosa del Mediterráneo y del mundo.
Al finalizar las guerras macedonias, que
ocurrieron de forma simultánea a las púnicas, y con la derrota del rey
Antíoco III el Grande, en la guerra entre Roma y Seléucida en el mar
oriental, Roma emergió como el poder más dominante en el Mediterráneo y
una de las ciudades más poderosas en la antigüedad clásica.
Antecedentes
A mediados del siglo III a.C., Cartago
era una gran ciudad ubicada en la costa de lo que hoy conocemos por
Túnez. Fundada por los fenicios a mediados del siglo XIX a.C.. Fue una
poderosa ciudad-estado con una inmensa red comercial y a la que solo
Roma, en toda la región, podía emular en cuanto a población, riquezas y
poder.
Aunque Cartago ostentaba el mayor poderío naval del mundo antiguo, no mantenía un ejército grande permanentemente. Prefería contratar mercenarios, sobre todo indígenas de Numidia,
para que libraran sus batallas. No obstante, la mayoría de los
oficiales que comandaban sus tropas sí eran ciudadanos naturales.
Los cartagineses eran reconocidos por
sus habilidades para navegar. Muchos provenientes de las clases bajas
escogían la marina para servir, lo que les proveía de ingresos estables y
les permitía hacer una buena carrera.
En el año 200 a. C. la República Romana
había tomado control de la parte sur de la península itálica. A
diferencia de Cartago, la República Romana no disponía de una flota que
le permitiera ser competitiva en batallas navales contra la armada
cartaginesa. Sin embargo, aunque los comandantes romanos sabían que la
batalla marítima estaría perd89ida incluso antes de comenzar, también eran
conscientes de la superioridad del Ejército de Roma sobre los
mercenarios de Cartago de modo que decidió atacar Sicilia por tierra.
Tras la victoria en la Primera Guerra
Púnica, los romanos comenzaron a construir navíos similares a los
cartagineses que les permitieran plantar cara a su armada en el
Mediterráneo.
Resumen de las Guerras Púnicas
Primera Guerra Púnica.
Enfrentamiento entre romanos y cartagineses por el dominio de Sicilia
que se decantó en favor de los primeros. Desarrollada entre 264 y 241
a.C.
Segunda Guerra Púnica. Los
cartagineses se expanden por la península ibérica hasta que llegan al
límite marcado por los romanos en el río Ebro, atacan Sagunto, aliada
romana y Roma les declara la guerra que se dividió en dos frentes. Por
un lado la guerra en la península ibérica y por otro la heroica marcha
del general cartaginés Aníbal a través de los Pirineos y los Alpes hasta
llegar a las puertas de Roma. Por su parte el general romano Escipión
venció a los cartagineses en Hispania y se dirigió hacia la capital
Cartago. Finalmente la victoria cayó del lado romano. Desarrollada entre
218 y 201 a.C.
Tercera Guerra Púnica. Ataque de
Roma a la capital cartaginesa. Derrota definitiva de Cartago, Roma se
convierte en la principal potencia del Mediterráneo. Desarrollado entre
149 y 146 a.C.
La última de las tres guerras púnicas fue de menor duración que sus predecesoras (149–146 a.C.). Estuvo enfocada principalmente en el territorio de lo que hoy conocemos por Túnez y el escenario fundamental fue el cerco o sitio a Cartago por parte de Roma.
Como resultado de esta guerra, Cartago fue completamente destruida y sus territorios anexionados por Roma, con lo que su independencia llegaba a su fin. De igual forma, su población sobreviviente fue sometida a régimen de esclavitud.
Antecedentes de la Tercera Guerra Púnica
En los años comprendidos entre la Segunda y la Tercera Guerra Púnica, Roma estuvo enfrascada en la conquista del imperio helenístico hacia el este y sin misericordia reprimió a los pueblos hispánicos en el oeste, a pesar de que estos habían sido esenciales para el triunfo romano en la Segunda Guerra Púnica.
Cartago, despojado de aliados y territorios tras su derrota en los conflictos anteriores, sufrió durante 50 años el pago de una extensiva indemnización a Roma, contemplada en el tratado de paz de la Segunda Guerra Púnica.
En el Senado romano, centraba habitualmente acalorados debates debido a que algunos oradores como Cato el Mayor eran partidarios de destruirla completamente y otros abogaban por vías diferentes de coexistencia que no contemplaran su destrucción.
De igual forma, el tratado de paz establecía que todas las disputas fronterizas que envolviesen a Cartago serían intermediadas y resueltas por el Senado romano, entidad que además aprobaría si Cartago podía ir a la guerra o no. Como consecuencia de esto, en los 50 años entre la Segunda y la Tercera Guerra Púnica, todas las disputas entre Numidia, un aliado de Roma, y Cartago fueron resueltas en Roma, mayormente en favor de la primera.
Puerto de Cartago
Pero la situación cambió gracias a la eficiencia comercial y económica de Cartago. Para el año 151 a.C. ya su deuda con Roma estaba saldada y esto fue interpretado por los cartagineses que los términos del tratado de paz llegaban a su fin. Sin embargo, para los romanos el tratado era una declaración permanente de subordinación de Cartago hacia Roma.
Además, la culminación del pago de la indemnización favorecía intereses hegemónicos y expansivos, pues Roma podía lanzarse a la conquista de Cartago sin necesidad de interrumpir entradas considerables y continuas de dinero. Otra arista que explica el interés que se impuso en Roma por conquistar Cartago es de índole económica.
Para mediados del segundo siglo a.C. la población de la ciudad romana rondaba los 400.000 habitantes e iba en ascenso, lo cual significaba un aumento de la necesidad de alimentos y mercancías. En ese sentido, las tierras que rodeaban Cartago eran las más productivas, accesibles y quizás las de mayor rendimiento agrario, entre todas las que hasta ese momento estaban bajo el control romano.
Transcurso de la Tercera Guerra Púnica
En el año 151 a.C. Numidia emprendió otra disputa fronteriza contra Cartago y sitió el pueblo cartaginés de Oroscopa. En respuesta Cartago lanzó una gran expedición militar de 25.000 soldados pero ello no evitó que sufriese una derrota militar y le fuese impuesta otra indemnización durante 50 años.
De manera inmediata, Roma mostró su desaprobación a la decisión de Cartago de emprender la guerra con uno de sus aliados sin su consentimiento y le impuso la condición para evitar una tercera guerra entre ellos de “satisfacer al pueblo romano”.
Dos años después Roma declaró la guerra contra Cartago. Para tratar de apaciguarla, los cartagineses hicieron varias gestiones y obtuvieron la promesa de que si 300 muchachos de la clase alta eran enviados como rehenes a Roma, podrían mantener los derechos sobre su tierra y su propio gobierno.
Tras esto, la ciudad de Útica, un aliado púnico, declaró su desafecto hacia Roma y esta congregó allí un ejército de 80.000 hombres. Entonces los cónsules demandaron a Cartago que depusiera todas sus armas y luego de esto le ordenó que moviese sus fronteras 16 kilómetros, mientras la ciudad principal iba a ser incendiada. Cuando Cartago comprendió las intenciones romanas decidió abandonar las negociaciones. La ciudad fue sitiada, iniciándose así la Tercera Guerra Púnica.
Tercera Guerra Púnica - Batalla de Zama
Después de que la principal expedición romana se apostase en Útica, los cónsules Manius Manilius y Lucius Marcius Censorius lanzaron un ataque por dos flancos a Cartago, que fue eventualmente rechazado por el ejército de los generales cartagineses Asdrúbal el Boeotarch y Himilco Phameas. Censorius perdió más de 500 hombres cuando fue sorprendido por la caballería de Cartago mientras recolectaba madera en las cercanías del lago Tunis. Un desastre mayor cayó sobre los romanos cuando su flota fue abrasada por las bolas de fuegos lanzadas desde barcos cartagineses.
