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viernes, 1 de noviembre de 2019

El madrileño origen de la palabra ‘tiovivo’

Nos situamos en 1834, a mediados del siglo XIX. Por aquella época, una Isabel II niña reinaba en España con la regencia de su madre María Cristina. En el paseo de las Delicias de Madrid, existía una atracción de carrusel para niños regentada por Esteban Fernández, conocido en la zona por el “tío Esteban“. 

¡ESTOY VIVO!


En el Secreto de hoy hacemos un pequeño viaje hasta nuestra niñez. Retrocedemos a aquellos días que pasábamos en las ferias y disfrutábamos yendo de una atracción a otra. En este regreso al pasado nos detenemos en una de las que más solera tiene, el clásico tiovivo. Hablemos de una anécdota relacionada con el origen de su nombre y que nos traslada a Madrid.


Posiblemente sea una de las atracciones con más sabor e historia. El típico carrusel de caballitos cuyo único sino consistía en girar y girar sobre un eje central. Una atracción en la que seguramente todos hemos montado en alguna ocasión pero ¿de dónde surge su curioso nombre?

La anécdota que os traslado hoy nos remonta al mes de julio de 1834 cuando una epidemia de cólera azotó Madrid con importante virulencia. Hubo cientos de víctimas entre las que estaba un hombre llamado Esteban Fernández, conocido de forma cariñosa por los suyos como el Tío Esteban.

Esteban regentaba uno de estos carruseles, ubicado en el actual Paseo de las Delicias. La noticia de su fallecimiento fue recibida con mucha pena tanto por los niños como por los mayores pero el Tío Esteban aún tenía guardada una última alegría para su gente. Cuando lo llevaban para ser enterrado, Esteban salió del féretro en el cual lo portaban para darle sepultura y siendo consciente de a dónde lo mandaban comenzó a gritar: “¡¡Estoy vivo, estoy vivo!!”.
La sorpresa, supongo, debió ser mayúscula entre los asistentes… la noticia de la resurrección del Tío Esteban corrió como la pólvora por el Madrid de la época y desde entonces, su carrusel pasó a ser bautizado por el del “Tio Vivo”, término que con el paso del tiempo se usó para referirse a la atracción de feria.
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El origen de la expresión ‘el quinto pino’


Resulta curioso descubrir como muchas expresiones de las que utilizamos en la actualidad tienen un origen bastante más lógico y real de lo que pensamos. Es lo que sucede con la expresión “el quinto pino” que habitualmente utilizamos para señalar que algo está muy lejos y que, precisamente, se originó en Madrid.


Según nos cuenta la historia, durante el reinado de Felipe V en el Siglo XVIII se plantaron en una de las arterias principales de la ciudad cinco frondosos pinos. El primero de ellos estaba en lo que hoy sería el comienzo del Paseo del Prado, cerca de Atocha. 

Los demás, situados a una notable distancia unos de otros, seguían por todo el eje hasta llegar al punto donde hoy vemos los Nuevos Ministerios, punto donde se alzaba imponente el quinto y último pino.

La gente los utilizaba en aquella época para concretar sus encuentros, de la misma forma que ahora quedamos en Tribunal o en el Oso y el Madroño. Lo habitual era quedar en los dos o tres primeros puestos que el quinto, el más alejado, quedaba casi a las afueras de la ciudad. 
Precisamente, en él solían quedar los enamorados para poder darse los besos y caricias que tan mal visto estaba darse en público por aquel entonces.

Fueron por tanto parejas de novios los que, en busca de algo de intimidad, se daban cita en ese punto, alejados de las miradas curiosas. Una costumbre que motivó una expresión muy utilizada varios siglos después, la de ubicar algo que está muy lejos en “el quinto pino”.
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