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sábado, 8 de febrero de 2020

Queipo de Llano: terrorismo radiofónico al servicio de Franco


Conocido por sus agresivas intervenciones radiofónicas desde Unión Radio Sevilla, el general golpista Queipo de Llano utilizó este medio para sembrar el terror e intimidar a sus enemigos durante la guerra civil española.

El general Queipo de Llano ante el micrófono de Unión Radio Sevilla

Historia

El manual del dictador

Todas las dictaduras, ya sean comunistas o fascistas, tienen muchas cosas en común. Sobre todo la forma en la que estos regímenes autoritarios mantienen y afianzan su poder.

Los dictadores han tenido un gran impacto en la historia del siglo XX; tal fue su número que acabaron aprendiendo los unos de los otros para aplicar los principios básicos que aseguran el éxito de estos regímenes autoritarios.

Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Castro o el general Franco en España, eran diferentes entre sí, pero usaban las mismas tácticas: propaganda, control de las élites, creación de un enemigo común, culto a la personalidad, policía secreta o la cultura del miedo, son algunos de los principios básicos de toda dictadura.

En el caso de España, el dictador Francisco Franco recurrió durante los primeros meses del conflicto a un general curtido en Marruecos, Queipo de Llano, para que desde la emisora de Unión Radio Sevilla diera rienda suelta a dos de los preceptos mencionados anteriormente: la difusión de la cultura del miedo a través de la propaganda. Las alocuciones del general Queipo de Llano, constituyen todo un ejercicio de terrorismo radiofónico que dista mucho de los principios de un régimen “justo, católico y humano” como Franco definía al nuevo estado totalitario.

El general de la radio

Hitler saluda a Queipo de Llano durante la visita del general a Berlín.

Gonzalo Queipo de Llano era en 1936 inspector general de carabineros, y fue un militar que en un principio no levantó las sospechas del gobierno del Frente Popular.

De hecho el general Mola y Queipo de Llano dieron el golpe de Estado con la tricolor en la mano y al grito de viva la República. La facción rebelde aglutinaba numerosos grupos con distintas tendencias ideológicas y con diversos planes para lo que sería España tras el golpe y de hecho, muchos de ellos se levantaron contra el gobierno formado por comunistas, anarquistas y socialistas del Frente Popular, y no contra la República en sí.

Los organizadores del Golpe de Estado, originalmente liderado por el general Sanjurjo y el “director” Mola, asignaron a Queipo un puesto clave, Sevilla: la emisora de radio más grande bajo control de los rebeldes.

Uno de los locutores más emblemáticos de Radio Nacional de España, Fernando Fernández de Córdoba, recreó pocos años después la entrada del general Queipo de Llano en la capital andaluza en una emisión infantil titulada “Vidas ilustres”:
“En media hora ganó Sevilla para España. Media hora de valor heroico, de sabiduría prodigiosa, de sangre fría de pasmo, de sentirse español, de despreciar la vida y vencer a la muerte.”
“Luego, se sentó ante el micrófono de la radio, y sin darse un punto de descanso, comenzó a conquistar pueblos y más pueblos con su voz simpática que ganaba corazones a millares e impulsaba a todos a tomar las armas y a lanzarse a la calle por España con su espíritu y su valor de general español."
Aquellos primeros días de la contienda dejaron para la posteridad discursos históricos, como el famoso “¡No pasarán!” pronunciado por Dolores Ibárruri, apodada “La pasionaria”, desde Madrid. Pero fue Queipo de Llano el que tuvo más éxito con el uso de la radio como arma propagandística y de guerra.

En otras ocasiones, empleó las ondas como instrumento de culto a la personalidad, pero no en favor del caudillo, con el que no se llevaba demasiado bien, sino para ensalzar su propia figura con motivo de la celebración de su santo:
“En la vida de un hombre, no puede encontrase una ocasión, como esta en que yo me encuentro en este día, viendo a muchos miles de niños en la plaza de toros de Sevilla, para festejar el día de mi santo. Pude ver la alegría en la cara de esos niños, en los que perdurará seguramente esta fecha, y su alegría se manifestaba no solamente dando vítores a mí, a quién suponían el autor de aquella diversión que se les proporcionaba, sino también al generalísimo, a quien esta España grande y libre debe todas las ideas que tienden a la mejora social y al establecimiento de la justicia en todos los órdenes”.
Queipo de Llano dirigiéndose a los legionarios en Sevilla.

Apenas se conservan algunos fragmentos con la voz del general y no nos permite apreciar en toda su dimensión lo que fueron aquellas charlas, que infundían a la vez entusiasmo y pavor, según quien fuera el oyente.

Comenzaba la jornada anunciando medidas, denunciaba fracasos enemigos y hundía su moral mientras levantaba la de las fuerzas a sus órdenes y enardecía a sus seguidores en las dos zonas de España:
“¡Soldados rojos! ¡Dejad las armas! ¡El caudillo perdona y redime! ¡Seguid el ejemplo de vuestros camaradas pasados a nuestras líneas! ¡Sólo así lograréis la victoria, alegría en el hogar y paz en el alma!”