Ante los fracasos, Manilius fue reemplazado por el cónsul Calpurniues Piso en el año 149 a.C. después de una severa derrota del ejército romano en Nepheris, al sur de la ciudad principal, donde había una fortaleza cartaginesa.
En el otoño del año siguiente Piso tuvo que retirarse luego de fallar en su intento por tomar la ciudad de Aspis, cerca de Cape Bon. Esto no le hizo cesar en su empeño y cargó contra el pueblo de Hippagreta en el norte, pero su ejército fue incapaz de derrotar a los púnicos allí antes de la llegada del invierno y tuvieron que retirarse nuevamente. Cuando estas noticias llegaron a Roma, Piso fue sustituido como cónsul por Scipio Aemilianus conocido como Escipión el Africano.
Los cartagineses resistieron las embestidas romanas desde inicios del año 149 a.C. hasta la primavera del 146 a.C., cuando Escipión invadió con éxito la ciudad. Aunque el pueblo púnico peleó valientemente, fueron de manera gradual cediendo terreno ante la supremacía de la fuerza militar romana, hasta ser derrotados completamente. Final de la Tercera Guerra Púnica
Muchos cartagineses murieron producto del hambre durante la última parte del conflicto, y muchos otros en los escenarios militares durante los seis días finales de la guerra. Cuando esta terminó, los 50.000 hijos de Cartago que permanecieron con vida, una pequeña parte de la población existente antes del enfrentamiento bélico, fueron esclavizados por los vencedores.
La ciudad fue consumida por las llamas durante 17 días. Sus muros y edificaciones fueron completamente destruidos. Los territorios cartagineses que sobrevivieron a la destrucción, fueron anexados por Roma y reconstituidos como la provincia romana de África. Un siglo después, Cartago fue reconstruida como una ciudad romana por Julio César, y poco tiempo después se convirtió en una de las principales poblaciones Imperio en el continente africano.
Tras la Primera Guerra Púnica, en la que Roma y Cartago se enfrentaron por el dominio de Sicilia y luego Cerdeña, las tensiones políticas existentes entre ambas civilizaciones eran permanentes. Fue prácticamente inevitable que estallara una segunda guerra que enfrentara a las principales potencias del Mediterráneo puesto que las indemnizaciones que Cartago tuvo que pagar a Roma eran excesivas, así que el pueblo cartaginés comenzó su expansión por la península ibérica para ganar dinero. Este proceso expansivo chocó de nuevo con Roma derivando en la Segunda Guerra Púnica.
Inicio de la Segunda Guerra Púnica
Los cartagineses se expanden por la península ibérica hasta que llegan al límite marcado por los romanos en el río Ebro, atacan Sagunto, aliada romana y Roma les declara la guerra que se dividió en dos frentes. Por un lado la guerra en la península ibérica y por otro la heroica marcha del general cartaginés Aníbal a través de los Pirineos y los Alpes hasta llegar a las puertas de Roma.
Marcha de Aníbal sobre Roma
Aníbal Barca forzó el estallido e inició la marcha sobre Roma, una audaz decisión basada en la idea de que la mejor oportunidad de victoria consistía en llevar a cabo una larga campaña en tierras itálicas.
En mayo del año 218 a.C., Aníbal marchó al norte desde Cartagena con un ejército de cerca de 32.000 efectivos de infantería, 8.000 de caballería y 37 elefantes. A pesar de lo dificultoso de la ruta, en la que tuvo que cruzar los Alpes bajo el asedio de tribus hostiles, el líder cartaginés y sus tropas llegaron al norte de Italia en octubre de ese mismo año.
Segunda Guerra Púnica Ejércitos
Sin embargo, el enfrentamiento con tribus celtas y las dificultades del viaje tuvieron un elevado costo. Al suelo de Italia llegaron 20.000 soldados de infantería, 6.000 de caballería, y el número de elefantes sobrevivientes no ha sido nunca precisado.
Para Diciembre, dos meses después de su llegada y tras la derrota o retirada táctica de varias fuerzas romanas, el ejército cartaginés volvió a incrementarse en número y entonces integró a 28.000 infantes y 10.000 efectivos de caballería. Este incremento en el número de tropas viene producido por la unión de fuerzas galas y celtas al ejército de Aníbal, que dejaron de ser leales a Roma ante la debilidad que mostraban sus legiones.
Lago Trasimeno – 217 a.C.
Luego de invernar en Bolonia, Aníbal se desplazó al sur en la primavera del año 217 a.C.. En mayo logró atraer fuerzas romanas hacia una trampa. Era una mañana neblinosa y los romanos se desplazaron hacia una estrecha llanura, adyacente al lago Trasimeno, desconociendo que en las colinas que rodeaban el lago se encontraba apostado el ejército cartaginés. Cuando este último atacó, los romanos estaban desprevenidos y carentes de defensa alguna.
La emboscada en Trasimeno tiñó el lago de sangre y más de 15 mil soldados perdieron la vida, con un saldo muy favorable para el ejército de Cartago. Las mieles del éxito consolidaron la voluntad de Aníbal de continuar su marcha sobre Roma. Esperaba que sus triunfos militares animaran a muchos de los aliados romanos, a menudo descontentos, a acompañarlo.
Batalla de Cannas – 216 a.C.
En el año 216 a.C. se produjo la mayor victoria de Aníbal sobre los romanos, una de las batallas más famosas de la historia. Los ejércitos enemigos se encontraron cerca de la costa este de Italia, en Cannas, una llanura abierta que el líder de Cartago había elegido para que su caballería, que superaba en número a la de esa facción de la romana, operase con comodidad.
Batalla de Cannas
La táctica de Aníbal en esta batalla aún es un clásico de estudio de cómo concentrar al enemigo en un área, para atacarlo desde distintos puntos y hacerles perder el sentido del orden y la uniformidad. La caballería cartaginesa destrozó las legiones romanas y tan solo 10.000 legionarios lograron escapar del desastre.
Las tácticas de Fabián – 216-203 a.C.
Después de la victoria en Cannas, más aliados de Roma se unieron a la causa de Aníbal. No obstante, la mayoría se mantuvo firme en su lealtad al gobierno de los césares, lo que supuso a la larga la derrota de Cartago. Aníbal logró reunir el ejército más poderoso de la península itálica, pero sin que fuera suficiente para subyugar a Roma.
La República Romana ejecutó una estrategia devastadora, promovida por Quinto Fabio Máximo. El éxito de la política de este último le mereció el título de Cunctator (el que retrasa). Su técnica consistió en molestar continuamente al ejército de Aníbal, cortándole las líneas de suministros e impidiéndole un tránsito fácil, pero siempre evitando los enfrentamientos directos y masivos. Gradualmente, en doce años la estrategia romana fructificó. Las tropas de Aníbal fueron perdiendo su fuerza con los continuos enfrentamientos.
No obstante, actualmente sigue resultando extraordinario para los estudiosos del tema la gran cantidad de tiempo que Aníbal permaneció dentro de Italia como una fuerza extranjera, prácticamente aislada y que apenas recibió unos pocos refuerzos de Cartago durante el conflicto.
Desde su llegada a través de los Alpes en el 218 a.C., el ejército cartaginés no abandonaría el suelo romano hasta el año 203 a.C., cuando debió partir para defender Cartago, amenazada en ese momento por un ejército romano. En el año 202 a.C. Aníbal, sufrió en Zama la primera gran derrota de su vida y también la primera derrota cartaginesa en la Segunda Guerra Púnica.
El líder cartaginés nunca trató de destruir la capital del Imperio Romano aunque era un movimiento que tenía al alcance de su mano debido a que consideraba más importante tratar de lograr el apoyo de las tribus y poblaciones conquistadas en años anteriores por Roma y obligar a esta a pactar por la paz.
