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miércoles, 26 de febrero de 2020

El discurso que acabó con las contínuas matanzas de la guerra más cruel de EE.UU.

  • El 19 de noviembre de 1863, Abraham Lincoln pronunció su alocución más famosa. Las palabras recordaban la brutal contienda que, según dijo, hizo que su «nación pudiese vivir

«Hace ochenta y siete años nuestros padres crearon en este continente una nueva nación...». Estas fueron las primeras sílabas del discurso que, el 19 de noviembre de 1863 (tal día como hoy) pronunció Abraham Lincoln frente a 15.000 personas. 

En la alocución, de apenas 300 palabras, buscaba conmemorar en Pensilvania la batalla de Gettysburg, la derrota definitiva del bando confederado frente a los unionistas. La batalla supuso todo un revés para los intereses de los sudistas y, además, fue la tumba metafórica del general Robert E. Lee. 

Para llegar hasta la gran derrota de Lee y el posterior discurso del 19 de noviembre es necesario hacer retroceder el calendario hasta los comienzos de 1860. Por entonces, la tensa situación que se vivía entre los estados del norte y del sur de los EEUU (provocada por diferencias insalvables en temas como la esclavitud y las desigualdades económicas) estalló con la elección de un tal Abraham Lincoln como presidente (el hombre de la barba y el sombrero de copa, para aquellos que no le pongan cara).


Su ascenso al poder causó no poca controversia, ya que los sureños (habitualmente más partidarios del esclavismo) veían sus políticas como un peligro latente. ¿Qué diablos pasaría si aquel sujeto liberaba a los negros y terminaba con la mano de obra gratuita?

En esas andaba EEUU cuando algunos estados del sur, hasta el chambergo de tanto norte para arriba y norte para abajo, se declararon en rebeldía y crearon una nueva nación llamada los Estados Confederados de América. Un nuevo país, o eso pretendían. Las regiones que se unieron fueron Carolina del Sur, Misisipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas.
«Lee era y siguió siendo (pese a la derrota final) un general muy respetado»
Posteriormente, se les unirían también Virginia, Arkansas, Tennesse y Carolina del Norte, además de algunos pequeños reductos secesionistas en otras zonas oficialmente unionistas (como se conocía a los norteños). Había comenzado la Guerra de Secesión (o Guerra Civil). Todos tomaron partido ya que, como dijo en su día el político contemporáneo Stephen Douglas, «en esta guerra no puede existir la neutralidad».

A su favor, los sureños (o Confederados) tenían el que, si el norte quería acabar con ellos, se verían obligados a invadirles (con lo que implicaba en su momento pasar al ataque en una guerra de tales dimensiones). Sin embargo, el norte contaba con muchas ventajas a nivel estratégico.

Para empezar, disponía de una gran producción industrial y alimenticia (considerablemente mayor que la de sus enemigos); tenía en sus territorios un número de población mucho mayor (22 millones contra apenas 9) y controlaba la mayor parte del hierro y el carbón (las materias primas de la época). No obstante, con el paso de los años los sureños lograron cosechar una gran cantidad de victorias contra el ejército enemigo gracias, en parte, al brillante general en jefe Robert E. Lee.


«Lee era y siguió siendo (pese a la derrota final) un general muy respetado. De hecho era considerado el mejor de los comandantes posibles para un ejército estadounidense en su época. Al comienzo de la guerra la Administración federal (los norteños) había intentado que comandase sus fuerzas, pero Lee era un hombre muy leal a sus principios y nunca quiso traicionar su vinculación con el proyecto de génesis de unos Estados Confederados» explica, en declaraciones a ABC, Montserrat Huguet Santos (Doctora en Historia y autora de más de 90 textos entre los que destacan « Breve historia de la Guerra Civil de los Estados Unidos » -Nowtilus, 2015-). Este militar fue el que llevó al sur a plantar cara a un enemigo mejor equipado, con más hombres y con unos suministros envidiables.

Los bandos, cansados

Los combates entre Norte y Sur se recrudecieron hasta tal punto que, en 1862, ambos bandos se vieron obligados a aprobar la primera ley de «circunscripción», Esta establecía, en ambas regiones, las edades mínimas y máximas entre las que se podía reclutar por las bravas (obligatoriamente) a los hombres. En el caso de los Unionistas comprendía los intervalos de entre 20 y 45 años, mientras que en el caso de los Confederados de 18 a 35. 

Unos números que implicaban que tanto unos como otros andaban severamente escasos de combatientes. La situación era especialmente precaria para los hombres de Lee, quienes empezaban a adolecer de algunos suministros básicos como munición, alimentos o botas (efectivamente, zapatos).

