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viernes, 14 de febrero de 2020

Luis de Góngora, poeta a una nariz pegado

El poeta y dramaturgo fue uno de los artistas más importantes del Siglo de Oro español 


Se conoce como Siglo de Oro a un periodo histórico en el que se vivió un florecimiento de la cultura y las artes españolas. La dinastía de los Austrias estaba en su mayor momento de esplendor, con todos sus dominios por Europa y el Nuevo Mundo, y eso provocó una estabilidad económica y política que ayudaría a que se fomentasen la literatura, el teatro, la poesía o la pintura, influenciada por las corrientes que llegaban del exterior y plasmada a través de grandes mentes de su tiempo. Entre los muchos artista que surgieron, Luis de Góngora destacó como poeta y dramaturgo.

Luis de Góngora y Argote nació en Córdoba en julio de 1561. Su padre, Francisco de Argote, había perdido gran parte de la riqueza de su familia en favor de su hermano mayor pero su amistad con el secretario de Carlos I, Francisco de Eraso, le permitió tener un buen nivel económico y una amplia y valiosa biblioteca con la que sacaba a relucir su lado más erudito. Buscando esta vida para el joven Luis, fue convertido en clérigo a la edad de 14 años y enviado a estudiar en la Universidad de Salamanca, aunque su ingenio no cuajó con ese mundo.
Sería precisamente en esta época cuando descubrirá su vocación literaria y comenzaría a escribir poesía, destacando enseguida como uno de los grandes autores de su tiempo. Su estilo satírico, ingenioso y brillante conquistó a las clases cultas del país y le llevó hasta la corte real. Con el paso del tiempo, se vería influido por las tendencias barrocas y retorcería sus versos se volverían mucho más retorcidos y complejos, haciendo su obra difícil de comprender para un público general. Este acabaría por dar lugar al llamado estilo gongorino.
De su época de mayor fama y producción literaria destaca la rivalidad que tuvo con otro gran poeta. Si las enemistades entre Lope de Vega y Cervantes o Miguel Ángel y Leonardo da Vinci dieron mucho de qué hablar en los siglos XV y XVI, estas podrían considerarse discretas si se comparan con el toma y daca que protagonizaron Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Los dos artistas no se soportaban y utilizaban su poesía para atacarse el uno al otro, siendo especialmente conocido el soneto A un hombre de gran nariz que Quevedo dedicó al cordobés por su aguileña napia.
Entre las obras más conocidas del autor encontramos su poemario Soledades o Fábula de Polifemo y Galatea. Aunque su figura quedó en un parcial olvido durante un tiempo, el homenaje que un grupo de artistas e intelectuales le dedicaron en el tricentenario de su muerte devolvió a Góngora al lugar que le correspondía dentro de la historia artística del país. Ese grupo de jóvenes que homenajearon a Góngora en un parque de Sevilla sería conocido como Generación del 27.
Vídeos de: Luis de Góngora
Créditos: muyhistoria 

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jueves, 23 de enero de 2020

Santiago Carrillo 1915-2012



El último icono rojo

«Si volviera a nacer, no cambiaría ni una coma de lo que he hecho. Procuraría ser más hábil en algunos momentos, más abierto con algunas posiciones a las que tuve que enfrentarme, pero, en lo esencial, no tengo ningún problema de conciencia. Estoy satisfecho con mi vida», dijo de sí mismo el día que cumplió 96 años (2011). Y esa vida de la que hablaba escondía infinitos matices; cientos de leyendas para la loa 0 la crítica. Santiago Carrillo (1915-2012) ha sido una de las figuras políticas más longevas de España. También una de las más determinantes para su devenir democrático. Activo y analítico hasta el final, el que fuera secretario general del Partido Comunista Español (PCE) de 1960 a 1982, deja tras de sí páginas y páginas para la Historia.

Nació en Gijón en enero de 1915, hijo de un sindicalista, y supo muy pronto que formaba parte de la clase obrera. «La primera vez que tuve conciencia fue con seis años, cuando mi padre me llevó a una manifestación y vi cómo la Guardia Civil le detenía. Entonces ya supe que estaba en la parte de los que tienen que luchar contra el sistema», contaba a ELMUNDO.es. Luego se mudó a Madrid, donde, desde 1928, militó en las Juventudes Socialistas y fue secretario general de la organización unificada con las comunistas (JSU). En julio de 1936 se afilió al PCE y defendió la República en el Frente de Madrid.
De arriba a abajo: Carrillo, en mayo de 2011; en el Congreso de los Diputados, EN 1977, junto A los entonces también responsables del partido Dolores Ibárruri, 'Pasionaria', e Ignacio Gallego; y junto al ex presidente del Gobierno Adolfo Suárez en 1995. | J.C. Hidalgo, Efe
Fue entonces cuando se produjo el episodio más negro de su carrera, ése que siempre le perseguiría. Como delegado de Orden Público y miembro de la Junta de Defensa de Madrid, tuvo la responsabilidad última sobre la matanza de Paracuellos —un gran número de militares y civiles presos fueron asesinados cuando eran trasladados a Valencia—. Él nunca se cansó de defender su inocencia, pero su argumento fue muchas veces rebatido: «Hubo una guerra, me tocó quedarme en Madrid cuando todos se marchaban. Se fue el Gobierno, pero dejaba en la cárcel a dos mil y pico militares sublevados (...) Hubo que trasladarlos sin que tuviéramos fuerzas de seguridad para protegerlos de las iras de la gente. Y en el camino, alguien atacó al convoy. Mi única responsabilidad fue no ser capaz de controlar las iras de personas que estaban viendo morir a sus hijos y sus esposas en una guerra».
Y su bando perdió la guerra y, en febrero de 1939, Carrillo cruzó la frontera rumbo a un exilio de cuatro décadas. A Francia le seguirían la URSS, EEUU, Argentina, México, Argelia y, de nuevo, París. La mitad de su vida se le fue esperando volver.