Estas charlas se oían por todo el país, y durante esos quince a veinte minutos diarios, Unión Radio Sevilla acaparaba toda la audiencia española.

El discurso de Queipo de Llano no era nada retórico. Sus armas de guerra psicológica, que tanta fama le dieron, eran el placer de la represalia, la publicidad en el terror, la desproporción entre los supuestos delitos y el castigo que llegaría y el desprecio al enemigo, con abundantes dosis de humor negro y un lenguaje vulgar.

Por su parte, la prensa adicta al régimen de Franco, veía la situación desde otra perspectiva, naturalmente.
“El general don Gonzalo Queipo de Llano, durante mucho tiempo fue el que mejor supo dar espirituales alientos a nuestros hermanos que estaban en las ciudades dominadas por los rojos. ¿Quién no se acuerda de aquella su voz que daba a todos las ‘buenas noches señores’ y a quien parecían esperar la luna, las estrellas y todos los españoles?”
Más allá de esta idílica recreación de Fernández de Córdoba, lo cierto es que el aliento a los perseguidos en la España republicana, se combinaba en las charlas de Queipo con la calumnia y la amenaza.

Cultura del terror

Visita del presidente de la República, Niceto Alclá Zamora, a la ciudad de San Sebatián. En la imagen, Queipo de Llano aparece el segundo por la izquierda.

Fotografía de Fondo Marín-Kutxa Desde el micrófono de Unión Radio Sevilla, Queipo de Llano incitaba a “matar a los rojos como a perros” y explotaba el temor que despertaban los legionarios y regulares marroquíes, en especial entre las mujeres. Más de una vez habló de manera abierta o velada de las violaciones perpetradas por el ejército de África:
“Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y de paso también a sus mujeres. Esto está totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas practican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres y no milicianos maricones. No se van a librar, por mucho que berreen y pataleen”.
Ante estas amenazas, la población huía despavorida cuando escuchaba que el ejército de África avanzaba hacia sus pueblos ante el terror que inspiraban estos “liberadores”.

Varias veces fueron las ocasiones en las que el “general de la radio” se jactó de haber ganado batallas desde el micrófono gracias a su particular estilo.

La voz de Queipo de Llano era muy característica y podía dar la impresión al oyente de que el locutor tenia ciertas inclinaciones etílicas, que él desmentía.

Seguramente, fue el personaje rebelde al que más denigró la propaganda republicana. Lo apodaban el borracho de Sevilla, y así le representaban en poemas como el que le dedicó Rafael Alberti en 1936:
“[...] Señores, aquí un salvador de España. Viva el vino. Viva el vómito. Esta noche tomo Málaga. El lunes, tomé Jerez, martes Montilla y Cazalla, miércoles Chinchón. Y el jueves borracho. Por la mañana todas las caballerizas de Madrid, todas las cuadras, mullendo los cagajones me darán su blanda cama [...]”.
Del estrellato al ostracismo

El general Queipo de Llano en Utrera.

El 31 de enero de 1938 Franco formó su primer gobierno en Burgos, la capital de los sublevados. Al día siguiente, Queipo de Llano suspendió sus charlas bajo la indicación de Ramón Serrano Suñer, cuñado del caudillo y por aquel entonces un personaje muy popular y próximo al generalísimo, quien pensaba que aquellas intervenciones tan agresivas y pintorescas no favorecían a los intereses del bando nacional.

Fueron casi 600 charlas en 8 meses, pero el apodado “virrey de Andalucía”, un personaje incómodo, no se adaptaría fácilmente al nuevo régimen.

Queipo de Llano interpretó la concesión de la Cruz Laureada Colectiva de San Fernando -la más alta condecoración militar del Reino de España- a la ciudad de Valladolid como una afrenta personal de Franco, a quien el “general de la radio” consideraba deudor de los esfuerzos que se hicieron desde la capital andaluza para tomar Madrid.

De héroe a villano, el general fue enviado a Italia de Mussolini bajo la supervisión de la policía al frente de una misión militar ficticia, «al servicio de otros ministerios» como una forma de librarse de su incómoda presencia.

En los años sucesivos del franquismo, el general Queipo de Llano fue prácticamente borrado de la memoria heroica del Régimen hasta el día de su muerte el día 9 de marzo de 1951 en su propiedad del término de Camas, denominada Cortijo Gambogaz.


Fuente del texto: nationalgeographic 

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jueves, 23 de enero de 2020

Santiago Carrillo 1915-2012



El último icono rojo

«Si volviera a nacer, no cambiaría ni una coma de lo que he hecho. Procuraría ser más hábil en algunos momentos, más abierto con algunas posiciones a las que tuve que enfrentarme, pero, en lo esencial, no tengo ningún problema de conciencia. Estoy satisfecho con mi vida», dijo de sí mismo el día que cumplió 96 años (2011). Y esa vida de la que hablaba escondía infinitos matices; cientos de leyendas para la loa 0 la crítica. Santiago Carrillo (1915-2012) ha sido una de las figuras políticas más longevas de España. También una de las más determinantes para su devenir democrático. Activo y analítico hasta el final, el que fuera secretario general del Partido Comunista Español (PCE) de 1960 a 1982, deja tras de sí páginas y páginas para la Historia.