«En 1863 la guerra estaba en un punto de estancamiento que no hacía predecir un fin rápido. La población estaba desesperada, especialmente en el Sur, que era el área más castigada por los combates, la destrucción del territorio, el bloqueo económico y finalmente la dureza de la represión a la que eran sometidas las poblaciones tomadas, los prisioneros o los espías.
En 1863 la guerra estaba en un punto de estancamiento que no hacía predecir un fin rápido. La población estaba desesperada, especialmente en el Su
Si el Sur tenía cada vez menos esperanzas de lograr el reconocimiento como nación, la Unión por su parte tampoco se granjeaba amigos en el extranjero y vivía una crisis seria que afectaba al liderazgo del ejército. Las ideas de Lincoln, que aplicaba ya la supresión de habeás corpus, topaban a menudo con unas u otras facciones de republicanos en el Congreso», añade la experta a ABC

Deseoso de que sus ejércitos dejasen de gastar recursos de los estados sureños, y ansioso también de forzar al gobierno Unionista a firmar de una vez la paz (lo que reconocería oficialmente la existencia de la independencia de los Confederados, Lee le puso arrestos y decidió atacar territorio norteño con la mayoría de las fuerzas a su cargo.

Sus objetivos no eran otros que aprovecharse del descrédito que tenía entonces Lincoln (no tan querido por aquellos años como pudiera parecer ahora) y ganarse el espaldarazo de algún amiguete del otro lado del charco que les enviase armas, comida, y -llegado el caso- interviniera militarmente en su favor. Algo nada sencillo, por cierto, pero que podría lograr si daba un puñetazo en la mesa lo suficientemente grande como para que fuese escuchado en Europa.

Lincoln, visitando un campo de batalla - ABC

«El Sur tenía, cuando atacó, más unidades y grandes esperanzas aún de obtener el apoyo de algún aliado europeo para incrementar sus recursos. En el Norte, desde finales de 1862 la popularidad de Lincoln era baja y no hacía presagiar que los ciudadanos fuesen a respaldarle en otro mandato. Los generales del Norte -Hooker, Meade- cosechaban derrotas y el apoyo internacional a la Unión era muy tibio. Solo Rusia manifestaba abiertamente refrendar la causa de la Unión.

Ciertamente, fue este el momento en que el ejército rebelde tuvo más opciones de cosechar triunfos militares, y en esa confianza actuaron los mandos planeando las campañas en territorio del Norte», determina Huguet a este diario.

La batalla

Decidido a dar un revés a los Unionistas, Lee organizó un ejército de 75.000 soldados con el que tomar la capital del estado de Pensilvania. Lugar desde donde pretendía amenazar Washington D.C. Eso sí, para cumplir todo aquello primero debía pasar con sus hombres por encima del denominado Ejército del Potomac, el principal contingente de la Unión en el territorio oriental. La unidad, dirigida por el general Meade, era una de las más temibles de la zona y contaba con decenas de miles de combatientes (entre 95.000 y más de 100.000, atendiendo a las diferentes fuentes).


  • En la batalla se contaron más de 50.000 bajas
El 1 de julio, los dos ejércitos se enfrentaron en las afueras de Gettyburg en una batalla que decidiría el destino de Estados Unidos. Una contienda en la que, tras tres días de una lucha encarnizada a mosquete y cañón, se contaron 23.000 heridos, muertos o desaparecidos por bando (una cifra que se eleva a casi 30.000 en el caso del Sur).

«Materialmente hablando fue una derrota muy dura, por la pérdida de hombres y de recursos en un momento muy avanzado de la guerra. Esta derrota se unió a la que se produjo el 4 de julio, en Vicksburg, a cargo del general unionista Ulises Grant. Pero sobre todo fue una derrota devastadora en el plano moral. Después de Gettysburg las esperanzas de reconocimiento de la Confederación se desvanecieron», finaliza Huguet.

El discurso de la victoria

Apenas cuatro meses después de que finalizase la contienda más sangrienta de la Guerra Civil de Estados Unidos, el presidente Abraham Lincoln (ese que los sudistas despreciaban por ser amigo de los esclavos) se dirigió de nuevo a Gettysburg. Corría el 19 de noviembre. Tal día como hoy.

Sin embargo, en este caso no acudió para empuñar un fusil contra sus enemigos, sino para conmemorar las muertes de todos aquellos que lucharon por la libertad e inaugurar el Cementerio Militar Nacional en el campo de batalla. Además, el presidente buscaba fomentar la unión, Y es que, a pesar de todas las diferencias que había habido a lo largo de los últimos años entre ambos bandos, Lincoln tenía esperanzas de que el Norte y el Sur se perdonasen de forma definitiva.

Curiosamente, el presidente fue aquel día un orador secundario. El principal era Eduard Everett, un ferviente partidario de la Unión que, durante dos horas, dirigió a los presentes un discurso de nada menos que 13.000 palabras. 

«Lincoln era el sexto en hablar, se encargaba de las “palabras de dedicatoria”, después de la Birgfields Band, la Marine Band, una oración, un himno y el orador principal. En otras palabras, Lincoln era un telonero. Se le invitó relativamente tarde aquel mismo día y de forma más o menos informal a que hiciera “algunas observaciones oportunas” después del discurso de Everett», explica Sam Leith en « ¿Me hablas a mí?: La retórica desde Aristóteles hasta Obama ».