Segunda Guerra Púnica Mapa
Fin de la Segunda Guerra Púnica – 201-150 a.C.
El tratado que puso fin a la segunda guerra fue más devastador para Cartago que su predecesor. Debió renunciar a sus posesiones en España y a las islas que le quedaban en el Mediterráneo, además de contraer el compromiso de pagar durante 50 años una indemnización masiva y elevada.
De igual forma, Cartago accedió a subordinarse a Roma en todas las materias relacionadas con la guerra y política exterior. Políticamente, esto representaba el fin para Cartago, pero a nivel comercial, los descendientes de los fenicios demostraron que no estaban acabados y para mediados del siglo su esplendor volvió a despertar los celos y temores de Roma.
“Delenda est Carthago” (Cartago debe ser destruido), fue la frase obsesiva de Cato, un líder orador de Roma por ese entonces. La tercera guerra entre las dos partes comenzaba a asomar.
Guerras Púnicas son el nombre que reciben las tres guerras que enfrentaron Roma y Cartago y que se extendieron durante más de un siglo (264-146 a.C.). El conflicto se produjo debido al choque entre los intereses territoriales de Roma y Cartago pues la primera, quería conquistar Sicilia en manos hasta entonces de Cartago.
Los enfrentamientos de la Primera Guerra Púnica se saldaron con victoria final romana. A continuación mostramos el desarrollo de la guerra.
Estallido del conflicto
La primera guerra estalló en Sicilia, la isla estaba habitada por colonias griegas de la República Romana, en sus límites orientales, y asentamientos occidentales de Cartago. La participación directa de Roma en el conflicto se inició tras la petición de ayuda de la colonia griega de Mesina, ubicada en el promontorio siciliano más cercano a Italia. El reclamo de los habitantes de Mesina se desconoce si se debió más al temor por los cartagineses o por sus vecinos griegos de Siracusa, pero lo cierto es que el conflicto pronto escaló a un enfrentamiento directo entre Roma y Cartago.
Los romanos rápidamente rescataron Mesina del cerco de Cartago, la facilidad con la que se produjo este movimiento militar da a entender que los oficiales cartagineses aceptaron los términos romanos sin oponer mucha resistencia ni trazar una estrategia. Este hecho trajo consigo la crucificción por incompetencia del comandante de la guarnición de Cartago en Mesina.
Primera Guerra Púnica Mapa
Durante los años 262 y 261 a.C., las tropas romanas avanzaron sobre Sicilia y capturaron Agrigento tras un prolongado sitio. Pero su conquista no constituyó una ventaja convincente sobre los cartagineses, cuyo dominio marítimo les permitió recuperar regiones costeras de Sicilia e incluso saquear asentamientos costeros de Italia.
Como resultado de esto, en el 260 a.C., el Senado de la República tomó una decisión trascendental: Cartago sería desafiado en su propio terreno y Roma, hasta ese momento poderosa solamente por tierra, comenzaría a armar una flota competitiva.
La primera armada romana – 260-255 a.C.
Como parte de las escaramuzas de apertura de la Primera Guerra Púnica, los romanos lograron capturar un barco de guerra de Cartago que se había encallado. La nave era de reciente introducción en las armadas del Mediterráneo y poseía cinco bancos de remos, con capacidad para 300 remeros, lo que la hacía más grande y pesada que las conocidas hasta entonces, tiradas por tres bancos de remos.
Trirreme Romano
El tamaño de los barcos era de vital importancia en las batallas marítimas, por lo que los romanos comenzaron a construir sus buques basándose en el capturado. Por lo tanto la primera armada romana nacería integrada por potentes barcos, superiores a sus homólogos de otras marinas de la región. El Senado ordenó construir 100 como el hallado en un plazo de dos meses, muy poco tiempo, pero asombrosamente la orden fue cumplida.
Algunos remeros habilidosos, de los aliados de Roma alrededor de las costas de Italia, estaban disponibles para integrar las tripulaciones de los barcos construidos, pero aún así se precisaba de más de 30 mil hombres para echar a andar todos los navíos. Una vez seleccionados, fueron entrenados los más rápido posible en tierra, pero aún así, capacitar a tantos hombres para pelear mano a mano en el mar contra la armada más poderosa hasta ese momento, no era tarea fácil.
De ahí que los romanos basaran sus esperanzas en un dispositivo probado levemente en la guerra naval griega, aunque sin mucho éxito. Dicho dispositivo estaba diseñado para proporcionar a los soldados, entrenados en legiones, una plataforma más estable desde la que atacar.
En esencia era un puente levadizo, unido al barco, que permitía ser liberado y tendido hacia la nave contra la que se peleaba. En su parte inferior, tenía un punto de metal que perforaba y se anclaba a la cubierta de la nave rival, facilitando el abordaje de las tropas romanas. El fuerte pico de metal del dispositivo y la agudeza con que perforaba, condicionaron que fuese nombrado por las tripulaciones como “el cuervo”, un artefacto que les ayudaría a ganar batallas decisivas.
La primera victoria romana fue un duro golpe para los de Cartago, que aventajaban a sus inexpertos rivales por 30 barcos. La batalla fue en Milas, ahora Milazzo, a unas pocas millas al oeste de Mesina, en el año 260 a.C.. Los cuervos posibilitaron a los romanos destruir 50 buques cartagineses, lo que bastó para que el resto de la flota entrara en pánico.
Barcos Romanos
Con el éxito Roma ganó confianza en el mar y ordenó la construcción masiva de más barcos para conformar una armada capaz de retar a Cartago en su propio territorio. La misma estuvo lista para el año 256 a.C.. La integraban 250 navíos de cinco bancos de remos, 30 mil marines, 80 barcos de transporte con 500 unidades de caballería, además de comida y suministros para el ejército completo.
Esta fuerza fue capaz de derrotar a otra flota cartaginesa antes de desembarcar de manera segura en tierras africanas, donde también tuvo triunfos tempraneros en la Primera guerra. Sin embargo, los elefantes de Cartago y su caballería le infligieron una costosa derrota en el año 255 a.C., de la que solo dos mil hombres pudieron escapar.
Por ello, otra vasta flota de 350 naves fue enviada desde Roma a tierras enemigas. Esta obtuvo una importante victoria en el mar, pero en el viaje de retorno un vendaval la hizo añicos al estrellarse los barcos contra las rocas de la costa del sur de Sicilia. Del temporal sólo pudieron librarse y regresar a casa con severos daños 80 naves.
Sicilia, Cerdeña y Córcega – 255-238 a.C.
La pérdida masiva de vidas en la tormenta en Sicilia (cerca de cien mil remeros y soldados), redujo el entusiasmo romano por las campañas marítimas. A tono con ello, trasladaron el conflicto a la isla de Sicilia, donde desarrollaron una guerra larga de desgaste.
De forma gradual, los romanos cortaron las rutas de suministro de los pueblos cartagineses, lo que unido a la victoria naval obtenida en el año 241 a.C. en Trapani, en el extremo noroccidental de la isla, le permitió consolidar su dominio en la guerra. Como consecuencia de esto, el comandante de las tropas de Cartago fue crucificado y el gobierno derrotado accedió a negociar la paz.
Mediante el acuerdo, Cartago cedió sus territorios de Sicilia a Roma y pagó a la República una gran indemnización. De igual forma, se comprometió a que ningún barco de guerra de su propiedad ingresaría en aguas itálicas. De esta manera, ninguno de los dos poderes interferiría en los territorios del otro. Sin embargo, muy pronto quedó en evidencia que Roma no tenía intención de respetar su parte del acuerdo y que iría por más, en su camino a consolidarse como un futuro imperio.