'Delfín' de Dolores Ibárruri 'La Pasionaria', Carrillo fue elegido secretario general del PCE en el VI Congreso del partido (1960). Empezó entonces otra etapa política, la que llevaba a la Transición y la que le enfrentó con sectores de la izquierda que consideraron que su defensa de la 'reconciliación nacional' y el pacto de todas las fuerzas 'antifranquistas' dejaba ideales por el camino. Tras la muerte de Franco, Carrillo supo que tenía que volver a España y, en febrero de 1976, entró en el país como un fugitivo con la mítica peluca suavizando el icono. Fue el año de la clandestinidad, el que él recordaba con más cariño. En diciembre de ese año compareció en una rueda de prensa en Madrid y en febrero de 1977 promovió una cumbre eurocomunista. Fue detenido, pero el respaldo internacional le dejó en libertad bajo fianza y le transformó en 'ciudadano legal'. El 9 de abril de 1977, consiguió su objetivo: el PCE fue al fin legalizado.
Arrancó así su carrera en el Congreso. Fue elegido diputado en los primeros comicios democráticos, junio de 1977, y reelegido para la legislatura de 1979, cuando se encontró con el Golpe de Estado de Tejero Carrillo, el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y el vicepresidente Gutiérrez Mellado fueron los únicos que permanecieron en su escaño, desobedeciendo las órdenes militares. Los tres perderían después las elecciones—.
Tras una grave crisis interna, acentuada por la derrota en las generales de 1982, Carrillo presentó su dimisión como secretario general del PCE y en 1985 se separó definitivamente del partido y creó un nuevo grupo político: Partido de los Trabajadores-Unidad Comunista, con el que acudió a las elecciones del 86. No obtuvo escaño. En 1991 firmó el ingreso de esa formación en el PSOE, pero él quedó fuera, dando por terminada su actividad política. Desde entonces, cultivó la dialéctica en libros, conferencias y medios. Nunca se jubiló de la militancia: «Esto tiene que cambiar; los que ganan, ganan siempre y las víctimas, lo son siempre», seguía diciendo con 96 años.











Fuente del texto: elmundo.es/especiales 

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viernes, 27 de diciembre de 2019

Pedro Sarmiento de Gamboa

Relieve en bronce con el busto de Pedro Sarmiento de Gamboa

Sarmiento de Gamboa, Pedro. Pontevedra, c. 1532 – Lisboa (Portugal), 17.VII.1592. Navegante, científico, cosmógrafo y escritor.

Hijo de Bartolomé Sarmiento, natural de Pontevedra, y de María Gamboa, nacida en Bilbao. De sus primeros años se sabe muy poco. Aunque no hay duda de que nació en Pontevedra, en sus declaraciones a la Inquisición dijo ser de Alcalá de Henares, posiblemente para esconder su origen.

Al parecer pasó parte de su infancia y adolescencia en la casa paterna de Pontevedra, y posiblemente por ello fue en las costas gallegas donde adquirió los primeros conocimientos del arte de navegar que más adelante le harían famoso.

Tampoco se sabe en qué universidades cursó los estudios que le dieron una esmerada educación y un amplio nivel intelectual y cultural, con grandes conocimientos, sobre todo, en Astronomía, Náutica, Matemáticas y Geografía. Es probable que haya pasado por la Universidad de Alcalá de Henares.

A la edad de dieciocho años dejó la casa paterna y se inició en la carrera de las armas, peleando en diversas campañas al lado de los Austria (1550-1555). En 1555 se embarcó rumbo al Nuevo Mundo. Llegó a Méjico donde estuvo dos años, de los que se sabe que tuvo problemas con la Inquisición por burlas y desacatos (1557), y fue sometido a un proceso, que no iba a ser el primero.

Marchó a Perú (c. 1557), que disfrutaba de un período de expansión y consolidación después de la conquista y guerras civiles. Por su amplia cultura se convirtió en una de las personalidades más relevantes de Lima, donde consiguió la Cátedra de Gramática gracias a la mediación del virrey de Perú marqués de Cañete, y realizó diversos viajes por el interior.

A Cañete le sucedió el conde de Nieva (1561), virrey dadivoso, afable, tolerante y mujeriego, siempre rodeado de un amplio séquito al que se incorporó Sarmiento de Gamboa, que al poco tiempo pasó a ser consejero del virrey en asuntos de estrategia, navegación e historia, además de asesor sentimental.

Fue una amistad que costó a Sarmiento algunos problemas, sobre todo tras el fallecimiento de Nieva (1564), que apareció muerto en Lima. 

Los rumores apuntaron que Sarmiento de Gamboa había predicho al virrey los peligros de salir por la noche, y alguien lo delató por nigromante, lo que sumado al hecho de que la iglesia de aquellos tiempos perseguía la astrología, hizo que Sarmiento se viera envuelto en otro proceso con la Inquisición.

Fue juzgado por cargos relacionados con la magia y prácticas sobrenaturales, y fue condenado a cárcel y destierro (1565). Pero la condena no se cumplió y Sarmiento de Gamboa marchó a Cuzco.

El nuevo virrey, Lope García de Castro, trajo un nuevo período de prosperidad y tranquilidad para el virreinato. Se trazaron proyectos para descubrir nuevas islas a poniente, en el Pacífico, que según las leyendas de los indígenas, estaban pobladas y eran muy ricas en oro y plata. Sarmiento mostró gran interés por tratar de descubrir aquellas tierras, así lo propuso y tuvo todo el apoyo de Castro (1567).

Se organizó una expedición al mando de Álvaro de Mendaña, sobrino del virrey, en la que Sarmiento de Gamboa tomó el mando de la nave capitana y el encargo de gobernar y dirigir la expedición. Las instrucciones dadas a la escuadra que establecían que se consultase a Sarmiento todo lo relativo a la navegación, y que cualquier derrota elegida tenía que llevar su aprobación.

Pero al poco tiempo de comenzar el viaje aparecieron los primeros problemas, ya que Mendaña y su piloto mayor Hernán Gallego ignoraron a Sarmiento, y sólo acudieron a él cuando ante algún problema grave necesitaban echar mano de sus conocimientos.

Durante la expedición fueron descubiertas diversas islas, algunas muy extensas como las Salomón. Sarmiento trató de establecer asentamientos, pero Mendaña prefirió regresar al continente aduciendo que estaba muy corto de personal. En efecto, había habido muchas muertes por enfermedades y en encuentros con los indígenas. 

Por otra parte, Mendaña continuó sin prestar atención a las recomendaciones de Sarmiento en cuanto a la derrota a seguir, lo que creó errores en la navegación de regreso. Las desavenencias entre los dos aumentaron, y al llegar a las costas del continente (1569), Mendaña hizo prisionero a Sarmiento de Gamboa. 

Al recuperar la libertad y enterarse de que el nuevo virrey era Francisco de Toledo, Sarmiento regresó a Lima (1569), puso a Toledo al corriente de lo ocurrido y le manifestó su deseo de ir a España a ver al Rey. Pero Toledo tenía otras prioridades. Trataba de consolidar el virreinato, y para conocerlo bien organizó un recorrido por todos sus territorios en el que invirtió cinco años (1570-1575).

La finalidad del viaje fue efectuar un balance de los recursos económicos y humanos; un gran trabajo en el que le acompañaron diversos asesores, entre ellos Sarmiento de Gamboa, que se dedicó sobre todo a asuntos militares e históricos. Fruto de este período fue su Historia de los Incas (1572), escrita a raíz de lo visitado, de entrevistas con ancianos indígenas de reconocida autoridad y sabiduría, y de conversaciones con españoles supervivientes de las primeras conquistas; es una de las obras mejor documentadas de cuantas se escribieron sobre los Incas y la antigua historia del Perú.