De hecho, aquel día fue un despropósito en lo que se refiere a la organización, pues el discurso principal tampoco iba a ser dado en principio por Everett. «No fue a Lincoln a quien acudieron, ni tampoco fue Everett su primera opción. A él solo se lo ofrecieron después de que tres eminentes poetas (Longfellow, Whittier y Bryant) hubieran declinado intervenir. Pero Everett estaba cualificado: respetado universalmente, ya era un experto en campos de batalla tras hablar en Concord, Lexington y Bunker Hill», añade el experto.

No obstante, lo cierto es que -a pesar de que las palabras recordadas fueron las de Lincoln- Everett puso toda su ilusión en su discurso, pues estuvo varias semanas preparándolo y memorizándolo. Aunque, como bien explica Leith, también tuvo sus desventajas el que fuera elegido: «Hubo que ocuparse de otros preparativos prácticos: a sus setenta y nueve años, Everett sufría de próstata y hubo que instalar una tienda con un urinario especial junto al estrado para que pudiera aliviarse tanto antes como después del discurso».

¿En silencio?


Durante la alocución del 19 de noviembre, Lincoln fue bien recibido en el cementerio de Gettysburg. Ataviado siempre con su sombrero (el cual llevaba aquel día una banda negra en recuerdo de la muerte de su hijio), el presidente estaba pletórico por poder dirigirse al público. De hecho, tomó la precaución de salir un día antes de lo previsto de Washington para que ningún inconveniente le hiciera perderse el momento. Y, lo hizo a pesar de que su mujer estaba, en palabras de Leith, «totalmente enloquecida» por el fallecimiento de su retoño.

No obstante, existe cierta controversia a la hora de definir qué reacción causaron sus palabras en los más de 15.000 asistentes (entre el que había familiares de unionistas fallecidos en la contienda). Algunas fuentes afirman que el público se quedó en silencio debido a que la alocución no merecía ni una sola palmada. No es lo que opina Janet Pascal quien, en su obra «¿Quién fue Abraham Lincoln?», explica las frases fueron recibidas con silencio, pero no como una forma de rechazo, sino porque «las personas estaban tan conmovidas que no podían aplaudir».


«Las personas estaban tan conmovidas que no podían aplaudir».


Esta leyenda fue avivada por periódicos como el «The Times», cuya crónica afirmó que, aunque había sido una «ceremonia impresionante», quedó «muy deslucida por algunas de las desafortunadas ocurrencias del presidente Lincoln».


En todo caso su exposición tenía apenas tres centenares de palabras, pero jamás serían olvidadas por los presentes. Leith, de hecho considera que -a pesar de lo breve que fue (apenas se extendió en el tiempo dos minutos- el discurso de Lincoln fue su cenit como político. «Es unánime considerar que la cima retórica de Lincoln es el discurso que ahora conocemos como el "discurso de Gettysburg"».


«Hace 87 años...»

El 19 de noviembre, estas fueron las palabras de Lincoln:
«
Hace ochenta y siete años nuestros padres crearon en este continente una nueva nación, concebida bajo el signo de la libertad y consagrada a la premisa de que todos los hombres nacen iguales.
Hoy nos hallamos embarcados en una vasta guerra civil que pone a prueba la capacidad de esta nación, o de cualquier otra así concebida y así dedicada, para subsistir por largo tiempo. Nos hemos reunido en el escenario donde se libró una de las grandes batallas de esta guerra. Vinimos a consagrar parte de este campo de batalla al reposo final de quienes han entregado su vida por la nación. Es plenamente adecuado y justo que así lo hagamos.
Sin embargo, en un sentido más amplio, no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos glorificar este suelo. Los valientes hombres que aquí combatieron, vivos y muertos, lo han consagrado muy por encima de nuestro escaso poder de sumar o restar méritos. El mundo apenas advertirá, y no recordará por mucho tiempo lo que aquí se diga, más no olvidará jamás lo que ellos han hecho.
Nos corresponde a los que estamos vivos, en cambio, completar la obra inconclusa que tan noblemente han adelantado aquellos que aquí combatieron.
Nos corresponde ocuparnos de la gran tarea que nos aguarda: inspirarnos en estos venerados muertos para aumentar nuestra devoción por la causa a la cual ellos ofrendaron todo su fervor; declarar aquí solemnemente que quienes han perecido no lo han hecho en vano; que esta nación, bajo la guía de Dios, vea renacer la libertad, y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra.
»
Fuente del texto: abc.es/historia 

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jueves, 23 de enero de 2020

El genocidio ordenado por Stalin


Un judío asesinado en Vinittsa, Ucrania, en 1941.