Nació en Gijón en enero de 1915, hijo de un sindicalista, y supo muy pronto que formaba parte de la clase obrera. «La primera vez que tuve conciencia fue con seis años, cuando mi padre me llevó a una manifestación y vi cómo la Guardia Civil le detenía. Entonces ya supe que estaba en la parte de los que tienen que luchar contra el sistema», contaba a ELMUNDO.es. Luego se mudó a Madrid, donde, desde 1928, militó en las Juventudes Socialistas y fue secretario general de la organización unificada con las comunistas (JSU). En julio de 1936 se afilió al PCE y defendió la República en el Frente de Madrid.
De arriba a abajo: Carrillo, en mayo de 2011; en el Congreso de los Diputados, EN 1977, junto A los entonces también responsables del partido Dolores Ibárruri, 'Pasionaria', e Ignacio Gallego; y junto al ex presidente del Gobierno Adolfo Suárez en 1995. | J.C. Hidalgo, Efe
Fue entonces cuando se produjo el episodio más negro de su carrera, ése que siempre le perseguiría. Como delegado de Orden Público y miembro de la Junta de Defensa de Madrid, tuvo la responsabilidad última sobre la matanza de Paracuellos —un gran número de militares y civiles presos fueron asesinados cuando eran trasladados a Valencia—. Él nunca se cansó de defender su inocencia, pero su argumento fue muchas veces rebatido: «Hubo una guerra, me tocó quedarme en Madrid cuando todos se marchaban. Se fue el Gobierno, pero dejaba en la cárcel a dos mil y pico militares sublevados (...) Hubo que trasladarlos sin que tuviéramos fuerzas de seguridad para protegerlos de las iras de la gente. Y en el camino, alguien atacó al convoy. Mi única responsabilidad fue no ser capaz de controlar las iras de personas que estaban viendo morir a sus hijos y sus esposas en una guerra».
Y su bando perdió la guerra y, en febrero de 1939, Carrillo cruzó la frontera rumbo a un exilio de cuatro décadas. A Francia le seguirían la URSS, EEUU, Argentina, México, Argelia y, de nuevo, París. La mitad de su vida se le fue esperando volver.

'Delfín' de Dolores Ibárruri 'La Pasionaria', Carrillo fue elegido secretario general del PCE en el VI Congreso del partido (1960). Empezó entonces otra etapa política, la que llevaba a la Transición y la que le enfrentó con sectores de la izquierda que consideraron que su defensa de la 'reconciliación nacional' y el pacto de todas las fuerzas 'antifranquistas' dejaba ideales por el camino. Tras la muerte de Franco, Carrillo supo que tenía que volver a España y, en febrero de 1976, entró en el país como un fugitivo con la mítica peluca suavizando el icono. Fue el año de la clandestinidad, el que él recordaba con más cariño. En diciembre de ese año compareció en una rueda de prensa en Madrid y en febrero de 1977 promovió una cumbre eurocomunista. Fue detenido, pero el respaldo internacional le dejó en libertad bajo fianza y le transformó en 'ciudadano legal'. El 9 de abril de 1977, consiguió su objetivo: el PCE fue al fin legalizado.
Arrancó así su carrera en el Congreso. Fue elegido diputado en los primeros comicios democráticos, junio de 1977, y reelegido para la legislatura de 1979, cuando se encontró con el Golpe de Estado de Tejero Carrillo, el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y el vicepresidente Gutiérrez Mellado fueron los únicos que permanecieron en su escaño, desobedeciendo las órdenes militares. Los tres perderían después las elecciones—.
Tras una grave crisis interna, acentuada por la derrota en las generales de 1982, Carrillo presentó su dimisión como secretario general del PCE y en 1985 se separó definitivamente del partido y creó un nuevo grupo político: Partido de los Trabajadores-Unidad Comunista, con el que acudió a las elecciones del 86. No obtuvo escaño. En 1991 firmó el ingreso de esa formación en el PSOE, pero él quedó fuera, dando por terminada su actividad política. Desde entonces, cultivó la dialéctica en libros, conferencias y medios. Nunca se jubiló de la militancia: «Esto tiene que cambiar; los que ganan, ganan siempre y las víctimas, lo son siempre», seguía diciendo con 96 años.