Por unas declaraciones que afectaban a la iglesia volvió a tener problemas con la Inquisición, y se vio sometido a un nuevo proceso en el que fue condenado, y más tarde liberado por las gestiones del virrey. Mientras tanto, un nuevo peligro había surgido en los mares.



El corsario inglés Francis Drake, tras haber asolado diferentes lugares de las Antillas, se había dirigido al Atlántico sur (1577), cruzó el estrecho de Magallanes (1578), pasó al Pacífico, y atacó las costas del Virreinato del Perú y las naves que navegaban por sus aguas. El virrey envió una pequeña armada en persecución de Drake, en la que iba Sarmiento de Gamboa, y que terminó por regresar sin haber encontrado al inglés.

Poco después, viendo que era necesario controlar los estrechos del sur, el virrey encargó a Sarmiento que efectuara un reconocimiento de la zona para estudiar el posible asiento de fortificaciones.

Sarmiento salió con dos barcos (octubre de 1579): Nuestra Señora de la Esperanza y San Francisco, y llevó a cabo una exploración en la que demostró sus dotes de navegante, cosmógrafo y científico.

Tras treinta días de navegación los barcos llegaron al Estrecho de Magallanes, pero sólo lo pudo pasar el Nuestra Señora de la Esperanza en que iba Sarmiento, ya que el San Francisco, mandado por Juan de Villalobos, fue devuelto al Pacífico por los fuertes temporales (enero de 1580) y tuvo que regresar a El Callao.

Sarmiento recorrió el estrecho y fue el primero que lo navegó de poniente a levante. Reconoció las costas, las situó geográficamente con unos cálculos muy exactos, señaló y dio nombres a todos los puertos, ensenadas, arrecifes y puntos notables de su recorrido, y describió la fauna y flora locales.

Una vez en el Atlántico (24 de febrero de 1580) arrumbó a España, y en el viaje tuvo que batirse con un corsario francés cerca de las islas de Cabo Verde (mayo). Desde dichas islas envió un patache para informar al virrey del Perú sobre sus descubrimientos en el estrecho de Magallanes, y para dar las últimas noticias sobre las actividades de Drake.

De regreso a España (agosto de 1580), se dirigió a Badajoz donde se encontraba el Rey (septiembre), al que informó de los acontecimientos. Le mostró de forma detallada los descubrimientos realizados, y trató de convencerlo para que poblara y fortificara el Estrecho de Magallanes con el fin de cerrar el acceso de piratas a los Mares del Sur.

La propuesta fue muy debatida, estudiada por el duque de Alba y el marqués de Santa Cruz, y al final el Consejo de Indias la aceptó, y decidió poblar y fortificar las márgenes norte y sur del estrecho en su parte más angosta. Se organizó inmediatamente la expedición, se designó a Diego Flores Valdés capitán general de la Armada del estrecho, y a Sarmiento de Gamboa gobernador y capitán general de las poblaciones que se fundaran en el estrecho, con total independencia de Valdés.

El nombramiento de Valdés no fue del agrado de Sarmiento y muy pronto salieron a la luz diferencias entre ambos jefes. Entre otros asuntos se discutió la salida, ya que se aproximaba el otoño de 1581 y Sarmiento opinaba que era mala época para iniciar la expedición por los riesgos de grandes temporales.

Pero la expedición, con una flota de veintitrés barcos y tres mil personas entre marineros y pobladores, partió de Sanlúcar hacia las costas brasileñas a finales de septiembre de 1581, y los temores de Sarmiento se hicieron realidad, ya que aun estando dentro del saco de Cádiz, se encontraron en medio de una gran tormenta que hundió cinco barcos, perecieron unos ochocientos hombres, y los dieciocho barcos restantes tuvieron que regresar puerto.

Tras reorganizarse en Cádiz, la expedición partió de nuevo (diciembre de 1581). Las relaciones entre Gamboa y Valdés empeoraron aún más. Hicieron un alto de un mes en las islas de Cabo Verde, y llegaron a Río de Janeiro (marzo de 1582) para invernar. Las tripulaciones estaban diezmadas por las enfermedades y penalidades de la travesía, lo que contribuyó a que la situación entre ambos jefes se hiciera todavía más tirante.

Tras muchas tensiones, la expedición salió de Brasil (noviembre de 1582) con dieciséis barcos, para continuar viaje hacia el sur en demanda del Estrecho de Magallanes. En un fuerte temporal se perdió un bergantín y poco después una nao, que se fue al fondo con trescientos cincuenta hombres y un importante cargamento destinado a los destacamentos que pensaban fundar.

Un nuevo temporal hizo que se perdiera otra nave cargada con víveres. Tres barcos se separaron a la altura del Plata debido a su mal estado y regresaron a Río de Janeiro. Otros tres entraron en el Río de la Plata llevando a Alonso de Sotomayor, gobernador de Chile, para que se dirigiera por tierra a su destino.

Finalmente, de toda la expedición, al estrecho de Magallanes llegaron sólo unos pocos barcos (febrero de 1583), pero por problemas con los temporales y con las dotaciones que empezaron a sublevarse, los barcos entraron en Santos (marzo) y regresaron a Río de Janeiro (mayo).

En Río se encontraron con el general Diego de Alcega que llevaba cuatro naos con víveres para la expedición, y el aviso del Rey para Sarmiento y Flores de que había que fortificar el estrecho cuanto antes ya que Francia estaba preparando corsarios para cruzarlo.

Pero Valdés se hizo a la mar (junio), aprovechó el pretexto de la presencia de corsarios franceses en Bahía de Todos los Santos para dirigirse a dicha localidad, y a continuación siguió viaje a España. Dejó en la zona al almirante Diego Ribera con cinco barcos y unos quinientos treinta hombres, entre ellos Sarmiento de Gamboa, que partieron de Río en diciembre de 1583 y llegaron al estrecho en febrero de 1584.

Tras luchar contra los elementos y en medio de fuertes temporales, los colonos fundaron un primer asentamiento que bautizaron “Purificación de Nuestra Señora”. Pero las inclemencias del tiempo y lo inhóspito del lugar obligó a Sarmiento de Gamboa a cambiar de sitio, para fundar con una solemne ceremonia otro asentamiento que llamó “Nombre de Jesús”, cerca del cabo Vírgenes. Gamboa designó autoridades para el gobierno del poblado, comenzó la construcción de la primera iglesia, y ordenó efectuar diversas siembras.

Pero el lugar no era bueno para ser cultivado, los productos de la tierra eran pobres y escasos, sólo la mar les proporcionaba algo de pesca y moluscos, y el frío y el hambre empezaron a hacer mella en aquellos colonos.

Diego Ribera dio por concluida su misión y puso rumbo a España con tres barcos, dejando en el estrecho sólo la nao María (Santa María de Castro), y los restos desmantelados en la playa de la nao Trinidad.