Cuando una rebelión estalló en el 238 a.C. en Cerdeña, otra isla cartaginés, Roma envió un ejército para asistir a los rebeldes. Como resultado, la isla pasó a dominio romano en el año 227 a.C. y se convirtió tras Sicilia, en la segunda provincia de Roma. Con el fin de este conflicto y su acuerdo final, que increíblemente incluyó otra indemnización de Cartago, Córcega, nominalmente cartaginés, fue traspasada también a Roma.
Expansión Cartaginesa en España – 238-218 a.C.
Con la posesión romana de las mayores islas del occidente del Mediterráneo, Cartago apuntó sus intereses geopolíticos para compensar sus pérdidas hacia la península ibérica, específicamente el territorio que hoy ocupa España. De hecho, la ciudad de Cartagena o Nuevo Cartago, es fundada por ese entonces.
Conquista Cartaginesa de España
Esta posesión tenía dos ventajas para Cartago: un rico puerto en la costa de España, justo frente a Cartago, y una cercanía valiosa a minas ricas en oro y plata. Sin embargo, la presión cartaginesa por extenderse más al norte en España, despertó las alarmas en Roma que la vio como una amenaza para sus posesiones en el sur de Francia.
Un tratado firmado por ambas partes en el 225 a.C. establecía al río Ebro como la línea limítrofe de los intereses romanos y cartagineses en España. Era tan al norte, que ciertamente la península ibérica era reconocida como una provincia de Cartago.
El avance cartaginés en España fue vigorosamente ejecutado por una familia de talentosos generales que prácticamente devinieron en los gobernadores hereditarios del territorio. El primero de ellos fue Amílcar Barca, quien murió en batalla en el 228 a.C.. Su lugar fue ocupado por su yerno, Asdrúbal, a quien asesinaron siete años después.
Asdrúbal fue sucedido por su cuñado, un hijo de Amílcar, que tan joven como a la edad de 26 años es proclamado como comandante en Jefe del ejército de Cartago en la región. El nombre de este individuo, famoso aún en nuestros días, era Aníbal Barca. Como comandante, Aníbal consolidó la presencia cartaginesa en España hasta el año 218 a.C., cuando Roma forzó una discrepancia diplomática por su sitio a Sagunto, un pueblo bastante al sur del río Ebro.
La batalla de Stalingrado fue clave enla Segunda Guerra Mundial. La ofensiva nazi a la URSS en 1941 dio un vuelco con su derrota en febrero de 1943 gracias a la resistencia de las masas y abrió el camino para el avance del Ejército Rojo hacia Berlín.
El avance del nazi-fascismo, dentro de los márgenes del continente europeo, a fines de la década de 1930 parecía imparable. Las conquistas territoriales de Austria, Checoslovaquia y Albania daban cuenta de ello. Francia y Gran Bretaña, las dos potencias imperialistas que habían resultado ganadoras en la Primera Guerra Mundial, poco hacían para frenar el avance de Hitler y Mussolini. Todos tenían como objetivo destruir a la URSS. La estrategia estalinista de los frentes populares (aprobada por la Internacional Comunista en su VII Congreso en 1935), que había implicado el seguidismo obrero de la burguesía “democrática” adormeció al movimiento obrero y el 23 de agosto de 1939 los ministros de asuntos exteriores de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y Alemania, Viacheslav Molotov y Joachim von Ribbentrop, firmaron el Tratado de no Agresión germano-soviético.
El acuerdo entre Hitler y Stalin contenía un Protocolo Adicional Secreto a partir del cual se acordaban zonas de influencia en Europa Central y Oriental. Polonia terminó siendo repartida, mientras que Letonia, Estonia y Lituania fueron conquistadas por la URSS. El resto de los países de Europa Central y Oriental (Eslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumania) terminaron siendo aliados del régimen nazi y adherentes del Pacto Tripartito(1).
Para mediados de 1941 buena parte del continente europeo estaba en manos de Hitler y sus aliados. La URSS y Gran Bretaña eran los dos únicos países de relevancia político-militar que no habían caído como consecuencia de los ataques de la blitzkrieg(2). Pero el 22 de junio de 1941, sin ningún tipo de aviso, Alemania rompía el pacto de no agresión y atacaba a la URSS por medio de un repentino y demoledor plan de invasión denominado Operación Barbarroja.
Toda la fuerza del imperialismo alemán se desataba contra el Estado obrero burocratizado. El nazismo mostraba su matriz capitalista cuando intentaba recuperar el vasto territorio que había sido perdido por la burguesía a causa de la revolución rusa. Sin embargo, a pesar de un feroz y exitoso empuje inicial, la Wehrmacht no pudo avanzar y se estancó en Leningrado, Moscú, etc.
Stalingrado: a mitad de camino del petróleo del Cáucaso
En un principio la invasión del Cáucaso no estaba entre los planes principales del Tercer Reich. Pero dado los reveses y el estancamiento en Leningrado y Moscú el frente alemán se fue alargando hacia el sur, siguiendo el curso meridional de los ríos Volga y Don. Además, el ataque a la URSS le significaba al régimen nazi la necesidad de establecer una amplia cadena de suministros. Las distancias eran enormes y para poder abastecer a las tropas eran necesario garantizar un gran volumen de petróleo. Por dicho motivo Hitler decidió tomar los pozos petrolíferos del Cáucaso, pero en la ruta hacia Bakú se “interpuso” Stalingrado.
La operación Fall Blau fue el nombre dado a la conquista del Cáucaso, y en ella participaron los ejércitos alemán, italiano, rumano, húngaro y eslovaco. Consolidadas las posiciones alemanas en el sureste de Ucrania, el plan de Hitler era llegar rápidamente hasta el Cáucaso, pero en el medio estaba Stalingrado: entonces se decidió partir en dos las fuerzas, la mitad debía tomar Stalingrado y el resto marchar hacia el sur. Pero cuando estaba a punto de tomar la actual Volgogrado, Hitler decidió retirar al IV Ejército Panzer y enviarlo al Cáucaso dejando solo al 6 Ejército de Friedrich Paulus.
Esta decisión permitió que las fuerzas soviéticas pudieran rearmarse y así evitar que la ciudad cayera. Y sí bien en el Cáucaso los nazis tomaron algunas regiones importantes, incluso llegaron a la cima del monte Elbrus (pico más alto de la región), no pudieron alcanzar los pozos petrolíferos de Grozny y tampoco conquistar Tiflis y Bakú. Para mediados de noviembre de 1942 el ejército soviético comenzaba a atacar a las tropas alemanas en el Cáucaso obligándolas a retroceder hasta Ucrania.
La resistencia del pueblo soviético
El 23 de agosto de 1942, exactamente tres años después de la firma del Tratado de no Agresión germano-soviético, la Wermacht comenzaba el ataque a Stalingrado. La defensa que hicieron los soldados soviéticos de una de las ciudades más importantes situadas a la vera del río Volga fue verdaderamente épica. En más de una ocasión los alemanes estuvieron a punto de tomar la ciudad, pero la firme resistencia fue lo que permitió que el Estado Mayor Soviético pudiera disponer del tiempo necesario para planear y organizar una contraofensiva.
Para noviembre, a dos meses de comenzada la batalla, la distribución de fuerzas en el “Eje Stalingrado” era la siguiente: los soviéticos disponían de 894 tanques, 13.540 cañones y morteros, 1.115 aviones y 1.005.000 soldados, mientras que los alemanes disponían de 675 tanques, 10.300 cañones y morteros, 1.216 aviones y 1.110.000 soldados(3).
Pero sí bien había un equilibrio en cuanto a lo numérico, la fuerza moral de pueblo soviético era infinitamente superior. Como contrapartida las tropas italianas, húngaras, rumanas y eslovacas no estaban a la altura de las circunstancias y eran aniquiladas o se daban a la huida.