El dictador Iósif Stalin ordenó la muerte por inanición de unos cinco millones de personas. Requisó cosechas y alimentos y luego cercó los pueblos. Ahora, una investigación revela nuevos y estremecedores detalles. Por Carlos Manuel Sánchez / Fotos: Cordon Press y Getty Images 


Así describe una reclusa polaca, enviada a una isla-prisión, el horror que contaban los supervivientes del Holodomor, la inconcebible hambruna que entre 1932 y 1933 causó la muerte de 3,9 millones de personas en Ucrania y 1,1 millones más en otras regiones productoras de cereal: el norte del Cáucaso, el río Volga y Siberia occidental. Cruel ironía, los graneros de la Unión Soviética.
¿Fue un holocausto provocado alevosamente por el dictador Iósif Stalin? Es la pregunta que responde Anne Applebaum, autora de Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania (Debate), y Premio Pulitzer por un libro sobre el gulag.
Joseph Stalin
Stalin en 1932, cuando ordenó el asesinato masivo
«Stalin fue el responsable. Tenía miedo de una contrarrevolución. Y se acordaba de que en la guerra civil hubo una revuelta de los campesinos ucranianos. Pero también hubo otros responsables: burócratas, líderes y militantes del Partido Comunista tanto dentro como fuera de Ucrania», sostiene Applebaum.

Los cadáveres yacían a la intemperie en las calles. Nadie tenía fuerzas para enterrarlos

Si la barbaridad fue intencionada o el asunto se le fue de las manos, es objeto de debate. Pero el objetivo de Stalin era doble. Por una parte, quería sujetar en corto a Ucrania: atemorizando de hambre a su población acababa con cualquier resistencia contrarrevolucionaria, pues Ucrania se había proclamado independiente durante la revolución de 1917. Stalin temía que los ucranianos sabotearan sus planes.
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La URSS ocultó la hambruna intencionada. Esta foto la tomó, de tapadillo, el austriaco Alexander Wienerberger
Por otra parte, había una meta económica. Rusia carecía de una divisa fuerte, así que Stalin pensaba financiar la inversión en maquinaria industrial exportando cereal. El cereal de Ucrania.
Todo empezó con la colectivización. Se puso en marcha el primer plan quinquenal como respuesta a la crisis de 1929. Se pretendía convertir a los campesinos en proletarios. Stalin también buscaba modernizar la industria. Las exportaciones de trigo pagarían la factura. «Pero el Estado no sabía cuánto grano tenían los campesinos. Sospechaba (correctamente) que escondían una parte. Estos debían renunciar a sus tierras y unirse a las granjas colectivas», relata Applebaum. Los campesinos, por su lado, veían el comunismo como una segunda esclavitud después de haber sido siervos del zar; y los más religiosos lo consideraban el Anticristo. Hubo enfrentamientos.
Los líderes soviéticos lanzaron una campaña propagandística contra los kulaks, los campesinos más prósperos. Comenzaron las expropiaciones de sus tierras y las deportaciones en masa, acusándolos de sabotaje. Unos 125.000 fueron enviados al gulag siberiano a partir de 1930.
A boy next to the body of his father after the man was shot for approaching a prohibited area of a farm while picking grain during the man-made Holodomor famine in the Ukraine, Belgorod, former Soviet Union, 1934. (Photo by Daily Express/Hulton Archive/Getty Images)
Un chico ante el cadáver de su padre, ejecutado por acercarse a una granja para intentar coger alimentos
«Con la demonización de los kulaks, los campesinos más pobres tenían a alguien a quien culpar del sufrimiento de sus familias. Stalin utilizó esa retórica en toda la Unión Soviética, también en las ciudades. Si la revolución comunista no estaba teniendo éxito, era por culpa de los kulaks», explica Applebaum.
La cosecha de 1931 fue buena. La URSS obligó a Ucrania a entregar el 42 por ciento de su producción. La siguiente cosecha fue catastrófica. «A finales de 1932, las estaciones de tren de Ucrania estaban ya abarrotadas de gente raquítica y andrajosa que mendigaba», cuenta Anne Applebaum.
La situación se tornó desesperada cuando se aprobó la ley de las tres espigas, que imponía penas de diez años de trabajos forzados para aquellos que robasen cualquier propiedad estatal. Y la comida pertenecía al Estado. Activistas del partido y unidades del Ejército se desplazaron a Ucrania para requisar los alimentos que los campesinos escondían para sobrevivir. «Se apropiaban de todo lo que fuera comestible», dice la autora de Hambruna roja.

Acorralados

Stalin creó un cordón en torno a Ucrania. Muchos pueblos fueron rodeados por la Policía para que nadie pudiera salir. Y se instalaron torres de vigilancia. Se desató el infierno. «La gente echaba a la olla ranas y sapos. Se comían los cinturones y zapatos de cuero, la hierba, la corteza de los robles, el musgo… Se comían los perros y los gatos.
Conference entitled 'the holodomor of 1932-1933: tragic
Requisa de pan y otros alimentos en una aldea de la región de Járkov en 1932
Las ardillas, las ratas, los cuervos, las hormigas. Los más afortunados eran los que vivían cerca de ríos y bosques, porque podían pescar o buscar champiñones. Pero la mayoría no tenía esa suerte», cuenta Applebaum. Poseer una vaca era un asunto de vida o muerte. Las familias las vigilaban con armas y horcas. Para alimentarlas, deshacían el techo de paja de sus casas.