Fuente del texto: elmundo.es/especiales 

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Matanzas de Paracuellos

Las siete fosas de los fusilados en Paracuellos que narran la matanza


Mapa del traslado desde las cáceles de Madrid y de las fosas del cementerio. La Aventura de la Historia / El Mundo
  • El cementerio de los Mártires de Paracuellos se erigió sobre las fosas originales y refleja la sangrienta operación de ejecuciones arbitrarias en masa durante la Guerra Civil

  • Entre el 7 de noviembre y el 3 de diciembre de 1936, unos 2.500 presos en Madrid, sospechosos de ser simpatizantes de los militares rebeldes, fueron asesinados
La antigua carretera de Madrid a Belvis ya no existe. Pero un tramo maldito de la historia de España, unos 500 metros desde el pinar hasta el cruce con arroyo de San José y el cerro de San Miguel, que remacha ahora la ladera con una gran cruz blanca en la tierra, se preserva casi intacto.

Evoca el horror que vivieron los que iban a ser "evacuados" a Valencia, como les dijeron sus asesinos, cuando les sacaron de las cárceles de Madrid con el pretexto de un traslado. Por ella transitaron, y se detuvieron, los camiones y autobuses repletos de los que fueron apresados en Madrid por las fuerzas de la República desde el golpe del 18 de julio de 1936.

Eran sospechosos de ser simpatizantes, "quintacolumnistas" de los militares rebeldes. Su destino eran los fusiles y las fosas. Todo ocurrió entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre, con algunas interrupciones, pero con un calculado programa de ejecución en masa que se cobró unas 2.500 víctimas.

Lo que queda de la carretera es apenas una franja de tierra que retrotrae a la que fue la mayor tragedia de la Historia de España: la Guerra Civil, que se cebó de muertes y asesinatos indiscriminados en ambos bandos. En Paracuellos nunca se exhumaron los cadáveres.

Así, entre los muros y vallas que delimitan lo que constituye ahora el 'Camposanto de los Mártires de Paracuellos', ha quedado encerrado, como una cápsula del tiempo, una de las más cruentas matanzas: lo que no era un cementerio sino una carretera, lo que eran pinares y no los rectángulos que ahora delimitan los lugares donde se apilaron los cuerpos.

  

Primero, en la depresión del terreno del arroyo que cruzaba la carretera, y cuando no pudo albergar más cadáveres, en las sucesivas zanjas abiertas por los mismos vecinos de la localidad de Paracuellos del Jarama, obligados a cavarlas por los miembros de la Dirección General de Seguridad de la Junta de Defensa de Madrid .

Las primeras zanjas

Paracuellos no es un cementerio corriente, se erigió una capilla y hay cruces y lápidas, incluso nombres y fechas como es normal en un camposanto. Pero son simbólicas, las lápidas y nombres que allí pusieron los familiares están guiadas por el lugar y la fecha, que corresponde según las listas y cronología de los asesinatos que se pudo reconstruir al final de la guerra. En el orden correcto, el lugar cuenta su propia y terrible historia.

La primera fosa está al final de la avenida que se inicia en la actual entrada principal, termina en el borde de la carretera con el arroyo de San José y corresponde a los asesinados la mañana del 7 de noviembre de 1936, la Fosa 1. Allí fueron fusilados los primeros evacuados durante la madrugada de las cárceles de San Antón y Porlier, unos 89 presos, la mayoría militares.


Originalmente, debían haber sido los presos de la cárcel Modelo, la más numerosa y la que estaba más cerca del avance de las tropas nacionales en Madrid, en el actual Ministerio del Ejército del Aire en Moncloa, pero tardaron en seleccionar de las deficientes listas de la cárcel. Se llevó a las víctimas en autobuses de línea, escoltadas por camiones y vehículos motorizados con milicianos dentro.

Se detuvieron en el grupo de pinos, que aún hoy rodean el pequeño tramo de la carretera fantasma, les hicieron bajar en grupos de 10 a 25, atados de dos en dos y caminar hasta el cerro de San Miguel, en el borde del arroyo de San José, donde les dispararon grupos de milicianos. La siguiente saca sería esa misma tarde, esta vez sí, de la cárcel Modelo.

El historiador Julius Ruiz señala en su obra El Terror Rojo cómo la maquinaria de ejecución, aunque planificada, carecía de una logística precisa: cuando llegaron los presos de la mucho más numerosa cárcel Modelo aún no había dado tiempo a enterrar a los anteriormente fusilados: una aterradora escena que vivieron los nuevos "evacuados" antes de ser ejecutados.

Los vecinos de Paracuellos se habían marchado sin que hubieran podido terminar de enterrar a los de la mañana. Una vez fusilados se abrió una segunda zanja unos metros más adelante, más cerca del grupo de pinos de la carretera, en el lado izquierdo, para evitar que al llegar sucesivamente contemplaran el macabro espectáculo de los asesinados la mañana anterior. Es la fosa número 2.

La maquinaria de ejecución, aunque planificada, carecía de una logística precisa: cuando llegaron los presos de la cárcel Modelo aún no había dado tiempo a enterrar a los anteriormente fusilados

Demasiados cadáveres

Casi enfrente está la Fosa 7, a la derecha de la carretera. Es la última en numeración porque los que están allí enterrados no fueron fusilados en Paracuellos y son los únicos cadáveres que se exhumaron tras la Guerra Civil. Pertenecen, sin embargo, a la siguiente saca, la del día 8 de las cárceles Modelo y Porlier.