Para el historiador y economista Ernest Mandel, en su libro El Significado de la Segunda Guerra Mundial, el elemento decisivo fue la larga resistencia de los defensores de Stalingrado: “Esa resistencia a su vez se reflejó claramente en un fenómeno social: la superioridad de los soldados y de los trabajadores en la lucha urbana, de casa en casa o de combate en barricada”(4). A la blitzkrieg de la Wermacht el Ejército Rojo la contraatacó con la rattenkrieg (guerra de ratas), con la lucha casa por casa, hombre contra hombre, hasta el final.
Guerra imperialista: sangre proletaria
“El silencio que el 2 de febrero reinaba en la ciudad arruinada era sobrenatural para los que se habían acostumbrado a la destrucción como algo natural. Grossman se refirió a montículos de escombros y cráteres de bombas tan profundos que los rayos del sol invernal con sus ángulos bajos no parecían nunca llegar al fondo, y de raíles de tren, donde los vagones están boca arriba, como caballos muertos”(5).
La desgarradora huella del combate más terrible de la historia de la humanidad tardó largo tiempo en desaparecer. Cuando el Volga se desheló, cientos de ex combatientes en putrefacción se encontraron en su orilla. Durante décadas, en casi todas las obras realizadas en la ciudad, se hallaron restos humanos. El historiador británico Antony Beevor, en su libro Stalingrado, sostiene que más asombroso que el número de muertos resultó la capacidad de supervivencia humana; luego de la ocupación fascista el Comité del Partido de Stalingrado realizó un censo y se obtuvo el dato que “9.796 civiles habían vivido durante el combate en medio de las ruinas del campo de batalla. Entre estos había 994 niños, de los cuales solo 9 se reunieron con sus padres”(6).
Vasili Grossman, reportero de guerra para el periódico del Ejército Rojo Estrella Roja, en su artículo “Hoy Stalingrado” escribía lo siguiente cuando recién había finalizado la batalla:
“El sol de invierno brilla sobre las fosas masivas, sobre las lápidas improvisadas en los lugares donde los soldados murieron en el eje del ataque principal. Los muertos duermen en las alturas junto a las ruinas de las fábricas. Duermen ahora justamente donde combatieron mientras vivían”(7).
El soldado alemán Arno Beetz del 87º regimiento de artillería de la 113ª división de infantería le escribía a su novia, el 29 de diciembre de 1942, lo siguiente: “¡Qué felices podríamos haber sido si esta maldita guerra no hubiera existido! Y ahora tenemos que vagar por esta terrible Rusia, ¿para qué? Cuando pienso en ello me entran ganas de gritar de rabia y frustración…” Otro soldado alemán, Otto Zechtig, también el 29 de diciembre de 1942 detallaba la dramática situación a la que estaba sometido él y sus compañeros: “Ayer nos dieron vodka. En ese momento acabábamos de matar un perro, y el vodka nos vino de maravilla. Hetty, en total he matado ya cuatro perros, y mis compañeros no pueden ni comerlos. Una vez disparé a una urraca y la herví”(8).
Durante toda la Segunda Guerra Mundial, pero en Stalingrado en particular, el gran capital alemán en su intento por expandir sus fronteras se cobró la vida de millones de obreros y campesinos alemanes, soviéticos, yugoslavos, polacos, etc. El nazismo, a pesar de los intentos del establishment de pensamiento burgués, que ha intentado hacerlo “pasar” por un hecho único e irrepetible producto de un líder “enfermizo” y bien alejado de la racionalidad occidental, fue un fenómeno absolutamente arraigado en la lógica del capital. En un principio para barrer a la clase obrera a escala nacional y luego para recuperar el terreno perdido por “culpa” de la revolución rusa.
Lamentablemente la URSS, debido a su dirección burocratizada, no tenía como objetivo una vez derrotado el nazismo avanzar en un sentido revolucionario; los acuerdos de Teherán, Yalta y Potsdam, en donde Estados Unidos de América (EUA), Gran Bretaña y la URSS se repartieron el mundo en esferas de influencia, dan cuenta de esta situación. Pruebas de lo arriba dicho son su papel en la Guerra Civil Española, la presión sobre los comunistas yugoslavos para que entregaran el país (luego de haberlo liberado del nazi fascismo, y de sus colaboradores internos, sin la ayuda del Ejército Rojo) y el abandono de la guerrilla comunista en la Guerra Civil Griega habilitando el triunfo de la burguesía autóctona, fuertemente apoyada por Gran Bretaña y EUA.
Pero a pesar de la casta estalinista, en la URSS “la revolución social, traicionada por el partido gobernante, vive aún en las relaciones de propiedad y en la conciencia de los trabajadores”(9). Quizás esta frase de Trotsky pueda explicar la impresionante resistencia del pueblo soviético en la batalla de Stalingrado porque, también en palabras del revolucionario ruso “lo que en última instancia garantiza el triunfo de la insurrección popular no es la capacidad de las masas para matar sino su enorme disposición a morir”(10).
Camino a la perdición (de Flandes)
La Tregua de los Doce Años, bien aprovechada por los holandeses, y la perniciosa obstinación de Olivares desembocaron en la pérdida de Flandes.
'La furia española en Amberes, 4 de noviembre de 1576' (1580), anónimo del Museo aan de Stroom (Amberes).
Causas de la guerra
La guerra de los Ochenta Años o guerra de Flandes fue una guerra que enfrentó a las 17 provincias de los Países Bajos contra su soberano, quien era también rey de España. La rebelión contra el monarca comenzó en 1.568 en tiempos de Margarita de Parma, Gobernadora de los Países Bajos y finalizó en 1.648 con el reconocimiento de la independencia de las siete Provincias Unidas, hoy conocidas como Países Bajos, tras la paz de Westfalia.
Las causas del conflicto fueron múltiples y complejas entre las que se encuentran:
El Emperador de España y el Sacro Imperio Romano Carlos V nació en las Provincias Unidas, por lo que era visto como monarca de estas. Sin embargo, su hijo, Felipe II, nació y se crio en España, y solo hablaba castellano, por lo que era visto como extranjero en las tierras de su padre, que no hablaba la lengua flamenca y que no conocía las costumbres del país.
El cambio de rey, de Carlos. Mientras que Carlos V fue un rey viajero, que por los diferentes intereses visitó a lo largo de su reinado sus territorios, Felipe II fue un rey sedentario, que, tras los primeros años de su reinado, decidió instalarse en Castilla, desplazándose muy poco desde entonces, por lo que dejó de estar presente en las posesiones europeas, en especial en Flandes.
Los Países Bajos eran diecisiete provincias que no estaban unidas, ya que unas habían dependido del reino de Francia, otras del Sacro Imperio y otras eran totalmente independientes, por ello Carlos creó la figura de un gobernador general que estaba auxiliado por tres consejos, el de Estado, el Privado y el de Hacienda. Cada provincia individualmente constituía una comunidad política semi-independiente, por lo que formaban entre ellas ligas para desarrollar políticas comunes o para solucionar temas concretos. En cada provincia existían bandos enfrentados por el poder, en unas eran los diferentes grupos del patriciado local los que se enfrentaban, en otras el enfrentamiento era entre los diferentes gremios o corporaciones artesanales con más poder y en otros el conflicto era entre la nobleza rural y la burguesía urbana.
El Calvinismo fue adoptado por las Provincias Unidas, ya que encajaba perfectamente con el sistema capitalista de los holandeses. Esto no le pareció al rey, por lo que instauro los Tribunales de la Inquisición. Medida que desde luego no fue nada bien recibida. La tensión religiosa fue en aumento, el rey no cedía y los protestantes iban progresando y perdiendo el miedo a actuar públicamente. Al ver que las medidas reales no se aplicaban con total rigidez; los calvinistas se radicalizaron, frente a las medidas impuestas por el rey, y en el verano de 1.566 varias iglesia católicas fueron saqueadas y algunas de ellas destruidas e incendiadas, e incluso religiosos, frailes y monjas, y seglares fueron perseguidos y asesinados, provocando la indignación del rey.