En tierra quedaron unas trescientas cuarenta personas, incluido Sarmiento, que con una selección de sus hombres más fuertes, decidió buscar otro lugar para fundar un nuevo asentamiento. Tras enfrentarse con los indígenas, fundó la nueva ciudad “Rey don Felipe” (marzo de 1584) a pocos kilómetros de la actual Punta Arenas.

Pero de nuevo el frío, las tormentas y la falta de alimentos crearon la discordia. Cuando el tiempo mejoró, Sarmiento de Gamboa decidió trasladarse con la María a inspeccionar “Nombre de Jesús” (mayo), pero una tormenta desvió el barco que llegó al sur de Brasil. Los muchos intentos para volver al estrecho fallaron, y Sarmiento decidió regresar a España (abril de 1585) para informar al Rey de todo lo ocurrido, pero cayó enfermo y entró en Todos los Santos (mayo) donde permaneció hasta junio de 1586.

Navegando hacia España a bordo de una carabela portuguesa, fue hecho prisionero por corsarios ingleses (agosto de 1586). Tiró al agua algunos manuscritos para que no cayeron en manos enemigas, y fue llevado a Inglaterra (septiembre), donde recibió un trato cordial del armador de los corsarios sir Walter Raleigh. Se entrevistó con la reina Isabel I de Inglaterra, que le dio un mensaje para Felipe II encaminado a iniciar las negociaciones de paz, y obtuvo un pasaporte para viajar a España.

Pasó por París, pero en el camino a España fue hecho prisionero por los hugonotes (diciembre de 1586) y encarcelado en Francia, donde permaneció tres años a la espera de que España pagara el rescate exigido. Cuando por fin llegó a España (1590), estaba obsesionado con el Estrecho de Magallanes y con la suerte corrida por la gente que allí había dejado.

Al parecer, aquellos colonos sufrieron muchas calamidades y murieron todos menos dos: el escribano Tomé Hernández, que fue recogido en el estrecho por un barco inglés (1587) y llevado a Lima, y otro, cuyo nombre no se conoce, rescatado en “Rey don Felipe” por unos ingleses (1590).

A partir de entonces Sarmiento de Gamboa permaneció en la Corte respetado por todos y dedicado a sus aficiones literarias, pero siempre con dos importantes asuntos en su mente: ayudar a la gente que había dejado en el estrecho y terminar la labor de fortificarlo.

Fue nombrado Almirante de una flota de naves armadas para proteger los barcos de la Carrera de Indias.

Zarpó de Cádiz con veintiún barcos (mayo de 1592). Cerca de Lisboa cayó enfermo, fue llevado a tierra y falleció el 17 de julio de 1592. 

Pedro Sarmiento de Gamboa, a pesar de las desgracias sufridas fue un hombre constante, trabajador y estudioso. Siempre dispuesto a contribuir al desarrollo de las ciencias, trazó cartas, mapas y derroteros, efectuó correcciones en cartas existentes, describió los mares por donde navegó, las tierras que visitó y los parajes que descubrió, que sirvieron para facilitar el éxito de posteriores expediciones.

Fuente del texto: rah.es/biografías/

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viernes, 13 de diciembre de 2019

Harry S. Truman


(Lamar, Missouri, 1884 - Kansas City, 1972) Trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos de América (1945-1953). Este agricultor sureño fue ascendiendo lentamente en la política local mediante cargos electivos -siempre ligados al Partido Demócrata-, hasta que en 1935 pasó a representar a su Estado como senador.

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) se hizo famoso como presidente del comité parlamentario encargado de supervisar la economía de guerra, moderando los gastos y evitando discriminaciones (el Comité Truman).

El prestigio alcanzado hizo que el partido le presentara como candidato a vicepresidente en las elecciones de 1944. Ejerció, pues, como vicepresidente de Franklin D. Roosevelt, hasta que el fallecimiento de éste le convirtió automáticamente en presidente (1945). En 1948 obtuvo la reelección para un segundo mandato, que ejerció en 1949-1953.

Truman mantuvo la continuidad con la política de Roosevelt, consolidando los avances del New Deal con un programa de profundización en la democracia económica y social (el Fair Deal). No obstante, no pudo impedir que el Congreso aprobara la Ley Taft-Harley, que limitaba el derecho de huelga y arrebataba a los sindicatos el monopolio de la representación de los trabajadores (1947).

Tampoco pudo evitar que el clima internacional de la «guerra fría» se contagiara al interior de la sociedad americana, produciendo una especie de sicosis anticomunista: bajo la inspiración del senador Joseph McCarthy, el Congreso lanzó una verdadera «caza de brujas» contra supuestos infiltrados comunistas en la Administración, el ejército y el mundo de la cultura; en el mismo sentido iban la Ley MacCarran-Nixon de 1950 (que permitía el registro de las organizaciones izquierdistas) y la Ley MacCarran-Walter de 1952 (que imponía restricciones a la inmigración).


Truman se inició en la política exterior asistiendo a las conferencias que trataron de organizar el orden internacional de la posguerra (Conferencias de Postdam y San Francisco, 1945). Enseguida descubrió las ambiciones de poder de Stalin y adoptó una postura firme para impedir el expansionismo soviético.

La doctrina Truman, basada en contener a la URSS mediante ayudas económicas y militares a los gobiernos amigos, daría lugar a un largo periodo de «guerra fría»; es decir, a una bipolarización de la política mundial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, en continua tensión, pero sin llegar a enfrentarse en guerra abierta.

A diferencia de la actitud aislacionista que adoptaron los Estados Unidos al final de la Primera Guerra Mundial (a la cual se acusaba en gran parte de los problemas del periodo de entreguerras), Truman hizo que, al final de la Segunda Guerra Mundial, el país se volcara en la acción exterior: promovió decididamente la creación de la ONU (1945), apoyó con dinero y armas a los Gobiernos de Grecia y Turquía para impedir que cayeran en la órbita soviética (1947-1949), financió generosamente un programa de ayuda económica para la reconstrucción de Europa (el Plan Marshall de 1948), organizó una alianza militar con sus aliados de Europa Occidental y Norteamérica (la OTAN, en 1949) y respondió con firmeza al bloqueo soviético de Berlín Occidental (organizando el abastecimiento mediante un puente aéreo en 1949).

La misma actitud se proyectó hacia Asia, en donde las tensiones sociales y la inestabilidad política ofrecían un terreno abonado para la expansión comunista: Truman llevó sus programas de ayuda económica y militar a Oriente Medio (desde 1950), extendió las alianzas militares norteamericanas (Pacto del Pacífico, 1951), e intervino militarmente para impedir la desaparición del régimen prooccidental de Corea del Sur frente al régimen comunista del Norte (Guerra de Corea, 1950-1953). Tras haber enmendado la Constitución para impedir en lo sucesivo que un presidente fuera elegido para más de dos mandatos, se retiró de la política al concluir el suyo en 1953.