Como el macabro escenario de arroyo de San José seguía sin resolverse pese a que todo el pueblo estaba cavando zanjas y enterrando los cuerpos del día 7, las autoridades de la DGS decidieron desviar a los "evacuados" a otro lugar, dada la imposibilidad en ese momento de tapar los restos. Se escogió otro lugar, cerca del Soto de la Aldovea en Torrejón de Ardoz, de fácil acceso desde Madrid, donde se conocía una acequia en desuso de más de 150 metros de longitud que pareció ideal para solucionar el problema.

Unos 400 presos fueron fusilados allí el día 8. Paradójicamente, fueron las autoridades franquistas las que reunieron al finalizar la guerra lo que los responsables de seguridad de la Junta de Defensa de Madrid no consiguieron. Sus restos fueron exhumados en diciembre de 1939, de los que sólo se pudo identificar a unos pocos, y trasladarlos al lugar donde yacían el resto de las víctimas de la operación de Paracuellos.

Cárcel Modelo.

Se consideró temporal, el plan, ya en 1943, era el de trasladar a todos los "Mártires de Paracuellos" como se bautizó a los allí asesinados, al Valle de los Caídos cuando éste estuviera terminado. Sin embargo, en junio de 1939 se había constituido ya la Asociación de los Mártires de Paracuellos y Torrejón de Ardoz y los familiares se opusieron siempre a un eventual traslado. La asociación sigue siendo aún hoy la que preserva el camposanto que mantiene cerrado sin un permiso previo para visitarlo.

Al lado de la número 7, también pegada a la carretera, está la tercera fosa que se usó en Paracuellos. Los vecinos habían estado enterrando cuerpos todo el día 8 y habían abierto otras cuatro zanjas más. Corresponde a otra saca de la cárcel de Porlier del día siguiente.

El Ángel Rojo

Un poco más lejos de la infausta carretera están las números 4, 5, y 6, al otro lado del arroyo seco de San José y cerca de la entrada al cementerio. Alejadas en el espacio y el tiempo. Las sacas y los asesinatos se interrumpieron entre el día 9 y el 27. Aunque los miembros de la Consejería de Orden Público actuaban en el mayor secreto posible, "cubriendo la responsabilidad", la realidad es que las matanzas no pasaron desapercibidas.

El cónsul de Noruega Félix Schlayer supo de las evacuaciones de presos inexistentes a Valencia y exigió aclaraciones a las autoridades de Madrid, políticos republicanos como José Giral y Manuel de Irujo exigieron respuestas también alarmados ante la situación. Hubo además un cierto eco internacional.

El anarquista Melchor Rodríguez, en 1938.

El más determinado a acabar con las matanzas fue, sin embargo, el anarquista Melchor Rodríguez, que sería tildado más tarde como el Ángel Rojo por la prensa franquista. Melchor intervino ante el ministro de Justicia para hacerse cargo de las prisiones y fue nombrado delegado especial de la Dirección General de Prisiones. Bajo su protección las sacas cesaron, pero no por mucho tiempo.

El anarquista fue nuevamente destituido el día 12 por considerar que había sido nombrado sin el beneplácito del Gobierno y la Dirección General de Seguridad, dependiente del Consejo de Orden Público que dirigía Santiago Carrillo se hizo de nuevo con la situación, reanudando los fusilamientos. La cárcel Modelo había sido cerrada y sus presos trasladados a San Antón, Porlier y Ventas. De ellas salieron las víctimas del 27 al 30 de noviembre que fueron fusiladas y enterradas en las fosas 4 y 5. La última se realizó el día 3 desde Porlier. Fosa 6.
  • La matanza de Paracuellos, que acabó con la vida de unos 2.500 víctimas fue quizás el operativo más sistemático de ejecución en masa durante la Guerra Civil. La tragedia, por desgracia, no se limitó a al mapa del terror que dibuja la carretera de Belvis. 

  • Se sumaron otras tantas como la de Badajoz , perpetrada por las tropas nacionales en la que fueron fusilados unos 2.000 milicianos en la plaza de toros, o las otras sacas que se produjeron antes de Paracuellos en las cárceles de Madrid con destino a Aravaca y Alcalá de Henares. El capítulo más bochornoso de la historia de España aún se cerraría con la terrible represión por parte de los vencedores franquistas en los años inmediatos de posguerra.
Fuente del texto: elmundo 

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jueves, 14 de noviembre de 2019

Isabel de Farnesio


Isabel de Farnesio, reina de España, segunda esposa de Felipe V de Borbón y madre de Carlos III, fue una de las mujeres más notables del siglo XVIII. Tras la caída de los Austrias y el afianzamiento de los Borbones, a comienzos de siglo, se abrió una época conflictiva para España, de pérdidas y recuperaciones, de derrumbe y renacimiento, que estuvo signada por su influencia y su ambición. Isabel de Farnesio significó el fin del influjo predominante de Francia en el reino y su suplantación por los intereses italianos.