Una hambruna provocada por un bloqueo comercial en el mar Báltico por la guerra entre Suecia y Dinamarca, que cerró tráfico marítimo, los precios de los productos manufacturados bajaron de manera tan grande que influyeron en los sueldos de los trabajadores, entrando en escena los paños ingleses que competían con los flamencos.
La Furia Iconoclasta de 1.566, que destruyó muchas imágenes sacras como protesta contra la riqueza del clero frente a un pueblo hambriento.
Las fuerzas armadas alojadas en las provincias fronterizas para la guerra con Francia fueron un foco constante entre la población y la soldadesca.
Margarita de Parma (1.559-68)
Felipe II cuando su padre Carlos V abdicó a su favor, decidió nombrar a su hermanastra Margarita gobernadora de los Países Bajos en 1.599. En un primer momento, la duquesa se enorgulleció de poder seguir los pasos de las anteriores gobernadoras, Margarita y María, a las que siempre había tenido en gran estima y realizaron un papel impecable al servicio del Emperador.
Corrían tiempos de gran agitación en aquel país, dividido a causa de la disidencia religiosa y la reivindicación política.
Flandes era para la monarquía hispánica una fuente de vitalidad económica. Esta misma pujanza comercial y financiera dio como resultado la resistencia de los flamencos ante la sangría que representaba para la economía local la progresiva subida de impuestos por parte de la Corona. El descontento aumentó cuando a la presión económica se sumó la persecución religiosa, mucho más estricta durante el reinado de Felipe II.
El monarca, considerando que la homogeneidad de credos era una baza decisiva a la hora de reforzar la autoridad real, agudizó las medidas represivas contra toda disidencia mediante la implantación de la Inquisición y la presencia de una guarnición militar española aun con el territorio pacificado.
Margarita, flamenca de nacimiento, parecía la persona idónea para lograr un entendimiento entre las facciones. Ella estaba convencida de poder controlar todos los frentes. Por una parte, las aspiraciones nacionalistas de la nobleza, que defendían los católicos condes de Egmont y Horn y el protestante príncipe Guillermo de Orange. Por otra, la rápida expansión del credo calvinista, que chocaba con la política de uniformidad religiosa propugnada desde España.
Margarita de Parma, gobernadora de los Países Bajos (1.599-68)
La relación de la gobernadora con la alta aristocracia era excelente. Mantenía una cierta amistad con los condes de Egmont y Horn, y se hacía acompañar en el gobierno de un consejo de nobles flamencos, a fin de hacer compatibles las directrices de la monarquía con los privilegios, usos y costumbres de Flandes. La nobleza flamenca actuaba, a su vez, como moderadora de la poderosa burguesía, favorable a las ideas calvinistas, cuyos principios validaban sus intereses comerciales.
Margarita se hacía acompañar en el gobierno de un consejo de nobles flamencos para compatibilizar las directrices de la monarquía con los usos y costumbres de Flandes.
Su talante abierto y tolerante favorecía el diálogo entre las partes, y posiblemente habría conseguido mantener el equilibrio en la región de no ser por la férrea vigilancia del cardenal Antoine Perrenot de Granvela. Presidente del Consejo de Estado de Flandes, firme defensor de la fe incluso por la fuerza, el cardenal Granvela era, de algún modo, la mano ejecutora de la voluntad de Felipe II.
Margarita no tardó en comprender que no iba a disfrutar en Flandes del poder omnímodo que esperaba. Por el contrario, el tándem Granvela-Felipe II parecía querer convertirla en una mera intermediaria entre los nobles flamencos, que la consideraban una de los suyos, y la Corona.
Apoyándose en la nobleza, Margarita estaba convencida de poder hacer entrar en razón a Felipe II. Sus esfuerzos resultaron inútiles. A cada petición suya, la respuesta de Madrid era el silencio más absoluto, mientras Granvela continuaba con su cruzada particular. Cierto que pareció que Felipe II cedía en algunos aspectos, como cuando a petición de la propia Margarita destituyó en 1.564 al temido cardenal. Pero se mantenía inflexible en el aspecto religioso.
El 5 de abril de 1.566, en vista de la actitud inquebrantable de Felipe II, 200 representantes de la nobleza flamenca, encabezados por Guillermo de Orange, presentaron a la gobernadora el llamado compromiso de Breda. En aquella declaración de principios se pedía la abolición del tribunal de la Inquisición y la implantación de la libertad de cultos, sin que ello debiera representar desacato alguno a la autoridad española. Margarita de Parma escribió de inmediato a Madrid recomendando moderación para llegar a un acuerdo, pero la única respuesta que obtuvo de Felipe II fue la negativa a discutir el Compromiso y la orden de implantar en Flandes la totalidad de los decretos y usos establecidos en el concilio de Trento.
Compromiso de Breda 1566. Autor Édouard de Bièfve.
En estos momentos la alta nobleza de los Países Bajos ya se había repartido el territorio por zonas; Brabante para el príncipe de Orange; Flandes, incrementado con Hainaut y Artois, para Egmont, bajo la soberanía del rey de Francia; Güeldres para el duque de Clèves; Holanda para el señor de Brederode; Frisia y Overijssel, para el duque de Sajonia; y también se habían establecido alianzas con los enemigos de Felipe II, franceses, ingleses y alemanes.
Margarita con permiso del rey reclutó tropas en Flandes y Alemania y junto a los nobles fieles al monarca tomó la ofensiva, restituyendo el orden en todo el territorio. Los principales apoyos con los que contó Margarita de Parma fueron los señores de Beavoir, de la Cressonniere, de Berghes y de Noirquermes; los condes de Berlaymont, Meghem, Arschot, Arembergh y Mansfeld.
Margarita de Parma no estaba dispuesta a contemplar impasible tal carnicería. Además, comprendió que la presencia de Alba no significaba más que su caída en desgracia ante su hermanastro. En septiembre de 1.567, la gobernadora presentó su dimisión, y Felipe II la aceptó de inmediato. Luego partió hacia sus posesiones italianas.
Noirquermes tomó las plazas de Tournay, Valenciennes y Maastricht, y juntándose a Meghem tomaron Bois-le-Duc, en Holanda, y después consiguieron hacerse con la ciudad de Ámsterdam; los católicos de Amberes se levantaron contra los rebeldes que tenían la ciudad, quienes se dirigieron a Ousterweel, siendo derrotados en esta ciudad por Berghes.
El más distinguido de los nobles que apoyaban a los rebeldes, el príncipe de Orange y su hermano Luis de Nassau, huyeron a las posesiones de su familia en Alemania, tras vender sus posesiones en los países Bajos, abandonando a sus correligionarios. La huida de los dirigentes rebeldes a Francia, Inglaterra y Alemania, determinó el carácter de los métodos de la futura resistencia a Felipe II y produjo una internacionalización del conflicto.
Las ciudades de Holanda y Zelanda, principales provincias rebeldes, fueron reconociendo la autoridad de la gobernadora Margarita de Parma, evitando así el enfrentamiento; Frisia se sometía al conde de Arembergh, y así todas las ciudades de Flandes cesaron en su rebeldía.
Batalla del Somme- Hombres del 11.º Batallón del Regimiento de Cheshire en las cercanías de Ovillers-la-Boisselle (julio de 1916).
La batalla del Somme se considera hoy sinónimo de locura militar y derramamiento inútil de sangre, aunque, en realidad, había buenas razones para intentar el masivo asalto. El equilibrio militar de la época favorecía al defensor, pero no parecía haber otro modo de romper el punto muerto.