Se comieron las suelas de los zapatos, el musgo, las hormigas, las cortezas de los robles, los cuervos…

Un testigo ruso recordaba a los niños ucranianos que vagaban por las calles lentamente, exhaustos, en un estado de alucinación: «Todos iguales; sus cabezas, hinchadas como sandías; sus cuellos, delgados como los de una cigüeña; la piel, pegada a los huesos como una gasa amarillenta. Y los rostros, avejentados». Otro testigo no podía olvidar a una madre con un bebé en brazos. «Estaba de pie a un lado del camino y su pequeño bebé esquelético, en vez de mamar del pecho seco, se chupaba los nudillos».
De los campos de trigo cercanos a las carreteras llegaba un hedor insoportable. La gente hambrienta se arrastraba hasta las cañas para cortar las espigas; se las comían y morían allí mismo, porque sus estómagos vacíos ya no podían digerir nada. Los cadáveres yacían a la intemperie donde caían. Y allí se quedaban hasta que los retiraban los militares, porque nadie tenía fuerzas para enterrarlos.
genocidio stalin hambre
«Los caníbales eran apresados. Algunos, linchados», cuenta la investigadora Anne Applebaum
Hubo cientos de casos de canibalismo. «Pero a los ucranianos les cuesta mucho hablar de ello. Les avergüenza imaginar que algo así pudiera suceder. Incluso en esa situación tan desesperada, el canibalismo no se consideraba algo normal. Era horrible. Los caníbales eran apresados. Algunos eran linchados», comenta Applebaum.
A medida que la hambruna se extendía, se lanzó una campaña de represión contra intelectuales, catedráticos, escritores, artistas, sacerdotes, funcionarios… que fueron encarcelados, enviados a campos de trabajo, ejecutados. Cualquier persona relacionada con la efímera República Popular Ucraniana (que existió durante unos meses en 1917) o que hubiese fomentado el idioma o la historia de Ucrania.
Dead and dying horses near a Belgorod collective farm during the man-made Holodomor famine in the Ukraine, former Soviet Union, 1934. (Photo by Daily Express/Hulton Archive/Getty Images)
Se llevaron las cosechas de Ucrania y las regiones más productivas en cereal de Europa. Las esquilmaron
Stalin no quería que el mundo se enterase de que la colectivización, de la que alardeaba como su gran triunfo, estaba siendo un desastre. Algunos burócratas intentaron convencerlo de que los campesinos ya no escondían grano… porque no les quedaba nada. Pero Stalin no cedió.

El suicidio de Nadezhda

Una de las personas que le pidió que reconsiderase su política en Ucrania fue su propia esposa, Nadezhda Alilúyeva. Nadezhda se había negado a llevar una vida alejada de la realidad en la burbuja del Kremlin e ingresó en la Escuela Técnica. Descubrió que el nivel de vida de los trabajadores caía en picado, a pesar de las pamplinas que le contaba su marido. Y sus compañeros de trabajo le hablaban de detenciones y fusilamientos sin cuento…
Soviet leader Josef Stalin with his second wife Nadezhda Alliluyeva, late 1920s. Nadezhda Alliluyeva (1901-1932) married Stalin (1879-1953) in 1919. Her death was officially attributed to appendicitis, but it is generally accepted that she committed suici (Photo by Fine Art Images/Heritage Images/Getty Images)
Nadezhda  Alilúyeva, mujer de Stalin, intentó interceder por Ucrania. Aquí, con él en los años veinte
Cayó en una depresión, agravada por las infidelidades reiteradas de Stalin, que la obligaba a presenciar cómo se encamaba borracho con sus amantes. Una noche, en noviembre de 1932, al regresar de un banquete por el aniversario de la revolución, en el que se sirvieron ostras del mar Caspio, caviar y vinos franceses, se pegó un tiro en su dormitorio.

La negación

Finalmente, a partir de mayo de 1933 las autoridades soviéticas redujeron las cuotas que debía entregar Ucrania. No hubo más confiscaciones de alimentos. Y se frenaron las detenciones, en parte porque las cárceles estaban abarrotadas. Lo peor había pasado.
«Las autoridades soviéticas ocultaron la hambruna. Los diplomáticos occidentales miraban para otro lado. Y, salvo excepciones, la prensa extranjera contribuyó a minimizar lo sucedido para no perder sus privilegios. Walter Duranty, corresponsal del New York Times, escribió: «Se puede objetar a la vivisección de animales su carácter triste y horrible, y es verdad que la suerte de los kulaks y otros opositores al experimento soviético no ha sido afortunada. Pero en ambos casos el sufrimiento ha sido infligido con un noble propósito». De todos modos, los censores solo permitían alusiones eufemísticas, como restricción de comida, déficit alimentario…

Los soviéticos ocultaron la hambruna. Pero la documentaron. Hay mucha información en sus archivos