Fuente del texto: biografiasyvidas 

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miércoles, 11 de diciembre de 2019

Roque Joaquín de Alcubierre, de Zaragoza a Pompeya

Puede que no conozcamos su rostro ni mucha gente su nombre, pero fue este aragonés quien comenzó e impulsó las excavaciones en lo que hoy conocemos como los enclaves de Pompeya y Herculano, las villas romanas sepultadas por la erupción del Vesubio en el año 79 d.C.

Trabajos en los Templos de Pompeya en el siglo XVIII, de Pietro Fabris(1740-1792) Foto: Public Domain

Roque Joaquín de Alcubierre nació y vivió en Zaragoza. Cuando se alista como voluntario en el ejército, y gracias a los contactos de su familia con el Conde de Bureta, ingresa en el recientemente creado Real Cuerpo de Ingenieros Militares.

Entre 1731 y 1733 estuvo destinado en Gerona, Barcelona, Madrid y Valsaín (Segovia), donde ejerce como delineante junto a su Ingeniero Jefe, D. Andrés de los Cobos. En 1738 asciende a capitán y viaja a Italia. Pero no es por sus logros militares por lo que se le llegó a conocer en toda la Europa dieciochesca, cuando los coleccionistas de arte de las grandes casas regias y nobiliarias, patrocinaban expediciones en busca de restos arqueológicos con los que obtener una mayor y mejor colección de antigüedades.

Es en este ambiente en el que Roque Joaquín de Alcubierre hace su carrera. En Nápoles entra al servicio de Carlos VII, rey de Nápoles y futuro rey Carlos III de España. Allí conoce de primera mano todo lo relativo a los objetos ansiados por los coleccionistas de antigüedades y se hace con algunos que le llaman poderosamente la atención. Obtiene el apoyo del rey para organizar una expedición y el 11 de diciembre de 1738 comienza a excavar.

Mapa con las ubicaciones de Pompeya, Herculano, Stabia y los efectos devastadores del Vesubio (PD).

En un principio, Alcubierre pensó que había hallado la famosa y escurridiza ciudad romana de Stabia, buscada por eruditos de toda Europa desde hacía tiempo. La Tabula Peutingeriana, del siglo IV d.C., situaba Stabiae (hoy Castellammare di Stabia) al norte del río Sarno (allí había excavado en el siglo XVI el famoso arquitecto Domenico Fontana, tal vez hallando algún indicio del futuro yacimiento) aunque fue frecuentemente confundida con otros enclaves.

En el siglo XVIII, Stabia alcanza su mayor cota de popularidad entre los estudiosos, gracias a las obras publicadas por el obispo Pio Tommaso Milante (1689-1749), natural de la localidad. Pero cuando empiezan a salir a luz varias pinturas murales, Alcubierre se dio cuenta de que aquel lugar era otra cosa. Acababa de encontrar Herculano.

Fresco en una villa de Herculano. Museo Nazionale di Napoli (PD).

Diez años después aquellos primeros hallazgos, en 1748, Alcubierre y sus ingenieros militares, pensando de nuevo encontrar Stabia, excavan en Civita, terminando por encontrar uno de los enclaves más extraordinarios de la arqueología mundial: los primeros rastros de la ciudad de Pompeya, una placa, en la posteriormente llamada Puerta Nocera, que decía, Res Publica Pompeianorum.

Al año siguiente, el rey Carlos (VII de Nápoles todavía), autorizaba la excavación del nuevo enclave bajo la dirección de Alcubierre y el ingeniero suizo Karl Jakob Weber (1712-1764). Allí, van a encontrar algo que no esperaban, los huecos vaciados de donde, en tiempos, hubo una persona calcinada por la erupción del Vesubio.

Recreación actual de los fallecidos en Porta Nocera en Pompeya (PD).

En los años siguientes, en Pompeya y Herculano, salen a la luz villas enteras con pinturas murales, mosaicos, muebles, objetos de todo tipo… en Herculano encuentran el Pozo Nucerino, esculturas de Hércules de tamaño natural, las dos estatuas ecuestres de Nonio Balbo… la conocida como Villa Ariadna y todo su entramado adyacente se descubre entre los años de 1757 y 1762. De Pompeya se excavaron el Anfiteatro, la Praedia de Iulia Felix, una buena parte de la Vía de los Sepulcros y varias villas. En 1750, Alcubierre ya era teniente coronel.

Hombre autoritario y meticuloso, Roque Joaquín de Alcubierre lleva un diario de los trabajos, levanta planos, realiza dibujos, recupera objetos… pero pierde otros. Las excepcionales condiciones del terreno (sedimentos volcánicos por la erupción del Vesubio) obligaron a la utilización de cargas detonantes de minería para las excavaciones y, además, las técnicas de extracción arqueológica de esta época adolecían de falta de preparación y profesionalidad, primando el hallazgo curioso antes que la profundización histórica, por lo que se desechaban miles de objetos que no se consideraban artísticos y las pérdidas debieron ser inmensas. Muchos restos recuperados son enterrados de nuevo por carecer de interés para los ingenieros reales.

Villa de los Papiros en Herculano (PD).

Weber y Alcubierre mantienen disparidad de criterios durante los años que trabajaron juntos, hasta el fallecimiento de Weber en 1764. Una de las más agrías tuvo lugar tras el hallazgo de la conocida como Villa de los Papiros en Herculano, excavada por Weber entre 1750 y 1764 a través de túneles subterráneos realizados por los zapadores del ejército a las órdenes de Alcubierre.

Aquí, en la que fuera una fastuosa villa de vacaciones junto al mar, propiedad de Lucio Calpurnio Piso Caesomnio, suegro de Julio César, se encontró una biblioteca con 1.785 rollos de papiro que se carbonizaban al intentar tocarlos. Era la famosa biblioteca utilizada por el filósofo epicúreo Filodemo de Gadara (110-40 a.C.), y su conservación se convirtió casi en un conflicto diplomático.

Detalle del Retrato de Johann Joachim Winckelmann (1768), realizado por Anton von Maron (1733-1808). (PD)

Durante estos años, un experto en arquitectura de la antigüedad y de la cultura griega, alumno del prestigioso Instituto Salzwedel de Brandeburgo, y de nombre Johann Joachim Winckelmann (1717-1768), ejerce de bibliotecario en el Castillo de Nöthnitz (Dresde), para la biblioteca de Heinrich von Bünau, uno de los coleccionistas de arte y antigüedades más conocidos del siglo XVIII.