Datos de la batalla de Somme
Quiénes: El cuarto Ejército británico, con apoyo del tercer Ejército británico y del sexto Ejército francés, atacando al segundo Ejército alemán.
Cómo: Tras una masiva preparación artillera, las fuerzas inglesas y francesas atacaron las posiciones alemanas y avanzaron de forma penosa, obligando a costosos contraataques para recuperar el terreno perdido.
Dónde: Entre los ríos Somme y Ancre, en el frente occidental en Francia.
Cuándo: Del 1 de julio al 18 de agosto de 1916.
Por qué: Con la guerra estancada y las tropas enemigas atrincheradas en suelo aliado, era necesario recuperar la ofensiva y romper las líneas alemanas. La necesidad de reducir la presión sobre Rusia y sobre los franceses en Verdún también desempeñó un papel.
Resultado: Tras sangrientos combates y bajas por ambos lados, se obtuvieron escasas ventajas. No obstante, el ejército alemán perdió a muchos de sus mejores hombres y más tarde se retiró a la línea Hindenburg.
Antecedentes
Al principio dela primera guerra mundial, los pensadores militares esperaban una guerra de maniobras, en la cual la caballería desempeñaría su tradicional función como brazo de ataque. Al principio ocurrió, de hecho, algo así, y en algunas áreas del frente oriental la guerra conservó un carácter decimonónico, incluyendo alguna refriega con sables entre brigadas de caballería opuestas.
En Occidente, en cambio, se hizo pronto evidente que el defensor tenía una enorme ventaja sobre el atacante. Las cosas habían ido en este sentido durante algún tiempo. Durante la guerra civil estadounidense y la guerra francoprusiana, la precisa potencia de fuego a larga distancia de los fusiles de infantería convirtió los asaltos de infantería o caballería en maniobras peligrosas.
Las ametralladoras inclinaron más la balanza, aunque eran pesadas e incapaces de reorganizarse con rapidez. La guerra en el frente occidental adoptó muchas de las características de un asedio, con fuerzas bien atrincheradas en ambos lados que combatían desde detrás de obstáculos con alambre de espino.
Entre las grandes ofensivas, la guerra se convirtió en una sucesión de ataques y contraataques en los que la artillería machacaba las trincheras enemigas. La infantería que defendía las posiciones avanzadas estaba sometida a unas condiciones horribles, acurrucada en sus embarrados refugios excavados y soportando el bombardeo sin poder responder.
Hallarse bajo el fuego sin poder dar respuesta es una de las experiencias más agotadoras moralmente que el hombre pueda padecer, y, como era de esperar, la moral se convirtió en un problema.
Había que hacer algo, por varios motivos. La presencia de tropas alemanas en suelo aliado significaba que no era políticamente viable permanecer a la defensiva, y esperar que el bloqueo naval acabara sometiendo a Alemania.
La fortaleza francesa de Verdún estaba entonces también bajo presión. En pocas palabras, había que atacar y derrotar al ejército alemán. Sería una empresa costosa en cuanto a material y bajas; no obstante, cuando se formuló el plan en enero de 1916, los aliados creían que podía hacerse.
Mapa de la batalla de Somme
El plan
El principal partidario del plan era el comandante francés, mariscal Joseph Joffre(1852-1931). Quería una ofensiva en la región del Somme, por las razones indicadas más arriba, y el comandante inglés, general sir Douglas Haig(1861-1928), estaba dispuesto a tomarla en consideración. Haig prefería la idea de un ataque en otro lugar, como en Flandes, donde el
terreno era mejor y había más objetivos estratégicos.
También deseaba esperar los refuerzos que el nuevo sistema de levas ofrecería, y la llegada de tropas nuevas de todo el imperio. Existía también la posibilidad de que una nueva arma secreta, con el nombre en clave de tanque, pudiera ser de alguna ayuda. Sin embargo, Joffre no podía esperar.
Haig propuso un asalto a mediados de agosto; sin embargo, Joffre mantuvo firmemente que el ejército francés no existiría entonces. Había propuesto originalmente utilizar dos ejércitos franceses en la ofensiva del Somme, pero la máquina de picar carne de Verdún redujo las posibilidades francesas, y la oferta inicial de 40 divisiones fue modificada a 16. El resto tendría que venir de los ingleses.
No obstante, el ataque parecía factible, y era vital hacer algo, así que Haig aceptó. La fecha de inicio de la ofensiva se fijó en el 1 de julio de 1916, y se asignó una fuerza que constaba de 21 divisiones para la ofensiva inicial, con tres divisiones de infantería y cinco de caballería en reserva para el seguimiento de una victoria.
Fuertes defensas
Aunque el sector del Somme había estado bastante tranquilo, los preparativos defensivos alemanes habían sido continuos. Las trincheras estaban respaldadas por puestos fortificados y refugios subterráneos en un impresionante complejo defensivo, que tenía también instalaciones médicas, cocinas, lavanderías y centrales eléctricas. Muchas de estas instalaciones estaban ocultas en bosques o pueblos, y su existencia no era evidente para el bando aliado.
Los aliados tendrían que cruzar terrenos bajos y combatir cuesta arriba hasta la primera línea de posiciones alemanas, que estaba dominada por la segunda, y así sucesivamente. Los defensores disfrutaban de excelentes perspectivas del campo de batalla, dificultando mucho los preparativos y maniobras ocultos, y tenían vastas reservas de munición y numerosas armas pesadas. Su posición elevada tenía también ventajas psicológicas, ya que las tropas aliadas avanzarían penosamente cuesta arriba contra una fuerte resistencia.
Los preparativos aliados para la ofensiva no fueron observados solo desde las posiciones enemigas. La seguridad operacional era escasa, y los comentarios de los oficiales ingleses y franceses llegaban hasta los informes de la inteligencia alemana. Cuando los aliados iniciaron su masivo bombardeo de artillería el 24 de junio, los alemanes ya sabían que se preparaba algo. Incluso habían adivinado la fecha del asalto previsto.
Aunque se dispararon 1,75 millones de proyectiles de artillería contra las posiciones alemanas en el bombardeo preparatorio de seis días, las defensas no se vieron gravemente trastornadas. El fuego de artillería debía cortar las alambradas enemigas, aunque todo lo que tendía a hacer era desplazarlas y enredarlas aún más. Los cráteres embarrados de los proyectiles dificultaban el avance y, para completar el sufrimiento, las fuertes lluvias convirtieron toda la región en un lodazal.
Aunque se habían introducido levas obligatorias en Inglaterra, la mayoría de los soldados que esperaban para saltar de las trincheras eran unidades voluntarias del nuevo ejército de Kitchener. Entre los atacantes había varios nombres notables: los futuros comandantes militares Montgomery y Wavell, así como Siegfried Sassoon y John Masefield.
Del lado alemán, las tropas, entre las que se encontraba un cabo austríaco voluntario llamado Adolfo Hitler, estaban preparadas para recibir y rechazar el asalto. Hubo bajas, y un bombardeo de seis días, incluso en las profundidades de un búnker, no es cosa de broma.
No obstante, los defensores sabían que estaban bien preparados para enfrentarse al ataque que se avecinaba. Su artillería tenía registrado el campo de batalla entero por cuadrículas del mapa, y se podía pedir fuego con rapidez sobre cualquier concentración enemiga.
Los defensores veían claramente el terreno frente a sus posiciones y conocían los estrechamientos y las rutas evidentes hacia los que se canalizarían los atacantes. Sus ametralladoras estaban preparadas para barrer estas áreas cuando el enemigo pasara por ellas. Si, de alguna manera, la primera línea de trincheras fuera tomada, los defensores podrían retirarse a posiciones secundarias y continuar el combate desde ellas.