Acontecimientos importantes en la vida de Isabel de Farnesio

1692 Nace en Parma.

1714 Boda por poderes con Felipe V de Borbón y posterior coronación como reina de España.

1746 Muerte de Felipe V. Sucesión de Fernando VI, hijastro de Isabel, y Bárbara de Braganza. Retiro en San Ildefonso.

1759 Breve regencia de Isabel entre el deceso de Fernando VI y la asunción de Carlos III, su primogénito.

1766 Isabel de Farnesio muere en Aranjuez.

Fin de la influencia Francesa en España

El fin de la guerra de Sucesión, que afianzó en el trono español a los Borbones, y el fallecimiento de la reina María Luisa Gabriela de Saboya cerraron el primer período del reinado de Felipe V. Hasta entonces el monarca español había sido poco más que un virrey de su abuelo, el absolutista Luis XIV, quien, valiéndose de sus fieles colaboradores en la corte castellana, fiscalizó cada uno de sus movimientos.

En este sentido, y pese a la energía demostrada por su esposa, puede decirse que durante esa primera fase quien en verdad reinó desde la sombra fue la princesa de los Ursinos, el instrumento más fuerte del Rey Sol.

Pero, en febrero de 1714, la repentina viudez de Felipe sería el factor desencadenante que iba a alterar la situación de modo definitivo. Fue sin duda la avidez de poder de consejeros y cortesanos la que precipitó el acuerdo matrimonial que habría de poner fin a la dilatada influencia francesa, barriendo con las pretensiones de casi todos aquellos que veían en la unión un nuevo medio de afirmarse.

La ceguera de la princesa de los Ursinos y la visión del conde Alberoni jugaron los papeles decisivos de esta historia cuya principal protagonista fue Isabel de Farnesio, la segunda reina borbónica de España y una de las mujeres más notables del siglo XVIII.

Felipe V de España

La segunda reina, Isabel de Farnesio

Originaria de Orvieto, la familia Farnese dio a Europa gobernadores, capitanes, un papa y varios duques de Parma. Nacida en esa ciudad en 1692, Isabel era hija del duque Eduardo III y de Dorotea Sofía, duquesa de Baviera. Educada en una habitación apartada del palacio ducal bajo la constante vigilancia de una madre estricta y autoritaria, prácticamente no conoció el mundo exterior hasta su mayoría de edad.

Poseía, no obstante, cierto aire mundano. Imperiosa y altanera por naturaleza, su mejor don lo constituía el saber refrenar esa arrogancia siempre que lo deseara, revistiendo de gracia y simpatía su carácter dominante y violento.

De espíritu cultivado, su gran afición a las bellas artes no sólo la inclinó a pintar, sino que desarrolló en ella un elevado criterio estético que se manifestaba incluso en la elección de su attrezzo, el cual realzaba de forma notable un físico más bien insignificante.

Conocía la historia y la política con mayor profundidad que las mujeres de su época y hablaba con fluidez varios idiomas. Esa preparación cultural, su aplomo y su encanto fueron las armas de su seducción: el mejor medio de alimentar una ambición ilimitada.

Julio Alberoni, aliado de Isabel de Farnesio.

Cardenal Julio Alberoni

Para reinar en España sólo necesitó la mediación de Julio Alberoni, uno de los personajes más extraños de la corte de Felipe V y tan codicioso como ella. Hijo de un jardinero de Plasencia, había llegado a la península como una especie de bufón del duque de Vendóme durante la guerra de Sucesión y adquirió cierta popularidad por ser un especialista en bromas de estilo picaresco.

Era, además, un excelente cocinero. Al morir su señor, se dio maña para ser nombrado delegado del duque de Parma en Madrid. Poco después, cuando enviudó el rey, vio ante sí la oportunidad de su vida: si conseguía casar a Felipe V con la hija del duque parmesano, su futuro quedaría asegurado.

Y el tiempo se encargó de demostrar que, además de cocinero y bufón, Alberoni poseía otras aptitudes, pues fue un hábil estadista y llegó a convertirse en cardenal. Pero en aquel momento, para lograr sus fines, debía convencer a la persona con mayor ascendiente sobre el monarca, y ésta no era otra que la temible princesa de los Ursinos.

Princesa de los Ursinos

Ya septuagenaria, la princesa de los Ursinos mantenía el mismo ímpetu demostrado a lo largo de su existencia y que la había convertido en una de las figuras más extraordinarias del escenario de la época.

Enviada por Luis XIV en 1701 para controlar a los jóvenes monarcas recién casados —Felipe y María Luisa tenían entonces diecisiete y catorce años—, fue ella quien indirectamente gobernó, ejerciendo un influjo casi total sobre la pareja. Su nombre era en realidad Anne Marie de la Trémouille y había nacido en París en 1642.