En 1755 Winckelmann publica una obra titulada “Gedanken über die Nachahmung der griechischen Werke in der Malerei und Bildhauerkunst”, (Reflexiones sobre el arte griego en la pintura y la escultura), que tuvo un éxito internacional y en 1764, ya como Prefecto de Antigüedades y Scriptor linguae teutonicae del Vaticano, escribe su obra cumbre, “Historia del Arte de la Antigüedad”, en la que termina por definir la sistematización en la historia del arte. Instrumento para desenrollar papiros calcinados del Padre Piaggi (PD).


Pero lo que nos interesa de Winckelmann son sus visitas a Pompeya y Herculano, entre 1765 y 1767, como experto en la cultura griega y romana de la antigüedad, y la discrepancia que mantuvo con Alcubierre (y con el sucesor de Weber, Francesco de la Vega, ingeniero español de origen italiano, que tampoco congeniaba con el aragonés) acerca de los métodos empleados en las excavaciones, sobre todo en cuanto a la conservación de los papiros se refiere, un trabajo que el padre escolapio Antonio Piaggi había empezado a desarrollar con grandes dificultades y con un sistema inventado por él mismo.

Las protestas de Winckelmann llegaron hasta el Conde de Brühl, hijo del Ministro de Sajonia, ante quien acusaba a la corte de Nápoles de no permitir el estudio de los eruditos sobre el terreno de Pompeya y Herculano. Alcubierre fue apartado de las excavaciones y a Winckelmann se le acusó de espía (en 1768 fue asesinado en un hotel de Trieste).

Roque Joaquín de Alcubierre, alcanzó la cima de su carrera militar en 1777, al ser ascendido con el grado de mariscal de campo y murió en Nápoles el 14 de marzo de 1780. Él había inaugurado la arqueología de campo en Italia, pero las excavaciones sistemáticas de Pompeya y Herculano no se acometerían hasta 1950.

Fuente del texto: vavel.com

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martes, 19 de noviembre de 2019

Oliver Cromwell


(Huntingdon, actual Reino Unido, 1599 - Londres, 1658) Político inglés. Fue el principal protagonista de la Guerras Civiles inglesas (1642-1649) que llevarían a la ejecución del rey Carlos I y a la instauración de la República (1649-1653) y del Protectorado (1653-1658), durante el cual ejerció un poder absoluto como lord protector de Inglaterra. Tras su muerte, la monarquía inglesa sería restaurada en la persona de Carlos II de Inglaterra, hijo de monarca ejecutado.

Educado en un ambiente protestante puritano y hondamente anticatólico, que confirió a su actuación política un sentido místico y providencialista, en 1628 fue elegido miembro de la Cámara de los Comunes, disuelta al año siguiente por el rey Carlos I de Inglaterra.

Entre 1629 y 1640, el monarca inglés gobernó sin el Parlamento, impuso una política absolutista y aumentó los privilegios y las prerrogativas de la aristocracia en perjuicio de los intereses de la naciente burguesía.

En 1640, no obstante, el rey se vio obligado a reinstaurar el Parlamento, en el que Oliver Cromwell, como representante de Cambridge, destacó por su defensa del puritanismo, su oposición al episcopalismo de la Iglesia de Inglaterra y sus ataques a la arbitrariedad real.

Al poco tiempo el soberano, acusado de ineptitud a raíz de la sublevación católica de Irlanda, intentó encarcelar a los principales miembros de la oposición, lo cual provocó la insubordinación del Parlamento y obligó a Carlos I a huir al oeste de Inglaterra para unirse a sus partidarios.

Tras ello, en 1642 estalló una cruenta guerra civil, que enfrentó a los realistas (Iglesia Anglicana, ciertos sectores de la burguesía y buena parte de la gentry, la aristocracia inglesa) con los partidarios del Parlamento (los pequeños propietarios agrícolas, la burguesía, el pueblo llano y los puritanos).

Cromwell, hombre práctico y dotado de gran talento militar, organizó entonces un ejército revolucionario, el New Model Army, y, tras sufrir algunos reveses, consiguió por último vencer a las tropas realistas en Marston Moore (1644) y Naseby (1645).

Un año más tarde, la captura de Carlos I suscitaba un serio conflicto entre el Parlamento, favorable a la restitución del monarca en el trono controlando su poder, y el ejército puritano, decidido a librarse del rey y controlar la Cámara de los Comunes.

Aprovechando el intento de huida de Carlos I (1647) y tras haber depurado el Parlamento (1648), Cromwell hizo juzgar y ejecutar al soberano (30 de enero de 1649), suprimió la monarquía y la Cámara de los Lores y proclamó la República o Commonwealth (mayo de 1649).

Durante los años siguientes, Oliver Cromwell llevó a cabo dos campañas para someter a los católicos irlandeses (1649-1650), y en las batallas de Dunbar y Worcester (1650-1651) aplastó a los realistas escoceses, que habían proclamado rey a Carlos II, primogénito del soberano ajusticiado.

La Cámara de los Comunes trató esforzadamente de controlar al ejército, pero todo fue en vano: en 1653, Cromwell disolvió la Cámara de los Comunes, cedió el poder legislativo a 139 personas de su confianza y tomó el título de lord protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda, con poderes más amplios que aquellos de que había gozado el monarca.

Durante su mandato reorganizó la hacienda pública, fomentó la liberalización del comercio a fin de asegurar la prosperidad de la burguesía mercantil, promulgó el Acta de Navegación (1651), a través de la cual impuso a los Países Bajos la supremacía marítima inglesa, derrotó a las Provincias Unidas (1654), arrebató Jamaica a España (1655), persiguió a los católicos y situó a Inglaterra a la cabeza de los países protestantes europeos.


A su muerte (3 de septiembre de 1658), sin embargo, la República se vio inmersa en un período de caos, que acabó con la restauración de la monarquía en la persona de Carlos II de Inglaterra por parte del Parlamento (1660).

A pesar de su prudencia, el nuevo monarca no dudó en ordenar la exhumación del cadáver del hombre que había firmado la sentencia de muerte de su padre, para cortarle la cabeza y exponerla en la torre de Londres.

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sábado, 16 de noviembre de 2019

Nicolás Maquiavelo


¿Cuán maquiavélico era realmente Maquiavelo?

Ser maquiavélico es ser un seguidor de los principios de Maquiavelo, o bien "astuto y engañoso", dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Esta definición a menudo se reduce a la máxima "el fin justifica los medios" y los periodistas disfrutan de aplicar este epíteto a los políticos.

Pero, si examinamos la obra y fuentes de Maquiavelo, ¿revelarán que también se le puede aplicar a él?

Maquiavelo escribió "El príncipe" en 1513 mientras estaba exiliado de Florencia.

Había servido al gobierno florentino en varias posiciones desde 1498, llegando a ser secretario del segundo canciller, lo que implicó numerosas misiones diplomáticas.

Detalle de retrato póstumo de Nicolás Maquiavelo por Santi di Tito.