El primer día
La ofensiva se inició a las 07:30 de la mañana del 1 de julio, en buena medida como habían previsto los alemanes. A lo largo de toda la línea, las unidades atacantes se pusieron en movimiento dando tumbos, y los defensores empezaron a disparar sobre ellas.
Las fuerzas inglesas entraron en acción en largas líneas, avanzando por un terreno difícil y deteniéndose para lograr atravesar las marañas de alambradas. Los informes iniciales que recibió Haig eran bastante optimistas.
A las 08:00 de la mañana registraría que todo iba bien y que se habían invadido las primeras posiciones enemigas. Esto no era del todo exacto. La realidad es que las tropas inglesas estaban siendo abatidas por millares, muchas veces a poca distancia de sus trincheras o en brechas en las alambradas que estaban quedando obstruidas con los cuerpos.
Entre tanto, las fuerzas francesas pasaban apuros. Sus soldados iban menos cargados que los ingleses y se valían de tácticas más flexibles, corriendo de una posición a otra mientras otros cubrían el avance con fuego de fusiles. Aunque sus bajas eran menores, la fuerza francesa bajo el mando del general Fayolle no tenía los efectivos necesarios para abrir un hueco en las líneas alemanas.
Combatientes ingleses en la batalla de Somme
Horrendas bajas
El primer día de la ofensiva del Somme ocasionó unas 57.470 bajas inglesas, de las cuales casi 20.000 fueron muertos. Solo fueron capturados 585 hombres, porque pocos de los soldados ingleses se acercaron lo suficiente a las líneas alemanas.
Algunas unidades, como el primer Regimiento de Terranova canadiense, habían sido prácticamente destruidas. Esta matanza resultó aún peor por la pesada formación lineal utilizada por las unidades atacantes, aunque, con tropas tan poco experimentadas, tal vez no hubiera otra alternativa.
Los ingleses habían atacado con 200 batallones en 17 divisiones de unos 100.000 hombres. De ellas, solo cinco divisiones llegaron a las posiciones enemigas. Las demás fueron detenidas en tierra de nadie. Los defensores eran simplemente demasiado fuertes. El regimiento irlandés de Tyneside, con unos 3.000 hombres, sufrió casi un 100% de bajas.
Inició su avance detrás de la línea principal de salida, respaldando el ataque inicial. A pesar de que esta formación no era una amenaza inmediata para los defensores, recibió un fuego tan fulminante mientras avanzaba que no llegó a cruzar la línea de salida.
Un total de 550 hombres fueron muertos o heridos en un batallón y 600 en otro. Las bajas podían haber sido mayores si no fuera porque muchos defensores hallaron tan repugnante la matanza que interrumpieron el fuego tan pronto como los atacantes de su sector se detuvieron, y permitieron que los supervivientes se retirasen sin ser molestados.
Contienda de desgaste
A pesar de que hasta el 20% de la fuerza atacante había sido abatida, los aliados siguieron atacando. Había que quitar presión a Rusia y a Verdun de algún modo, y no había tiempo para concentrarse para una ofensiva en otro lugar. La logística tardaba demasiado, y los aliados necesitaban actuar ahora.
Se podían llevar hombres, pero requería tiempo reunir los suministros y las reservas de munición. Los aliados tenían que triunfar en el Somme, o al menos atraer a suficientes refuerzos alemanes para reducir la presión en otros lugares.
Al principio, la matanza fue muy unilateral mientras los aliados lanzaban nuevos asaltos y estos eran machacados por las ametralladoras y la artillería, o quedaban detenidos en las alambradas. Podía parecer que los aliados se limitaban a derrochar vidas. Un regimiento alemán tuvo 180 bajas el primer día en el Somme, mientras que la fuerza inglesa perdió un número de hombres más de 25 veces superior.
Durante dos semanas hubo escasos logros. Después, el 14 de julio, una fuerza de tropas francesas e inglesas logró algunas ventajas a lo largo de los flancos del río Somme. Se sucedieron algunos avances menores, pero el coste era inmenso, y se enviaban nuevas tropas al combate periódicamente a medida que había que retirar formaciones destrozadas.
Durante todo julio y agosto la matanza continuó, aunque ahora era menos unilateral. En estos dos meses se desplegaron en el sector del Somme 42 divisiones alemanas, y la necesidad de contraatacar los avances aliados ocasionó fuertes bajas. Al final de julio, las bajas alcanzaban 200.000 para los aliados y 160.000 entre las tropas alemanas. Los aliados habían avanzado 5 km, y poco había cambiado a finales de agosto.
Nuevas ideas
Las tácticas habían evolucionado, y las tropas inglesas habían aprendido de sus homologas francesas, más experimentadas. Era hora de intentar algo nuevo. Los problemas eran las alambradas y las ametralladoras, y ahora los aliados tenían un medio para enfrentarse a ambas.
La monstruosa máquina llamada tanque o carro de combate, hizo su aparición. Había dos tipos de carros: los carros «masculinos» montaban un armamento principal de cañones de 6 libras derivados de las armas navales, mientras que los carros «femeninos» llevaban solo ametralladoras.
Ambos tipos eran lentos, propensos a las averías mecánicas, y requerían una dotación grande para su manejo. Podían cruzar trincheras, aplastar alambradas y, normalmente, hacer caso omiso del fuego de armas ligeras y ametralladoras.
Se desplegaron 36 carros de combate para un nuevo asalto, a pesar de que sus dotaciones no estaban plenamente entrenadas. Solo 18 entraron en acción porque el resto se habían averiado; sin embargo, su aparición conmocionó a los defensores hasta el pánico.
Los aliados ganaron 3.200 metros con un coste relativamente bajo, lo cual era, con mucho, el mayor éxito de la ofensiva hasta entonces. No obstante, varios carros cayeron ante el fuego de artillería. Los demás se averiaron o quedaron inmovilizados.
Los carros de combate no fueron un arma decisiva en el Somme, principalmente porque actuaron en terreno difícil y en pequeño número. Su éxito dio lugar a más experimentos, pero consiguieron pocos logros a escala estratégica. Eso cambiaría con la acción de carros en masa de Cambrai en 1917, aunque, por el momento, el carro era simplemente otro factor en una contienda desesperada.
La ofensiva toca a su fin
A medida que empeoraba el tiempo, los aliados atacaron una y otra vez, golpeando las posiciones alemanas hasta el 19 de noviembre, cuando la operación fue interrumpida. En ese momento, los aliados no habían avanzado más que 11 km a lo largo de un frente de 32 km.
A mediados de noviembre, las cifras de bajas llegaron a 419.654 para los ingleses y 194.541 para los franceses, y esto mientras continuaba la matanza de Verdún. Estas inmensas pérdidas (poco menos de 615.000) fueron sufridas sin lograr abrirse camino a través de las posiciones del Somme.
No obstante, el ejército alemán sufrió 650.000 bajas rechazando el asalto, lo que tuvo graves repercusiones. El ejército alemán de 1914 era un espléndido instrumento militar construido sobre las tradiciones militares prusianas y las victorias de Francia y Austria. Cuando empezó 1917, era una fuerza cansada y desanimada, cuyos mejores hombres habían caído en los combates del Somme.
Municiones en la batalla de Somme
Secuelas
La batalla del Somme debilitó la confianza del ejército inglés. Dio fin a la carrera militar de Joffre, aunque Haig fue ascendido a mariscal de campo al final del año. La batalla se recuerda como la peor carnicería de la historia militar británica, aunque de algún modo logró alcanzar sus objetivos.
El ejército alemán fue duramente golpeado y tal vez quedó consternado por la tenacidad de los atacantes. Cualquiera que fuese la razón, el ejército alemán se retiró a la línea Hindenburg, más fácilmente defendible, en febrero de 1917.