Se invitó a personalidades extranjeras que simpatizaban con el comunismo, como el literato George Bernard Shaw, a los que fue fácil convencer de que todo eran rumores de la propaganda antisoviética. Cuando el censo de 1937 dio cifras no deseables, se ejecutó a los autores y se alteraron las estadísticas oficiales. Solo a partir de los años ochenta empezó a aflorar la tragedia, gracias al historiador Robert Conquest y a las investigaciones del Instituto Ucraniano de Recuerdo Nacional. Pero fue con la apertura de los archivos, tras la caída de la URSS en 1991, cuando empezó a confirmarse la magnitud de la hambruna. «La Unión Soviética llevó registros muy minuciosos de sus crímenes. Sus dirigentes creían que nadie podría hurgar en esos archivos. Hay mucho material a disposición de los historiadores».
Hoy en día sigue siendo un episodio en disputa. Los rusos lo relativizan. Mientras que los ucranianos lo consideran la tragedia fundacional de su país
Fuente del texto: xlsemanal 

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martes, 7 de enero de 2020

Los Jemeres Rojos: el genocidio camboyano

40 años del régimen de terror de los Jemeres Rojos instaurado en 1975

Durante décadas, la población de Camboya ha sufrido la guerra. Tras la guerra de Indochina, las tropas de Vietnam del Sur con el apoyo de los Estados Unidos lucharon contra los soldados de Vietnam del Norte en Camboya, mientras la guerrilla comunista conocida como los Jemeres Rojos luchaba contra los soldados del gobierno.

En 1975, los Jemeres Rojos ganaron la batalla por el poder y convirtieron Camboya en el escenario de uno de los pasajes más sangrientos de nuestro siglo.

Pol Pot y el genocidio de Camboya

  • El abandono forzoso de las ciudades y la ruralización fueron el comienzo de una represión y reeducación brutal que hizo retroceder al país a la Edad de Piedra

  • Se calcula, acabó con la vida de 1,7 millones de personas, aproximadamente la cuarta parte de la población, uno de cada tres hombres

Un cable diplomático estadounidense fechado el 17 de Abril de 1975 que puede leerse en la biblioteca de archivos revelados por de la organización Wikileaks, y calificads como confidenciales, afirma: "el FBI ha corregido el nombre del Primer Ministro camboyano de Tol Sat a Pol Pot". Ningún otro documento de los miles recogidos por Wikileaks (que cuenta con la colección de cables diplomáticos de Henry Kissinger, del ex presidente Carter, y con el Cablegate filtrado) hace alusión a Tol Sat - o Pol Pot - antes del 17 de Abril de 1975, un año después de que los Jemeres Rojos ocuparan la capital camboyana de Phnom Penh. Instauraron un régimen de terror cuyo legado sería el genocidio más grande de la Historia en términos porcentuales.
En el mismo telegrama, entre secciones tachadas como "secretas" que aún no han sido desclasificadas, se describe cómo, al enterarse de la nueva identidad del líder de los Jemeres Rojos, las autoridades estadounidenses en Bangkok, aliado tradicional de EEUU en el conflicto de Vietnam, preguntaron al coronel Bou Thit por la identidad del tal Pol Pot.
La respuesta del coronel fue inmediata: se debía de tratar de Phophat, quien había estudiado en Francia con Ieng Sary y Hou Yuon, líderes de los comunistas camboyanos. Pero tal como ocurre con las etiquetas 'Pol Pot' y 'Tol Sat', 'Phophat' no aparece en ningún telegrama norteamericano de la época, y tampoco ha sido confirmado que fuera uno de los apodos de Pol Pot, nacido Saloth Sar.

El secretismo por bandera

El nacimiento de los Jemeres Rojos, su subida al poder, y el origen de su brutal líder Pol Pot eran un enigma. Esta confusión era el resultado obvio de la percepción de la Guerra Civil Camboyana (1970-1975) como un escenario lateral de la guerra que se vivía en Vietnam. Camboya se vio envuelta en el que fue el mayor conflicto de la Guerra Fría cuando el Vietcong, el brazo armado de los comunistas de Vietnam del Norte, invadió zonas fronterizas en 1964 con el propósito de abrir un segundo frente contra los americanos fortificados en Vietnam del Sur.
Richard Nixon explica los bombardeos realizados en Camboya después de haber negado su existencia.

La situación se agravó con la decisión del presidente Nixon de bombardear Camboya (sin declaración de guerra alguna) en 1969. Durante cuatro años, EEUU lanzó 108.000 toneladas de explosivos, causando entre 40.000 y 120.000 muertes. En 1970, acorralado por la situación, el rey de Camboya, Norodom Sihanouk, se marchó en una imprevista gira internacional. En su ausencia, el líder militar Lon Nol llevó a cabo un alzamiento que depuso al rey y proclamó la República Khmer.
El núcleo del Partido Comunista Camboyano se formó a raíz de la inestabilidad en Indochina, y fue un protegido del Vietcong desde el principio. Las guerrillas camboyanas que lideraban Pol Pot y Ieng Sary entre otros, llevaron a cabo una guerra de hostigamiento contra la República Khmer a la vez que permitían el paso de tropas norvietnamitas a Vietnam del Sur. Según Henri Locard, Pol Pot adoptó las técnicas del Vietcong, que incluían la construcción de una falsa imagen pública no comunista, el secretismo absoluto y el uso de la violencia. Con este fin, los Jemeres Rojos cortejaron al rey Sihanouk en el exilio, a quien tanto la República Khmer como los Estados Unidos consideraron el motor del movimiento comunista en Camboya desde su residencia en Corea del Norte, hasta la victoria final del 17 de Abril de 1975.