En el curso de estos viajes al extranjero, Maquiavelo se encontró con muchos de los personajes que figurarían prominentemente en "El príncipe", como César Borgia, el hijo del papa Alejandro VI.

César Borgia (pintado por Altobello Melone (c. 1490-1491 - 1543), un gobernante exitoso, según "El príncipe".

La carrera política de Maquiavelo se produjo después de que los Medici fueron expulsados de Florencia en 1494.

El gobierno de reemplazo inicial, la "teocracia" del fraile dominico Girolamo Savonarola, terminó con la ejecución de Savonarola en 1498, antes de que Piero Soderini fuera elegido gonfaloniere (líder) de por vida en 1502.

Pero en 1512 los Medici, apoyados por las tropas españolas, derrocaron a Soderini y recuperaron Florencia, y poco después Maquiavelo fue acusado de conspiración, torturado y encarcelado, antes de ser exiliado en la primavera de 1513 a su granja en Sant'Andrea en Percussina, en las afueras de la ciudad.

El 10 de diciembre de 1513, Maquiavelo describió su nueva rutina en una carta a Francesco Vettori.

Después de la cena, escribió, le gustaba retirarse a su estudio y "conversar" con antiguos filósofos y pensadores antes de tomar notas de sus conversaciones.

Esos debates, y sus experiencias como segundo canciller, fueron la base de "El príncipe", como reconoció Maquiavelo en la dedicatoria de la obra.

Maquiavelo escribió "El príncipe" lejos de Florencia, de la que fue exiliado.

Maquiavelo afirma ahí que el regalo más valioso que le podía ofrecer a Lorenzo di Piero de Medici, el nieto de Lorenzo el Magnífico (1449-1492), el famoso gobernante de facto de Florencia, era su "comprensión de las obras de los grandes hombres".

Una comprensión que, según el autor de "El príncipe", había ganado a través de "un largo conocimiento de los asuntos contemporáneos y un estudio continuo del mundo antiguo".

La "verdadera realidad"

Fue esta mezcla de experiencia personal y estudio lo que informó el 'corazón oscuro' de "El príncipe", es decir, los capítulos 15 al 19, en los que Maquiavelo delineó las virtudes que necesitaba un "nuevo príncipe".

La distinción era crucial, pues la única preocupación del nuevo príncipe era "mantener su estado", tanto en el sentido personal como en el político, por lo que Maquiavelo adaptó sus consejos en consecuencia.

Un regalo de Maquiavelo para Lorenzo di Piero de Medici: su sabiduría obtenida gracias a su conocimiento de la actualidad y el estudio de los clásicos.

Como lo dejó claro al comienzo del capítulo 15, no le dedicó mucho tiempo para las repúblicas o las utopías idealizadas: "dado que mi intención es decir algo que resulte de utilidad práctica para el investigador, he considerado apropiado representar las cosas como son de verdad en la realidad, en lugar de como son imaginadas".

Y el deseo de Maquiavelo de reflejar la "verdadera realidad", tal como la entendió, lo llevó a alterar o ignorar aspectos de la plantilla ética clásica y cristiana que había dominado durante siglos la teoría política medieval y renacentista.

Moral vs. conveniencia

La principal fuente de Maquiavelo para los capítulos sobre virtudes principescas fue "Sobre los deberes" o "De oficios" (De officiis), de Cicerón, la obra más popular de la prosa latina clásica en el Renacimiento.

Una de las obras finales de Cicerón fue una discusión sobre los principios básicos del deber moral y las reglas prácticas para la conducta personal, dividida en tres libros, y el tercero de ellos examinó el conflicto entre la rectitud moral y la conveniencia.

Copia de "De oficios" de Cicerón que le perteneció a Enrique VIII, como escribió él mismo en la parte inferior: "Este libro es mío príncipe Enrique". (Folger Shakespeare Library Digital Image Collection)

Los enfoques de Cicerón y Maquiavelo a este tema divergieron marcadamente.

Para Cicerón, no había conflicto: "Nunca es conveniente hacer el mal, porque el mal siempre es inmoral; y siempre es conveniente ser bueno, porque la bondad siempre es moral".

En el capítulo 15 de "El príncipe", sin embargo, Maquiavelo reveló una visión menos monocromática sobre el asunto: "Si un príncipe quiere mantener su dominio, debe estar preparado para no ser virtuoso, y hacerlo o no de acuerdo con la necesidad".

Mientras que ciertos vicios podrían traerle al príncipe "seguridad y prosperidad", ciertas virtudes podían conducir a su caída, advirtió el florentino.

Fuerza y astucia

Cuando se trataba de engaño, Cicerón era igualmente claro: la verdadera gloria no provenía de pretextos o engaños, ni siquiera en tiempos de guerra, cuando a menudo se presentaba un curso de acción deshonroso pero conveniente.

Cicerón describió la fuerza y el fraude como pertenecientes al poderoso león y al astuto zorro respectivamente, siendo ambos "totalmente indignos del hombre".

Cicerón, de niño, leyendo, en un fresco de Vincenzo Foppa (1464). (Wellcome Collection)

Maquiavelo utilizó la misma analogía del zorro-león en el capítulo 18 de "El príncipe", aunque de una manera marcadamente diferente.

El nuevo príncipe necesitaba saber cómo comportarse tanto como el zorro como el león, porque la fuerza sin astucia lo llevaría a la ruina: "Un gobernante prudente no puede, y no debe, cumplir su palabra cuando lo pone en desventaja", advirtió.

Su razonamiento era cínico pero perspicuo: "Si todos los hombres fueran buenos, este precepto no sería bueno; pero como los hombres son criaturas miserables que no cumplirán su palabra por ti, no necesitas cumplir tu palabra".

Una doble negativa, en opinión de Maquiavelo, de vez en cuando daba positivo.

Para Maquiavelo, un príncipe no debía cumplir con su palabra si no le convenía.

Maquiavelo tomó una postura similar cuando se trataba de crueldad.

Para Cicerón, ninguna crueldad podría ser conveniente, porque "la crueldad es más aborrecible para la naturaleza humana".

Maquiavelo examinó el tema en el capítulo 8, dando cuenta de las carreras de dos líderes crueles pero efectivos: Agathocles (361-289 a.C.), el tirano griego de Siracusa y rey de Sicilia; y Oliverotto de Fermo (circa 1475-1502), un mercenario que asesinó a su tío para tomar el control de su ciudad natal Fermo.

Después de relatar sus acciones, Maquiavelo concluyó: "Podemos decir que la crueldad se usa bien (si es permisible hablar así de lo que es malo) cuando se emplea de una vez por todas, y la seguridad depende de ello". En otras palabras, puede ser malo, pero el nuevo príncipe debe usarla para mantener su estado.

Maquiavelo siguió el ejemplo de la naturaleza humana, sólo que no de la misma manera que Cicerón.

Aunque el florentino no estaba en desacuerdo con Cicerón en todos los puntos.