Primogénita del duque de Noirmontiers, contrajo matrimonio a los diecisiete años con el príncipe de Chaláis, quien fue expulsado por el Rey Sol a causa de su participación en un duelo. Refugiados primero en Madrid y más tarde en Roma, la princesa, ya viuda, se volvió a casar a los treinta y tres años con Flavio Orsini, duque de Bracciano, convirtiendo desde ese momento al palacio de los Orsini en el centro de la influencia francesa en Italia.

Pronto enviudó de nuevo y conservó el apellido de su marido, pero cambiándose el título por el de princesa, y continuó dedicándose cada vez más intensamente a la política. Reanudó su vieja amistad con la marquesa de Maintenon, la esposa de Luis XIV, y llegó a tener tanto poder que por su influencia y sus intrigas fueron relevados de sus cargos embajadores y cardenales. Cuando llegó a la corte española castellanizó su nombre, del mismo modo que Farnese devino Farnesio.

Elección de Isabel de Farnesio como reina de España

Alberoni sabía que la princesa deseaba para el rey una muchacha noble, joven y dócil que le permitiera seguir ejerciendo sin trabas su acostumbrada influencia, y logró convencerla de que Isabel era la indicada, pues además de reunir esas condiciones, su modestia y desinterés resultaban alarmantes.

El astuto italiano, por lo tanto, pronunció las palabras exactas que la princesa quería oír. El enlace se efectuó por poderes, en Parma, el 16 de setiembre, y antes de finalizar 1714 la nueva reina ya estaba en su trono. Isabel tenía en ese momento veintidós años.

Después de haberla conocido en su palacio, en un alto en el viaje camino de Madrid, el príncipe de Mónaco, en una carta dirigida al marqués de Torcy, la describía así: «De mediana altura y cuerpo bien formado, tiene el rostro alargado con algunas señales de viruela y también pequeñas cicatrices, pero todo esto no la afea.

Sus ojos son azules y, aunque no muy grandes, son muy vivaces y expresivos. La boca, que es muy grande, deja ver unos dientes admirables, pues sonríe con frecuencia. Su voz es encantadora y su conversación muy amena.

Es amable y cordial. Le gusta mucho la música, canta y pinta bastante bien, monta a caballo y es aficionada a la caza. El español es la única lengua que no domina. Milanesa de corazón y florentina de inteligencia, posee una gran entereza de carácter».

Fin de la influencia de la Princesa de los Ursinos

Después de una nueva escala en Pau, donde la esperaba su tía, la viuda del rey Carlos II, llegó por fin a Jadraque algunas horas más tarde de lo previsto. Esta demora enfureció a la princesa de los Ursinos, quien a modo de saludo le lanzó una reprimenda y criticó con desprecio su figura.

Isabel, por toda respuesta, llamó a Alberoni y le ordenó con energía que se llevara de allí a «esa loca que ha osado insultarme»; Alberoni le obedeció y la princesa acabó siendo arrestada, pasando él a ocupar su lugar. Cuando Felipe se enteró del incidente, tomó partido por su esposa y la inteligente princesa debió partir hacia el exilio, derrotada por una muchacha «dócil» y el hijo de un jardinero, poniendo fin a su carrera.

Felipe V e Isabel de Farnesio

Inicio de la influencia de Isabel de Farnesio

Vencida ya la que habría sido su máxima amenaza, el siguiente paso de la reina fue dominar a su esposo, y no tardó en conseguirlo, aunque en este caso utilizó la seducción. Comenzó por secundar dócilmente cada acto del rey hasta ganar su admiración y su confianza, y una vez lo obtuvo no le fue difícil imponerle sus criterios.

Los anales de la corte son elocuentes al respecto: Isabel acompañaba a Felipe en sus cacerías, vestida con traje masculino, suscitando el asombro del rey ante su estilo y su puntería. Otras veces animaba a las tropas, presentándose igualmente vestida con ropajes de caballero, montada a caballo y portando dos pistolas, dando muestras de un coraje inusitado en una mujer. Con estas acciones desafiaba a la opinión pública pero lograba el entusiasmo de su esposo.

La influencia francesa iba decayendo paulatinamente, y aunque en algunos aspectos ya arraigados en las costumbres continuaba manifestándose, en otros era sustituida por la italiana, y en ello la propia reina y el conde Alberoni eran los principales inspiradores.

No obstante, cuando hicieron construir el palacio de San Ildefonso se tomó como modelo el de Versalles. Y ésta pasó a convertirse en la residencia favorita de los reyes. Pero puede decirse que España se emancipó por completo del influjo francés al morir Luis XIV, el 1 de septiembre de 1715.

El reino filial

La política de Isabel de Farnesio estuvo encauzada, desde antes incluso del nacimiento de sus siete hijos, a asegurar a éstos una futura corona. El trono español correspondería, a la acaso prematura muerte de Felipe V, a los hijos habidos de su primer matrimonio. Este fue el motivo que alimentó, de una parte, su desmedida ambición, y de otra, tal vez, la manifiesta animadversión que sentía por sus tres hijastros.