La victoria y el genocidio

La retirada de los EEUU de Vietnam del Sur en 1973, y la conquista de éste por Vietnam del Norte, dejaron a la República Khmer completamente aislada y sin esperanzas de obtener una victoria sobre los Jemeres Rojos, que apenas contaban con unos 80.000 milicianos. El 12 de abril, los EEUU evacuaron a todo su personal diplomático y a sus ciudadanos en la llamada Operation Eagle Pull. Apenas cinco días más tarde, los Jemeres Rojos tomaban Phnom Penh e instauraban la Kampuchea Democrática. El régimen del terror se inició con la forzada "ruralización" de todas las poblaciones urbanas: el 18 de abril Pol Pot ordenó la evacuación de los 2 millones y medio de habitantes de Phnom Penh, incluyendo heridos y enfermos, en una brutal marcha que marcó el inicio del Año Cero.
El régimen del terror se inició con la forzada "ruralización" de todas las poblaciones urbanas
Kampuchea Democrática se convirtió en un infierno para sus ciudadanos, y en un enjambre de números en las estadísticas. En la imaginación de los Jemeres Rojos, el antiguo reino de Angkor brilló siempre como modelo. Fiel a la tradición despótica de los antiguos emperadores jemeres, Pol Pot instauró un régimen que se convirtió en un auténtico retorno a la Edad de Piedra: las ciudades fueron abandonadas, toda actividad que no fuera la agricultura, perseguida. Llevar gafas era razón suficiente para ser ejecutado sumariamente, y al final de la época Jemer, tan sólo se encontró un abogado con vida en toda Camboya.
Sospechando de sus vecinos y antiguos aliados norvietnamitas, Pol Pot se situó al lado del maoísmo chino en la escisión que tuvo lugar entre los países comunistas a la muerte de Stalin, mientras la URSS mantuvo su alianza con Vietnam en contra de China. Los viejos aliados se convirtieron en enemigos, y las purgas se extendieron al Angkar, la propia organización del partido.
Uno de los campos agrícolas de internamiento del régimen. Se obligaba a trabajar 20 horas al día. 

El genocidio camboyano, se calcula, acabó con la vida de 1,7 millones de personas, aproximadamente la cuarta parte de la población. Las cifras, sin embargo, son aún más dramáticas según el sexo: uno de cada tres hombres camboyanos murió a manos de los Jemeres Rojos. La ruralización forzosa se materializó en campos de trabajo donde se trabajaba 20 horas de 24, con un día de descanso cada diez, y donde un gran número de personas murieron de inanición o de puro agotamiento.


En las ciudades abandonadas, el régimen creó prisiones y centros de exterminio como la famosa prisión-museo de Tuol Sleng, donde se dice que murieron aproximadamente 20.000 prisioneros, y de la que sólo escaparon doce personas con vida.
Tuol Sleng se hizo famosa por su brutalidad: los prisioneros recibían palizas y torturas basadas en descargas eléctricas y colgamientos, y a veces se les hacía comer sus propias heces y beber su propia orina. Varios internos fueron utilizados en experimentos "médicos" sádicos: se les abría sin anestesia y se removían sus órganos, o se les desangraba gota a gota para descubrir el punto de expiración. Como Tuol Sleng existían más de 150 prisiones similares.

Una historia en la sombra

Otro cable diplomático estadounidense fechado el 29 de septiembre de 1977 describe conversaciones mantenidas entre autoridades americanas no especificadas y rebeldes camboyanos enemigos de Pol Pot. En el telegrama, los rebeldes apuntan a una situación desastrosa en Camboya, donde "[los rebeldes] estiman que la población se ha reducido en la mitad". A pesar de que esta afirmación es claramente exagerada (aunque los vietnamitas la utilizarían posteriormente), es una prueba irrefutable de que existían rumores y documentos que apuntaban a un desastre humanitario. Durante los años en que los Jemeres Rojos ostentaron el poder, tanto los vietnamitas como los chinos intentaron ocultar por todos los medios las barbaries de sus protegidos.
El fin de Angkar y Kampuchea Democrática puede atribuirse a un error de cálculo político. En Diciembre de 1978, un ejército vietnamita invadió Camboya como venganza por los asaltos de los Jemeres Rojos a las aldeas fronterizas. En aquella ocasión, la brutalidad de Pol Pot espantó de tal forma a sus aliados más poderosos que incluso China permitió que los Jemeres cayeran en desgracia sin enviar soldados a defender a su marioneta maoísta. Fue sólo entonces cuando los vietnamitas, con el fin de granjearse a la opinión pública, publicaron imágenes y datos sobre las atrocidades del régimen camboyano. En esta ocasión, sin embargo, el rechazo y la oposición a que se juzgasen a los líderes Jemeres vino de Occidente.