Cicerón hizo hincapié en la importancia del mecenazgo pero desaconsejó dar regalos de dinero, porque el donante pronto agotaría sus recursos y tendría que tomar la propiedad de otros para financiar una mayor generosidad.

En el capítulo 16, Maquiavelo recomendó un enfoque similar, afirmando que era mejor tener fama de parsimonioso que de generoso, porque con el tiempo los súbditos de un príncipe se darían cuenta de que él es capaz de vivir dentro de sus posibilidades, lo cual es una forma de generosidad hacia ellos.

Evitar el odio

Por lo demás, Maquiavelo nunca alentó el comportamiento inmoral por sí mismo.

Además, para él había un límite último que no podían rebasar los nuevos príncipes cuando debían comportarse inmoralmente: no debían incurrir en el odio de sus súbditos.

"El príncipe" no se publicó sino hasta después de la muerte de Maquiavelo. Esta es la primera página de la edición de 1550 de "El príncipe".

Evitar el odio era el límite de cualquier conducta desviada, un punto que Maquiavelo enfatizó en varias ocasiones en "El príncipe":

  • la gente se queja de los avaros, pero no los odia (capítulo 16);

  • es mejor ser temido que amado, pero evitar el odio es preferible a cualquiera de los dos (capítulo 17);

  •  mientras que la fortaleza más efectiva no es odiada por tus súbditos (capítulo 20).

Como dejó en claro Maquiavelo, su consejo reflejó las circunstancias de sus lectores previstos.

Desafortunadamente, al menos para la reputación de Maquiavelo, esas circunstancias cambiaron entre 1513, cuando escribió "El príncipe", y 1532, cuando se publicó. (Solo una de las obras de Maquiavelo, "Del arte de la guerra" fue publicada durante su vida, en 1521).

En los 19 años transcurridos, la Reforma se extendió por Europa, por lo que las palabras bonitas que Maquiavelo le dedicó a la religión en el texto -ser religioso era una de las cualidades que el príncipe debía aparentar tener- adquirieron un significado que no pudo haber imaginado.

De hecho, algunas de las primeras y más violentas reacciones a "El Príncipe" -como la del Cardenal Reginald Pole (el último arzobispo católico de Canterbury), que afirmó en 1539 que estaba "escrito por el dedo de Satanás", o la del abogado francés Innocent Gentillet "Contra Maquiavelo"de 1576- fueron desencadenadas por eventos religiosos: la Reforma anglicana y la Matanza de San Bartolomé, en 1572 .

Se convirtió en una figura retórica pero muchos de sus críticos no habían leído el libro.

La crítica de Gentillet a "El Príncipe" fue posiblemente la responsable de la difusión popular de "maquiavélico" en su sentido moderno y negativo.

Y a fines del siglo XVI, Maquiavelo se había convertido en una figura retórica, el maquinador del drama isabelino y jacobeo, más que una figura de autoridad.

Sin embargo, muchos de los detractores de Maquiavelo no leyeron "El príncipe" ni trataron de "conversar" con él de la manera que Maquiavelo había hecho con los antiguos.

Como muestran los breves extractos anteriores, Maquiavelo no merecía tal demonización.

El único fin que justificaba "astucia, intriga y duplicidad", en opinión de Maquiavelo, era el mantenimiento del estado de un nuevo príncipe.

Si toleraba la "conveniencia en preferencia a la moralidad", era solo porque los hombres eran "criaturas miserables" que se comportaban despreciablemente.

El espejo del nuevo príncipe de Maquiavelo reflejaba las imperfecciones de sus súbditos y tiempos, tanto como las cualidades positivas del gobernante.

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Joaquín Xaudaró




La mirada amable de Joaquín Xaudaró

El Museo ABC presenta "Joaquín Xaudaró. La buena gente", la mayor retrospectiva dedicada al famoso ilustrador y dibujante españolJoaquín Xaudaró. Museo ABC

Ni militar, ni ingeniero. Joaquín Xaudaró tuvo muy claro desde joven que lo que quería hacer era dibujar. Pionero de las historietas, amante de la vida bohemia, Xaudaró nació en Filipinas, donde estaba destinado su padre, ingeniero militar de profesión.

Cuando falleció Xaudaró regresó a España, a Barcelona, donde se forma y empieza a realizar sus primeros trabajos. Fueron aquellas colaboraciones en revistas catalanas las que llamaron la atención del fundador de Blanco y Negro, Torcuato Luca de Tena, por lo que decidió trasladarse a Madrid. Era el año 1898.

En apenas diez años Madrid se le queda pequeña y Xaudaró decide, como tantos artistas de la época, trasladarse a París, como explica el comisario de la muestra Felipe Hernández. Aunque sus planes no le salieron del todo bien.

"Francia nunca fue una fuente de éxito para él. Hizo muchos trabajos como ilustrador pero los franceses le veían como un español que quería afrancesarse en el dibujo, es cierto que era muy bueno captando determinados ambientes con una pluma muy ágil. Pero al mismo tiempo en España se pensaba que aún se había afrancesado aún más". 

Después de gastarse todo el dinero que había ganado, cuando estalla la Primera Guerra Mundial, Xaudaró decide volver a España. En pocos años alcanza su mayor fama.

Joaquín Xaudaró. Museo ABC

Después de una temporada en la que se dedicó a la enseñanza, sin dejar de dibujar pero de manera más artesanal, Xaudaró decide en 1921 instalarse en Madrid y medirse con los dibujantes más jóvenes de la época.

Es su colaboración diaria en ABC lo que le hace tan popular, sobre todo, después de introducir en sus viñetas el dibujo de un pequeño perro, a petición de Luca de Tena, que terminó convirtiéndose en todo un símbolo de la época.


Su estilo fue evolucionando con el tiempo. "Su dibujo buscaba al principio técnicas más emparentadas con el Art Nouveau o incluso más sencillas, que prefiguraron la simplicidad de sus dibujos animados pero siempre con ese toque francés que, sobre todo, se acentúa en los años que vivió en París.

Pero en 1921 se da cuenta de que tiene que responder de manera diferente al nuevo contexto gráfico de la época y se españoliza, busca un dibujo más complicado incluso más oscuro, que también evolucionará hacia el expresionismo en los últimos años, siempre en su afán de no quedarse atrás".

Pero el estilo de Xaudaró se define, sobre todo, por mirar con bonhomía todo lo que tenía alrededor. Marcado por la figura de un abuelo que en nombre del liberalismo se desentendió de su familia, dejando a su mujer y sus hijos en la indigencia, Xaudaró siempre tuvo claro que no había que dejarse llevar por las grandes causas y la política nunca llamó su atención como explica el comisario de la muestra. "Hizo trabajos de carácter político, sobre todo, para el semanario Gedeón, pero nunca se sintió cómodo". 

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