El más pequeño de ellos, Felipe Pedro, murió antes de cumplir siete años, en 1719; pero Luis y Fernando seguían siendo los legítimos herederos de su esposo. Con la ayuda, pues, primero de sus ministros italianos Giudice y Alberoni, y, una vez destituido éste, con la del todavía más ambicioso barón de Ripperdá, canalizó todas sus energías en lograr sus objetivos.

Si bien su empresa fue coronada por el éxito, puede inferirse que no contribuyó en nada al engrandecimiento de España, de lo que se descuidó notablemente su política interior. El conde Alberoni, por su parte, aunque sí cooperó en ello mediante varios proyectos de gran importancia para la península, se excedió en sus competencias, y esa extralimitación le valió, al primer fracaso —a causa de sus intrigas nació la Cuádruple Alianza entre Inglaterra, el emperador, Francia y Holanda contra España—, su inmediato destierro.

Gobierno en la sombra de Isabel de Farnesio

Isabel, entretanto, a medida que la conocida melancolía del rey iba degenerando en locura, adquiría cada vez mayor poder, hasta que fue únicamente ella quien dirigió el gobierno. Y lo hizo resuelta pero discretamente. De puertas adentro secundó a su esposo en las extravagancias más descabelladas, aun cuando hubo de cambiar sus propios hábitos.

Frente a los demás —sus súbditos incluidos cortesanos y ministros, extranjeros, sus familiares— mantuvo siempre la finta de normalidad que correspondía a dos monarcas al frente de un Estado, disimulando el desequilibrio del rey y, en lo posible, procurando aparecer neutral. Lo cierto es que cuando en enero de 1724 Felipe decidió abdicar en favor de su hijo Luis, ella no pudo disuadirlo a pesar de su dominio.

Pero aun este suceso contrario a sus designios acabaría por serle favorable y a muy corto plazo, ya que Luis I falleció ese mismo año y Felipe, a pesar de su negativa, fue prácticamente obligado por ella a ocupar de nuevo el trono, y de este modo Isabel continuó reinando, de hecho, hasta la muerte de su marido, veinte años después. Para entonces había visto ya cristalizarse la mayoría de sus sueños.

Tratados para favorecer a los hijos de Isabel de Farnesio

En 1725 se firmó el Tratado de Viena, gestionado por Ripperdá, que confirmaba la investidura de su primogénito Carlos —nacido en 1716— para los títulos de los ducados italianos de Parma y Plasencia, primer resultado positivo de su política revisionista. Y aunque Francia, Inglaterra, Holanda y Prusia, respetando el Tratado de Utrecht, firman aquel mismo año en Hannover un pacto de oposición, acabarían reconociendo, mediante el Tratado de Sevilla de 1729, el derecho de su hijo.

Dos años más tarde también el emperador acepta la política española y Carlos toma posesión de sus ducados. Pronto, la intervención en la guerra de Sucesión de Polonia le permitió a éste ocupar el trono de Nápoles (1734). Asimismo, la incursión en la contienda sucesoria austríaca (1740-1748) devolvería los ducados italianos a su dominio, en virtud del Acuerdo de Aquisgrán, por el que su segundo hijo, Felipe (1720), tomaba posesión de los mismos.

Sus otros hijos, excepto Francisco (1717), que falleció al poco de nacer, disfrutaron igualmente de otros tronos: María Ana Victoria (1718) fue reina de Portugal; María Teresa (1726), casada con el delfín Luis, lo fue de Francia; Luis Antonio (1727) fue arzobispo de Toledo y primado de España, y únicamente la menor de sus hijas, María Antonia, moriría soltera (1729-1785).

Carlos III, rey de España

Alejamiento de Isabel de Farnesio de la corte

Muerto el rey en 1746, Isabel de Farnesio fue alejada de la corte por el sucesor, su hijastro Fernando VI, y durante los siguientes doce años residió en San Ildefonso, cerca de los restos de Felipe V. Ya hecha a los hábitos de éste, continuó durmiendo de día y levantándose por la noche, y si al principio era vista en sus paseos nocturnos por los jardines del palacio, los últimos años apenas si salía de su alcoba. Todo hacía prever que su muerte estaba próxima. Sin embargo, aún sorprendería a todo el mundo una vez más.

Cuando murió Fernando VI, ella, nada más recibir la noticia y los poderes para la regencia, viajó en coche catorce leguas de mal camino para estar en un día en Madrid y ocupar el trono: la muerte del rey le había devuelto la vida.

Gobernó el país menos de cuatro meses, del 17 de agosto hasta la ansiada llegada de Carlos, el 9 de diciembre de 1759, para ser coronado como Carlos III. Isabel, que volvía a ver a su hijo tras veintiocho años de separación, esperaba desde ese momento permanecer a su lado.

Carlos III prefirió —quizá previendo la intervención de su madre en los asuntos de estado— mantenerla lejos de la corte a poco de hacerse cargo de su reino. Isabel de Farnesio residió a partir de entonces en Aranjuez, en donde habría de morir seis años después, el 11 de julio de 1766, a raíz del motín de Esquiladle.

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