La ayuda de EEUU a Pol Pot

La invasión forzó a los Jemeres Rojos a refugiarse en las junglas, donde hostigaron a las tropas vietnamitas. Tanto Tailandia como China no se encontraban cómodos con un ejército aliado de la URSS en territorio camboyano. Ambos estados encontraron apoyo en EEUU e Inglaterra, países que, a pesar de haberse opuesto a los Jemeres Rojos, no querían hacer peligrar su relación con China, que en aquellos momentos ejercía un papel como contrapeso de la URSS. En su documental sobre Camboya Año Cero, el periodista anglo-australiano John Pilger demostró que las guerrillas de Pol Pot recibieron armamento británico y apoyo estadounidense en su lucha contra los vietnamitas a través de Singapur, cuyo Primer Ministro, Lee Kuan Yew, defendió a los Jemeres Rojos y acusó a la prensa de haber exagerado las matanzas al nivel de genocidio.

La ayuda de EEUU a Pol Pot

La invasión forzó a los Jemeres Rojos a refugiarse en las junglas, donde hostigaron a las tropas vietnamitas. Tanto Tailandia como China no se encontraban cómodos con un ejército aliado de la URSS en territorio camboyano. Ambos estados encontraron apoyo en EEUU e Inglaterra, países que, a pesar de haberse opuesto a los Jemeres Rojos, no querían hacer peligrar su relación con China, que en aquellos momentos ejercía un papel como contrapeso de la URSS. En su documental sobre Camboya Año Cero, el periodista anglo-australiano John Pilger demostró que las guerrillas de Pol Pot recibieron armamento británico y apoyo estadounidense en su lucha contra los vietnamitas a través de Singapur, cuyo Primer Ministro, Lee Kuan Yew, defendió a los Jemeres Rojos y acusó a la prensa de haber exagerado las matanzas al nivel de genocidio.
Una escena de 'Los gritos del silencio' de Roland Joffé

Durante el gobierno de Pol Pot, las únicas noticias que se recibieron en el exterior fueron proporcionadas por corresponsales de guerra que se habían refugiado en la embajada francesa, como John Swain, el fotógrafo Al Rockoff, o Sydney Schanberg y su ayudante Dith Pran, en quienes se basa la película Los Gritos del Silencio de Roland Joffé. Las cifras del genocidio no fueron analizadas, y los juicios internacionales por Crímenes contra la Humanidad organizados, hasta la retirada de los vietnamitas en 1989 y la formación de un gobierno de coalición en 1991, en el que también entraron a formar parte los Jemeres Rojos.

Un final amargo

La llegada de la misión internacional y la creación de una monarquía constitucional no trajeron consigo la deseada persecución legal. Norodom Sihanouk protegió a los Jemeres Rojos, a los que antaño había liderado, y el país se transformó en un régimen que algunos han calificado de corrupto y nepotista. Sihanouk ofreció en 1998 el perdón real a los líderes más importantes, tales como Ieng Sary, amigo íntimo de Pol Pot - quien murió en cautiverio unos meses antes, sin ser nunca juzgado -, su esposa Ieng Tirith, y la mano derecha de Pol Pot, Nuon Chea. De nuevo, según Locard, China pareció no tener ningún interés en que se juzgase a sus antiguos protegidos.
Del mismo modo, la ayuda internacional, enviada únicamente por Oxfam y UNICEF, era insuficiente. Organizaciones internacionales como la Cruz Roja sufrían, según Pilger, presiones por parte de gobiernos occidentales para que no se enviase ningún tipo de ayuda humanitaria mientras los vietnamitas ocuparan el territorio camboyano. Las fuentes se contradicen acerca de la ayuda de Oxfam y UNICEF: según Pilger, los vietnamitas también enviaron recursos al pueblo camboyano, mientras que Locard asegura que la mayoría de los suministros enviados por Oxfam fueron retenidos por el ejército libertador.
Ieng Sary, Ieng Tirith, Nuon Chea, y Khieu Samphan, cfueron detenidos y condenados a cadena perpetua
No obstante, la abdicación en el año 2004 del rey Sihanouk parece haber dejado las puertas abiertas a un nuevo proceso legal. En 2007 se abolió el perdón real, y Ieng Sary, Ieng Tirith, Nuon Chea, y Khieu Samphan, fueron detenidos y condenados a cadena perpetua (Ieng Sary murió el 14 de marzo de 2013 en Camboya). Del mismo modo, Kang Kek Iew, el líder del aparato policial Sentubal y máximo responsable de los centros de exterminio como Tuol Sleng, fue condenado en 2009 a cadena perpetua.
El genocidio jemer dejó cerca de 1,7 millones de muertos, un 33% de los hombres del país en 1975, y un 15% de las mujeres. En términos porcentuales, éste ha sido el mayor genocidio de la historia, con uno de cada cuatro camboyanos muertos. Una historia que ha sido acallada durante mucho tiempo por conveniencias políticas y estratégicas, y que se diluye en el anonimato de los 100 millones de víctimas estimadas que los regímenes comunistas de todo el mundo dejaron por herencia en el siglo XX, más que la Primera y la Segunda Guerras Mundiales juntas.
Fuente del texto: aventura-de-la-historia

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